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Pocas cosas se releen en un diario una vez atravesado el umbral de lo que es "noticia", cada día más inmediato, necesitado de actualizaciones.

Con el imperio de lo digital comprendemos que un texto no está nunca fijo y es susceptible de constantes variaciones, supresiones o adiciones según lo demande la carrera por seguir no sólo al hecho en sí, sino al caudal de sus repercusiones. Todo o casi todo, reviste el carácter transitorio de urgente.

La publicidad, el compromiso y los engranajes automatizados de "la agenda" reducen los espacios en el papel; "el tetris" informativo nunca para en la red, y en pocos segundos la nota que encabezaba la edición puede quedar reducida con buena fortuna a un recuadrito abajo, en una esquina. La calidad de los textos también se reduce: a su efectividad estricta dentro de lo "informativo", sin concesiones a miradas más amplias.

Redactores y lectores renuevan de forma constante este vaciarse y llenarse de una parcela del presente sólo habitable a costa de excesivas dosis de superficialidad y olvido. Finalmente arrojados o auto-arrojados de ese mundo, nómades, peregrinos... nuestra naturaleza termina por imponerse y elegimos. Nos exiliamos y exorcizamos de la tormenta de informaciones. O, al menos, eso pretendemos de vez en cuando que hacemos para observar con mirada propia, desde y en nosotros mismos, y a la distancia.

La buena noticia es que hay notas que uno aún puede llevar en ese exilio y compatibilizar con ese exorcismo. Hay textos que de tan buenos, de tan justos, de tan precisos en el mejor de los sentidos, no entran dentro de la picadora del olvido, no reaccionan al "suprimir" ni al "delete". Como una pintura, una melodía, una escultura o una fotografía bien logradas, pertenecen a la memoria, se actualizan quedándose. Se hacen parte de nuestras elecciones más o menos permanentes. Me agrada pensar que se trata de ese terreno único entre mar y playa donde reluce el periodismo como arte. Donde una historia se hace joya y un pedazo de tiempo madera noble bajo el formón de las palabras.

A ese oficio de escritura pertenece esta crónica del gran periodista Jorge Göttling, ya fallecido, que para mi es de las mejores que leí, un verdadero modelo. Por cosas así el periodismo supo enamorarme.

Göttling trabajó más de 30 años en el diario Clarín y recibió numerosas distinciones en el país y el extranjero. La temas y la forma de contar de Göttiling se condensaron en pequeñas estampas de la ciudad y sus personajes, esas columnas que sabiamente se titularon como "Miradas" en la sección Sociedad. Digo sabiamente porque creo que allí radica su potencial para sostenerse ante el gran titular: frente a lo que demanda desplazamiento y ejercicio permanente del olvido surge la invitación, sencilla y contundente, a saber mirar. Entre las palabras de Göttling, entre lo que Göttling cuenta, es cómodo y fácil habitar.

Dijimos que pocas cosas se releen en un diario. Lo de este maestro del periodismo tiene un doble valor: se relee pero no por necesidad de archivo como es usual, sino por algo mucho más extraño en este oficio que alguien por ahí se animó a describir como "literatura bajo presión" para señalar su debilidad pero también la vastedad de posibilidades: las crónicas de Göttling sobreviven en el disfrute, el disfrute imperdible que sólo se da cuando el saber mirar es convocado por el saber contar. En eso consiste el misterio del periodismo que no caduca, que late, que inspira entre tanta inmediatez mecánica. En muy probable que entre el pelotón de teclados y pantallas que nunca se detienen en la redacciones de tanto en tanto aparezca un Göttling buscando un lector que se anime a mirar. Será una suerte. Las buenas historias, en textos buenos, siempre tienen algo de magia difícil de explicar.

J. M.

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La espera del ciruja de Plaza Francia
Por Jorge Göttling
Premio "Don Quijote" Rey de España 2004


"También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.

Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.

Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.

Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.

Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver".

