¿Cómo estás? Hace ya meses desde nuestro último contacto y sólo he alcanzado a cruzarte una noche y te he mirado de soslayo y desde lejos. No es mi intención molestarte de ninguna manera, ni tampoco traer aquí recuerdos o cuestiones pendientes. Te escribo con el corazón abierto porque sinceramente la indiferencia hacia tu vida me es imposible y tampoco la tengo como materia a aprobar, por el contrario, a medida que pasa el tiempo más clara, limpia y definitiva es la esencia del lazo que nos unió, esa esencia profunda y madura que permanece y que yo llevo en mi como parte fundamental de mi vida. Te escribo porque además de mi pareja durante esos años, fuiste mi mejor amiga. Y no pasa mucho tiempo sin que uno llegue hasta su mejor amiga aunque sea para preguntarle cómo está. No busco una respuesta, sino tan solo ser fiel a lo que siento, ser leal conmigo mismo. Esta carta, que ojalá leas, ya de por sí es respuesta suficiente. Claro que me doy cuenta que este silencio que hoy quiebro con mis palabras, que esta ausencia tanto de la comunicación intencionada, buscada, como de ese conjunto de "casualidades" que en otro tiempo confabulaban a favor de juntarnos, no se da porque sí. Otros son nuestros caminos y nuestros corazones, antes tan juntos, ya siguen un ritmo diverso y se amoldan a mundos distintos. Configuran universos distantes, que apenas si se tocan cada tanto por una cuestión de semáforos. Andamos separados y por separado, rubia. Definitivamente separados.
En el fugaz cruce, se me notifican algunas novedades. Que estás de nuevo en pareja. Información que ya anticipaba (siempre he procurado anticiparme hacia lo que podría impactarme, para no rehuirle y ponerle el pecho más fácil, y sin embargo, fue natural y hasta apaciguador. La realidad es un poderoso antídoto contra cualquier mal imaginario. Frente a los miedos "la experiencia es liberadora", según dicen por ahí). Además, que otra cosa cabría esperar... ¿cuánto dura una mujer hermosa y llena de cualidades como vos sin una propuesta? Así que para mí saberlo y verte acompañada, ha sido más que nada una confirmación. Qué pienso. Qué siento. Que ojalá estés enamorada, rubia, y que esta nueva relación te haga feliz. Vos sabés que en esto no hay mentira, falso orgullo, prescindencia, ni tampoco ninguna grandeza, sino más bien aceptación y, por sobre todo, esa base de amor hecha esencia que no se marchita, que no pasa ni tiene caducidad, y que sobrevive en el respeto y cuidado de tu libertad; en la admiración hacia tu persona; en la íntima comprensión de nuestra historia con todas sus fortalezas y limitaciones, con sus luces y dolores, con sus sueños, hechos, desgastes y desamparos. Esa historia por la que vos y yo podemos decir que pasamos, sí, AMANDO.
Por eso... ¿Qué otro sentimiento puedo albergar en mí sino el franco deseo de que tu ser encuentre el camino más genuino para realizarse? Si me abriste las puertas de tu alma, de tu tiempo, de tu vida toda, y he llegado a conocerte tanto! Aquello que te hacía en cierto modo mía, y también aquello que te hacía ajena y finalmente te llevaría lejos. Fue posible haciéndome en cierto modo tuyo, arriesgando, asumiendo, y optando por amarte, y sintiendo como trivial todo el resto. Hace un tiempo, desistiendo de los consuelos usuales al verme firme en mi "buena memoria" y reconocimiento de vos, un amigo lo resumió bien: "al final, ella te dio un hogar". ¿Qué más decir? ¿Qué otra cosa puede sobrevivir en mí hacia vos sino la huella de ese amor maduro que no se mide por si estás o no conmigo, sino por todo aquello que me diste de una vez y para siempre, por todo lo que me amaste y aceptaste, por todo lo que significaste y significarás todavía en mi vida?