(Publicada en Clarín el 27/6/04)

Fotografía en esta entrada: Ilustración Diario Clarín




"No se toca" por aquí
"No se toca" por allá
En un muro "No se toca"
En la calle "No se toca"
"No se toca" en remerita
"No se toca" digital
Marchan cientos "No se toca"
Desde lejos "No se toca"
"No se toca" sol y lluvia
"No se toca" hambre y pan
"No se toca" y "No se toca"
"No se toca" y nada más
Y entre tanto "No se toca"
es que me gusta pensar
en que te apareces un día
con ese vestidito nuevo
y un cartelito pequeño
que me esfuerzo en descifrar
Arriba se revelan cumbres
y abajo se liberan ríos
bajo tu sonrisa leo
por fin leo y qué felicidad
Dice el cartelito: "Vení y toca"





Fotografía: Fuente Internet



Si tuviera que rescatar uno solo de los libros de mi biblioteca, uno solito (qué catástrofe), no dudaría mucho, ese sería la Divina Comedia del genial Dante Alighieri, para mí el libro de los libros, el gran libro que representa el esfuerzo descomunal de la humanidad por decir, por expresar, por dejar un rastro de luz en el infinito del universo. Pero no lo haría del todo por eso, sino -como la mayoría de mis elecciones- simplemente por mandato del corazón: no sería exagerado decir que amo ese libro, su historia, sus formas, sus matices y definiciones, la mística que lo rodea, sus maravillas y sus tedios, su sabiduría y sus sinrazones -sé que no es perfecto-, los motivos que vienen por detrás, su presente de inagotable abundancia, su futuro que no destiñe y permanece enérgico. Este libro lo leí y releí en gran parte con la cabeza, o eso creía -porque así se suele arrancar con las obras muy célebres-, pero sutilmente y sin cesar, con sus detalles de magia, y con lo que supe después acerca de su autor y su construcción, se filtró muy hondo, a las raíces mismas del disfrute, la epifanía, la ternura y la ilusión. Lo hice en forma definitiva mi amigo. Lo anexé fuertemente a mi alma.

No sería difícil el rescate. A lo largo del tiempo me he asegurado de contar no con una, sino con varias ediciones, con formato distintos, tapas duras y blandas, distintas traducciones, unos con ilustraciones, otros no, unos en verso, otros en prosa, están los raros y los no tanto, los comentados por escritores conocidos, los comentados por algún desconocido no sin raptos de auténtico brillo, en fin... guarda con creer que en mi biblioteca hay, extrañamente, un "libro repetido". De ninguna manera. Cada "Divina Comedia" es única. Y no sé cual agarraría en la escapada. O tal vez sí... esa grande, de tapas duras, que vino con una página faltante, y a la que suplanté por una copia que hice en computadora y a la que agregué -qué grande- mis propios comentarios. Javier Martínez comentarista de Dante! O sea, salvaría esa, no por el valor de mis comentarios, sino por estar personalizada, hice un poco de imprentero y editor.

Por qué es tan especial este libro... Sumado a lo que dije antes, podría intentar ser más concreto. Afirma Borges -este sí, un gran comentador de la obra del famoso italiano- que Dante concibió su obra maestra -el relato de lo que en apariencia es un sueño que discurre en una travesía por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, acompañado primero por su poeta favorito, luego por Beatriz etérea- sólo, o principalmente, para lograr reencontrarse con ella, la mujer de su vida, a la que amó de lejos (dicen que sin ni siquiera atreverse a hablarle, dicen que sólo habiéndola cruzado una vez, en un puente, dicen que en realidad ella se burló de él y lo desairó), y que luego iba a casarse con un banquero y morir a los veinticuatro años.

En la Divina Comedia, el poeta debe pasar por cada uno de los círculos del Infierno y observar los suplicios de aquellos para los que no queda ninguna esperanza, más adelante sube el monte del Purgatorio y camina junto a los que llevan una penitencia intentando redimirse de sus pecados, y por fin llega al Paraíso, donde lo recibe Beatriz y le dirige dos cosas que conmueven profundamente a Dante y a quienes nos transportamos con Dante: un reto y una sonrisa. Estas mujeres… y sus milagrosos giros, y sus poderosas expresiones, y sus encantadoras volteretas.

En todos los retratos, en todas las pinturas, en todas las estatuas que lo han inmortalizado, Dante aparece enjuto, con su infaltable capucha roja ensombreciéndole el rostro, por lo general coronado con laureles, perfil afilado de nariz ganchuda y un rasgo que resalta entre todos: el vate quizás más celebrado de todos los tiempos, el padre del idioma italiano como lo conocemos ahora, en el lugar de los labios tiene una delgada línea que se curva notoriamente hacia abajo, una señal innegable de severidad y amargura. Me gusta pensar que esto es producto de los grandes equívocos de la solemnidad y sus homenajes, o de los años posteriores a la muerte de Bice, metido en los vaivenes “serios” de la política y el desenfreno*. Aquella vez que Dante descubrió a Beatriz, y aquella otra que la reencontró en un sueño que después se convertiría en la Divina Comedia, estoy seguro que el poeta florentino sonrió con todos los dientes.

"Dante, muerta Beatriz, perdida para siempre Beatriz, jugó con la ficción de encontrarla, para mitigar su tristeza; yo tengo para mí que edificó la triple arquitectura de su poema solo para intercalar ese encuentro”, sostiene Borges sintetizando esto que digo. En el Paraíso, más que la luz de todos los santos que con los el poeta también dialoga, más que la luz de la misma Rosa Eterna que representan la magnificencia y el amor de Dios, es Beatriz la que relumbra. En su visión, Dante tiene enfrente la morada misma del Creador y, sin embargo, no deja de advertir lo hermosa que está Beatriz, cómo su belleza se ilumina cada vez más. En un momento, se ha ido de su lado, la busca y la encuentra en lo alto, lejos, le dirige entonces una plegaria, le da gracias, le encomienda su alma, y Beatriz su vuelve por un instante, le sonríe, y de nuevo fija su mirada para siempre en la luminosa fuente que es Dios.

Esto dice en la Divina Comedia: "Oh mujer, en quien vive entera mi esperanza, y que consentiste por mi bien dejar tus huellas en el mismo Infierno! Si he visto tantas cosas a tu bondad y tu poder lo debo. Tú me diste la gracia y la fuerza que me fueron necesarias. Tú, de esclavo, me has hecho libre por todas las vías y los medios que estuvieron a tu alcance. Conserva en mí tus preciosos dones, para que esta alma mía, que sanaste, sea agradable a tus ojos cuando abandone este cuerpo.

Así oré; y aquella, que tan lejana parecía, se sonrió y me miró, volviéndose después hacia la eterna fuente”.


Recuerdo aquellos versos de José Pedroni que comienzan: "Mujer, nunca me olvido / que me amaste caído".

El encuentro soñado ha finalizado. La visión se desvanece. “Ausente para siempre de Beatriz, solo y quizá humillado, imaginó la escena para imaginar que estaba con ella”, concluye Borges. “Todo esto por esa sonrisa”, podríamos resumir aún más. Comparto totalmente. De allí tal vez mi aprecio especial por este libro: contiene la magnífica y detallada construcción de ese triple mundo, en versos inmortales y gloriosos, en el esfuerzo de un tímido por plasmar un sueño ingente: alcanzar de nuevo a cruzarse con la mujer amada, poder decirle las palabras, y que ésta por una vez se fije en él y le sonría.

La Divina Comedia termina con este verso: “el amor que mueve el Sol y las demás estrellas”. En este cierre interviene una vez más la llave del secreto, que se abre a tantas conjeturas. A que amor se refiere Dante? Al de Dios, que impregna todas las cosas? Al infinito amor divino que lo trasciende? O al amor humano, su amor, finito y esplendente, el que inspiró su visión y su obra, a la que pone ahora punto final? Consecuentemente, creo que Dante dejó que se secara la tinta, cerró la pila de folios, y puso su mano sobre ellos, casi como una caricia. En ese momento de intensa soledad que los escritores bien conocen, tenía la misma sonrisa que aquel día sobre el puente, cuando Beatriz paso sin mirarlo, riendo con sus amigas; la misma que en el sueño cuando compartió con Beatriz el Paraíso y se despertó con lágrimas, sintiendo en el pecho la profundidad de un viaje que fue encuentro y también separación definitiva. La sonrisa de Dante, la que nunca nadie se atrevió a dibujarle.