Digo una vez más que no sólo fuiste mi gran amor. Fuiste también mi mejor amiga. Mi compañera día tras día, en las tantas circunstancias que nos tocó atravesar (¡y sí que las hubo! Pero no te parece, o acaso me engaño, que siempre encontramos en ellas un dejo de hermosura que compartir, una posibilidad de amarnos?. Como esa imagen que hay por ahí en la que los seres humanos nos lamentamos por las rocas que llegan a golpearnos y no advertimos que otras rocas aún peores no alcanzaron a impactarnos porque hubo un Dios que se sobrepuso. Tuvimos lágrimas y momentos malos, no hay que negarlo; pero también qué cantidad de risas, de alegria y amor a pleno día a día durante más de cinco años).
¿Qué más puedo desear sino que tu mirada se aleje de las lágrimas y dolores y despejada recupere su brillo y sus sueños? Que todos tus despertares sean con esa sonrisa que pone en marcha el mundo. Que encuentres un buen compañero, un hombre que de veras te ame y a tus hijos, que sea leal y sepa contener tus expectativas, realizar un proyecto juntos. Sobre todo, que sea un hombre con un sueño que alcanzar, y que no se quede atrás. Que se curen todas tus heridas, incluso las yo que pude haber dejado en tu alma. Te pido perdón por eso. Y suelto nuestro pasado, sólo para que vuelva a mí transformado en riqueza bienhechora.
Yo también procuro realizar mi vida, darle de una vez un sentido propio, hacerme cargo de mi mismo y llevarme hacia esa armonía que se siente sólo cuando respondes a vos mismo de una manera auténtica. Aliento mi corazón dispuesto a compartir tanto lo aprendido como lo que me espera más allá. Dispuesto, una vez más, a intentar dar lo mejor. Lo que tiene un sabor muy especial que le otorga un valor incomensurable a la vida, si estás dispuesto a aprender, si estás dispuesto a amar. Tu partida de mi lado ha dejado la señal inconfundible de lo que realmente fuiste para mí: una soledad grande, que ahora no me interesa disimular. No rencores. No grietas. No arrepentimientos. No heridas. Sino ausencia de todo lo bueno que tuvimos juntos. Y eso, aunque cuesta tener que dejarlo reservado a la memoria, nunca es entre dos una mala señal. No estamos exentos de despedidas. Acaso todos provenimos y vamos hacia un adiós (pienso en cierto poema que una vez me dedicaste, en una de nuestras innumerables!!! separaciones). Depende de lo vivido. Depende de lo que produzca y deje el encuentro. Depende no de las garantías estables, sino de las eternidades que se generan, misteriosamente, en un instante.
Eso es lo que importa en definitiva. Y vos y yo lo tuvimos de sobra. Eso es lo que queda. Y ese es hoy el vacío, si todavía hay alguno. Pero no es un vacío oscuro. Igual que la soledad, por ser grande, tampoco es oscura. Pues pide llenarse con todo lo bueno que a partir de allí el corazón anhela, presiente, es capaz de dar y de recibir, ya sin resignarse, sin reducirse, sin desamparo, reconociendo su propio rostro y origen.
Ese vacío que me dejaste se llenará de hermosura, por honra y por destino. No son un vacío a la intemperie, una soledad desolada, los que provienen de un gran amor que ha partido, sino un vacío y una soledad en resguardo de la mejor gracia que puede haber tocado a nuestras vidas.
Me gusta poder hablar con vos sin vueltas, "el alma al aire", sin necesidad de artificios, ni redes de contención. Sin maquillajes. Hace tanto bien! Y con muy pocos uno puede hacerlo. Cansa, cansa tanta comunicación a medias, tanto esfuerzo vano, tanta armadura y ceguera. Aunque no me leas, es para mi ya una dicha poder reencontrarte.
Esta carta la comencé un tiempo antes. Venía sintiendo la necesidad de saber de vos. Te la mando ahora como una forma de llegar hasta donde estás y hacerte saber de mi cariño. Te quiero siempre. Te abrazo con uno de esos abrazos nuestros de siempre.
Que estés muy bien.
Javier
No hay comentarios:
Publicar un comentario