Tiempo después encontré la hermosa canción de la compositora e intérprete Loreena McKennitt que antecede esta entrada, se trata de una versión subtitulada en español. Creo que también es un hallazgo que arroja aún más valor sobre el punto de vista que hace tan querible a ese libro del que se acumulan varias ediciones en mi biblioteca.

_________________________________________________

Notas:

* Ante la muerte de Beatriz:

"...y con todo, damas mías, aunque quisiera,
no sabría deciros bien cuál me encuentro,
tanto me trabaja la acerba vida:
tan envilecida vida
que todos parecen decirme: "Yo te abandono",
viendo mis labios muertos.
Pero cuál yo sea mi dama bien lo sabe,
y aun de ella merced espero".


Dante Alighieri - Vita Nouva


Pinturas y fotografía: Fuente: Internet

Tras una temporada a lo Claudio María Domínguez (dicho esto con todo respeto, quién no se quedó viéndolo una noche, sobre todo si la fan rubia al lado prometía para luego una compensación de corazón alegre y cuerpo fluyendo libre de limitantes elásticos y encajes), vuelta al blog con ganas de asentar algunos de esos fragmentos que se quedan a veces atravesados entre el café de la mañana, sacarle fotocopias a un legajo gordo, mirada perdida entre el violenta de las montañas de regreso a la siesta (y ojo que no se cruce un caballo, un perro o un rugbier), nocturno paseo cerca de los acezantes paquidermos de la Terminal y su rutinaria atmósfera cargada de aceites viejos y viajes siempre nuevos, y aterrizaje en la minilibreria en la que se ha transformado sin remedio el cuarto solo (o sea, sin rubia y con boxers planchados y nostálgicos, ante lo cual la sonrisa televisiva del querido Claudio se vuelve insoportable. "Hacete cargo")

O sea, fragmentos que no tienen nada que ver con esa voz cargada de sabiduría y buenas vibras que por lo general vuelca reflexiones donde la luz es protagonista, el corazón deja de ser pordiosero, viste de frac y monta un show, y donde el ying y el yang giran en un equilibrio más o menos armónico. Voz equidistante de pasado y futuro y a la que le gusta acentuar el aquí y remarcar el ahora. Pero que, la sinceridad ante todo, no reconozco como vocera del presente más próximo y cercano. Una cosa es un claro recipiente con unas cuantas verdades disueltas y transparentes; otra cosa es la punzante, indisoluble, verdad a secas, cápsula de misterio, balazo a boca de jarro, la confusa y perfecta marca que queda bajo el vaso. La primera se me hace bebible y certificada, pero insípida. La segunda, gota de lluvia, inatrapable, nutriente, y aún en su impureza, perfumada y sabrosa. A todo esto, no sé qué llegó primero, si la débil metáfora o la mansa lluvia que ha comenzado a caer en este momento sobre la ciudad, y que ésta bebe sedienta abrazándola en sus vapores.

Me acuerdo de esos versos de Antonio Machado: "Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela." Parece que invitara a encontrar una verdad general sobre la particular. Y eso hace dudar. Para mí lo central está en ese "ven conmigo a buscarla" que indica que lo único general, que nos iguala, es la búsqueda, que lo realmente verdadero para todos es el camino y lo que en él podamos compartir unos con otros. La verdad sin camino, sin búsqueda ni vivencia, la ideología, doctrina o teoría sin experiencia, sin exploración, y la verdad sin apertura, aislada, apropiada e inmodificable , sin confrontación ni convivencia, sin meter los pies en el barro de la vida, ni las manos en contacto con otras manos, esa es la verdad que por lo general se reconoce como "tu verdad", una verdad de manifiesto y bolsillo. Un espejito miniatura y complaciente. Esa verdad, "guárdatela", exhorta Machado. Quien, por otra parte pero por el mismo lado, insistía: "La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés" . Podemos vivir toda la vida con una máscara y un conjunto de buenas intenciones. Mientras no hagamos el camino, no nos pongamos en juego, no nos des-cubramos a nosotros mismos... la verdad va a seguir siendo lo que es, aunque le demos mil vueltas, la rotulemos, nos la apropiemos, y la pensemos del revés.

Y dice también Don Antonio (que no por nada es de mis poetas favoritos): "En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad". Y esto quería expresar con eso de que no siempre lo claro, lo puro y transparente es verdad. Lo cual, a pesar de que es tan cierto como el lugar común de que no todo lo que reluce es oro, no resulta tan fácil de detectar y admitir de buenas a primeras. Y aparece además en la frase la soledad como tónico revelador. No es una contradicción. La soledad -que no es lo mismo que aislarse- resulta indispensable tanto en la búsqueda de la verdad, como en el auténtico encuentro. Siempre estamos solos, en la más profunda verdad y en el amor más profundo. De ahí que haga falta mucho valor, grandeza, aceptación, para permanecer de pie y de frente, no esconderse, y asumirnos. Es la diferencia entre sobrevolar el abismo y ganar el cielo, o perderse en su sombra infinita.

"En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad", vuelvo a esta sentencia de mi apreciado poeta porque si no fuera demasiado pretencioso de mi parte me gustaría anteponerla a los fragmentos a los que aquí hago referencia. Y que, aparte de adscribir a lo que reconozco como verdad, lo hago también al presente más próximo y cercano. Las dos cosas me parecen caras de la misma moneda. Esto como advertencia a cualquier atribución a posibles y simples "memorias", porque lo que en apariencia puede presentarse como un retazo de recuerdo, lejos de quedar en el pasado o ser pasaje hacia atrás, pertenece a la historia. Y lo que considero como historia es siempre presente. Pasado y futuro en realidad no existen. Son simples utopías, que en su origen etimólogico viene a ser como un "no lugar". Si lo único que tiene lugar es el presente, es ahí donde hace pie la historia, y es así porque lo que permanece es más que lo que el tiempo verbal expresa. Queda el relato, sí, pero viven los significados, que se transforman, evolucionan, caminan junto a nosotros, en nosotros. La historia es presente porque esa es su única forma de ser real, de pertenecer a la realidad. En cuanto se trasladó al pasado, dejó de ser.

En mi caso, por ahí, no llevo conmigo ni siquiera el relato completo, pero conservo sí algunos fragmentos que, al menos para mí, tienen significado. Son, así, parte de mi historia, es decir... de mi presente. Mantienen estrecha cercanía y los siento verdaderos. Y a lo que iba... muchas veces no son del todo claros, ni puros, ni transparentes. Como todo recorte, dicen mucho más de lo que dicen; son mucho más de lo que parecen. Y a ellos me apego más que a mis voces objetivas, aleccionadoras, reflexivas y acompasadas.

Tratando de cerrar esta reincidencia en la entrada larga (y después hablo de "fragmentos", por Dios, ni que fuera "En busca del tiempo perdido"), quiero en sìntesis decir: ganas de escribir sin tanto justificativo cosas como esta:

Le ando dando vueltas a aquel parque, como a todo...

Vaciar la frase del "donde estuvimos", cortar ahí nomás en "todo", y dejar que en un instante, al leerla, al decirla para mí mismo y para todos, se superponga tu sonrisa una mañana insólita en medio del trajinar de los oficinistas, un par de yogurts o unos helados, unos sandwinchs y una bebida (de eso muy bien no me acuerdo), el césped bajo las palmas de las manos, la cercanía de tu rostro y tu cintura, el sol entre los árboles, en lo alto, y el saciarnos ávidos de todo: del hambre, de los labios, del calor, de las miradas, suspendiendo el tiempo en cada beso, siguiéndonos el brillo con los ojos, poniendo de cabeza los horarios, reemplazando obligaciones por la amistad de los perros vagabundos, y escandalizando a la buena vecina en medio de su compra en el mercado, vos y yo, una mañana, en ese parque...

Todo eso, en esa frase: Le ando dando vueltas a aquel parque, como a todo...

Sin decir ni "físicamente" ni "buscándole un sentido". Sin aclarar nada. Sin separarlo, ni diseccionarlo, ni analizarlo. Dejándolo así, tan poquito, tan cursi, tan rídiculo, tan absurdo y poco convincente y literario, tan presente y efímero, tan patente y confuso, tan particular y general, tan tuyo, tan mío. Del derecho y del revés, tan hermoso, glorioso y resbaladizo. Tan verdad.

Como gota de lluvia en el camino.

No hay lugar para arrepentirse de nada. Ni un paso atrás en lo que de corazón has elegido, vivido, hecho. Debes seguir adelante en el camino donde te sentís a gusto con vos mismo, donde te reflejas luminoso, en paz y situado en tu mismo centro.

Porque precisamente cada paso dado en esa dirección es lo que ha posibilitado que hoy resistas, que no te doblegues ante el dolor al enfrentarlo como enemigo, sino que lo integres, lo absorbas, lo hagas parte; que te eleves por encima de la decepción sin frustrarte; que no puedan retenerte las garras de las tristeza sin consuelo, el enojo sin sentido, el demoledor desamor interno, con la misma fuerza que antes.

Es lo que ha posibilitado que la falta de fe en la vida, de sueños que echar a andar, de hermosura que se revela sólo con saber mirar, hablen en un lenguaje de carencia que ahora se te hace inentendible, porque ya todo eso alienta en tu pecho sin justificativo, motiva a tu alma sin necesidad de garantías, se te muestra como secreto evidente sin grandilocuencia y conforma la verdad que valida el trayecto, se abre con entusiasmo hacia el presente y te empuja con decisión serena y alegre adelante.

La chispa que, entre las incesantes horas de tu jornada, por un instante definitivo se enciende, marca una pausa y un salto simultáneos, y pide envolver tu vida de la única forma en que puede hacerse amorosamente: comprendiendo, asumiendo, cambiando, avanzando al encuentro guiado por la satisfacción de la oportunidad de estar vivo y poder todavía experimentar, aprender, amar.

Esa chispa que al principio te sorprende al hacerte consciente de que está contigo y luego parece extraviarse en el río que pasa, la superficie recubierta de minutos imparables, tenés que saber que no se extingue, sigue ahí, en continuo crecimiento si te dejas ser auténticamente. Permanece contigo e irá ganando cada vez más momentos de tu vida. Para ello, tienes el deber y el derecho de no abandonarte a vos mismo.

Es la forma en que esa fuerza actúa: en ningún momento obligándote a a detenerte, a permanecer aferrado a sentimientos, emociones, decisiones que formaron parte alguna vez de tu vida y para los que hoy sos otro, un desconocido, y a los que sólo conseguís amoldarte sometiéndote a los vaivenes de la culpa, el arrepentimiento, el rencor, la detención inconsistente o cualquier otro estado que únicamente puede alterarte y corromperte.

Acaso todo nace de tu aparente ejercicio de la lealtad. No malentiendas la lealtad. Ella sigue a la brisa que rodea al árbol acompañando los movimientos de su copa, el necesario nutrirse de sus raíces, su transitar por distintas estaciones. Es libre en esencia. La lealtad si no es leal en sí misma, es decir, a sí misma, no es. Sé realmente leal. Mantente en movimiento y no te abandones a vos mismo.

Anda hacia delante amplio, generoso, valiente y entusiasta. Resguarda lo que atesoras, pero no arrastres museos de melancolía por lo que fue y se ha perdido, ferias de nostalgia donde se comercia con lo que pudo haber sido; llevá con vos las esencias, que nada pueda reducirlas o coartarlas. Sé libre y, por sobre todas las cosas, lo dicho... no abandones tu aptitud para experimentar, no pierdas ocasión de aprender, no dejes nunca de responder cuando se sientas llamado a amar.

Buda hindú, moreno, estilizado, apacible? O Buda rechoncho, con colorete, sonrisa a montones? Siempre me incliné más por el que se acerca al original de la historia, o sea, al hindú, que ayunaba, caminaba mucho, de algún modo, aunque no fuera ese el objetivo, se mantenía en forma. Algo no me cerraba en el mofletudo, siempre cargando cosas con mensajes equívocos para el ignorante: bolsas que parecían las del robo al banco, pequeñas bolitas con apariencia de madalenas, exhibidas en la mano o en una especie de bandeja, como diciendo "es la única que queda y se acaban", imposible no mirar entonces con reproche a la enorme buzarda, o esas flores un poco excesivas, salvándose de ser aplastadas, y la túnica insuficiente y chillona, casi una bata...

En fin, tarde o temprano uno aprende que cualquiera es Buda, es decir, lo somos todos, despierto o dormido lo tenemos en nosotros, es nuestra naturaleza. Entonces ya no se hace tan importante ese Buda con mayúsculas y se agranda ese buda humilde, pero universal (no podía ser de otra forma). Y a los que cedemos al gusto por el objeto, a los que acumulamos libros, perfumes y malas, no por veneración, o como amuleto, sólo por juntar, simplemente porque nos llama la necesidad de experimentar con los sentidos la forma que en algún momento nos atraviesa el pensamiento o el alma, sólo por no negar la fortuna del encuentro también entre las cosas físicas (y la fortuna de contar justo con los billetes que hacen falta, pocos, tampoco es pa' tanto, hindú, japonés, chino o argentino -en definitiva, made in Taiwan- la estatuilla de budita se deja comprar), termina por agradarnos el contraste de poner uno al lado del otro a esas figuras tan disímiles, en principio, desconcertantes. Acabamos por comprender que el mensaje en lo profundo es una broma más. Una variante que invita a sonreírse en la síntesis. Una aceptación que es inclusión trascendente y que, desde afuera, nos impele a restregar ojos, gustos y saberes para de nuevo buscar adentro, si es que de veras queremos encontrar.

Así es que, con una sonrisa, vengo a entender lo que estaba agazapado en mis ganas por enfilar estatuillas en una repisa: ahora el gordito vivaracho de la bolsa y las madalenas se me hizo muy querible. ¿De qué otra forma representar la abundancia generosa, la expansión del alma, el asentamiento del cuore, la comodidad en la alegría, la sabiduría de quien sacó provecho al día? Si es por eso, el cuerpo casi adolescente, esmirriado, recatado, prolijo, en sutil ensoñación del buda indio... se queda corto. Incluso, observando en detalle... esa propensión a tener una cabeza demasiado grande, el único rasgo extenso, habla de mucho lugar para la mente y es sabido que esto no es lo mejor. Una residencia de lujo para el pensar, con estrechez para todo lo demás, no me convence, por más elevado que parezca. No por encima del corazón, de sentar el culo alegremente en el día de hoy, poniendo una huella sobre el impoluto loto, haciéndose lugar para ser parte con todo lo que nos rodea. A ver si se corren un poco, si dejamos el humo del incienso y llegan rápido las pizzas...

Y después encontré en el maestro Osho una postura muy parecida, que me dio el espaldarazo de la confirmación. Osho dice algo así como que uno de los discípulos favoritos de Buda, de "ese" Buda Gautama, destacó por sobre todos favorecido por su risa, la capacidad de entendimiento se hizo patente por medio de la risa. Pero no cualquier risa, no una risa superficial, impostada, sino una risa entera, profunda, el "sonreír hasta con el hígado" del que hablan los sabios. ¿Y dónde, expresa más o menos ese loco genial de barba larga, ojos luminosos y nombre raro, dónde podría ubicarse a sus anchas esa risa si no es en un cuerpo con bastante espacio, con pliegues suficientes, con curvas prominentes por donde deslizarse, incluso en la cabeza, con recovecos donde seguir resonando, dónde sino en el buda gordo que hace estallar túnicas y flores?

Todavía más: avanzando en las lecturas, Osho me regaló una frase que me pareció perfecta, aunque como siempre que cito no sea tal cual: la iluminación consiste en lograr estar relajado en uno mismo. "Relajado en ti mismo", qué buen estado! Hice algo... escribí la frase en formato pequeño sobre un papel (cambie el "ti" por un "vos" argento) lo recorte cuidadosamente, lo pegué a un palito y lo adherí como mensaje explícito en una de mis figuras de Buda. ¿Y en cuál iba a ser? En uno de los budas gordos. El lugar perfecto para la frase perfecta (la alternativa era escribirle con fibra "relax" sobre la panza).

Ahora lo tengo frente a mí. Pelao, redondo, tetudo, exhibicionista de pupo, descalzo de dedos graciosos, risueño como un bebé inmenso inquieto por las cosquillas. El gran depósito de la risa. Bolsita al hombro, jugando con la pelotita. Y me mira, seguro acordándose de cuanto me costó aceptarlo como la imagen del Buda admirado, "auténtico". Y ni hace falta que lea, pero igual leo: relajado en vos mismo. No hacia afuera, hacia lo que ocurre afuera, no apartado del mundo, haciendo como si no existiera, no elevándose por encima de todo lo que pasa, sino "con" lo que pasa, en este presente que siempre carece de formas estilizadas y, al mismo tiempo, es infinitamente "dador", generoso. No en la impenetrable dureza, sino en la tibieza blanda, la apertura que a su vez envuelve, la curva que va y viene, la flexibilidad armoniosa. Voluminoso (con volumen), consistencia, pletórico.

Y la risa, la risa del que súbitamente se ha dado cuenta de que el corazón es lo que más pesa y que la mejor oración es la que se hace sentándose bonachona y relajadamente en sí mismo, y sobre los mil y un lotos de los que siempre somos parte.




Para Flor, para Paula


A veces mis ángeles deciden tomar el mismo colectivo que yo, o aparecerse a la siesta montados en bicicleta. Así, en conjunto, o en fila, una cuadrilla de alas contra la derrota. Y es justo lo que necesitaba. Y es mucho más de lo que soñaba. Vuelvo a reconocerme en su mirada, en su sonrisa, en el puro amor despojando la apariencia más absurda para que florezca el ser en plena siesta. Mis ángeles y yo abrimos un espacio liviano y silencioso, y en el abrazo alegre, en el mero roce del beso que es fruto y cultivo, en el te quiero inmediato y luminoso, en el recuerdo del diálogo ininterrumpido con la ternura como puente, recreamos la historia sin final e invencible; límpida y noble.



‎"Todo es nuevo bajo el sol", incluso ese mismo sol, que nace blando, rojizo y esperanzado en el horizonte, tal como nosotros, y después en lo alto reluce eterno, ilimitado, repartido en cada ser y cada cosa. "Todo es nuevo bajo el sol". Lo único repetido, y de siempre, es el milagro.


Fotografía: autor desconocido / Fuente: Internet
"Todo es nuevo bajo el sol", verso de Jorge Luis Borges



Primero, perdón por lo que me corresponda de este silencio, de este repentino punto y aparte. Orgulloso, terco, orondamente asentado en la razón, más mosca que reina, en el equilibrio derrapado de la necesidad de estructuras, definiciones, andamios y muletas.

Perdón, en todo caso, porque contra mis propósitos de permanecer despierto, contra todas las lecciones de la experiencia que creía tan asumidas, terminé cayendo en el sueño dominado por el casi irresistible gusto de generar demasiadas expectativas.

Y en lugar de vivir nuestra amistad día a día, me fui por la ilusión paralela de intentar nutrirla, consolidarla, imponerle forma y ritmo. Darle un toquecito más al paisaje para que se transformara en cuadrito. Y cómo si se pudiera, reaccionar frustrado ante la parálisis y los vacíos.

De nuevo, reconozco que en lugar de abrirme al generoso ofrecimiento que es siempre la llegada de una persona a tu vida, comencé patas para arriba, al revés, a intentar apuntalar una amistad que recién se estaba haciendo.

Tal vez lo único que conseguí es que la ansiedad viniera a ganarme. Como siempre que intentamos, aún con la mejor de las intenciones, anteponernos a la vida, adelantarnos o atrasarnos, terminamos por resquebrajar el sutil misterio, la armonía delicada; sacar el cauce a la completitud fluyendo. Aquí y ahora.

Sí. Pero todo esto también tuvo que ver con la alegría de que aparecieras. Y de eso no me arrepiento. Me hizo mucho bien y no voy a negarlo. En esta parte, lo que me corresponde, y lo que quiero decirte, es sólo gracias.

Llegaste justo cuando la sonrisa hace rato me tambaleaba, como los tarros esos en los viejos parques de diversiones a la espera del certero pelotazo que terminará por tumbarlos. O quizás no. Quizás los tantos golpes terminaron por darles una forma de pararse que los hace por momentos movedizos, inseguros, pero involteables. La cuestión es que haciendo lo que podías, me brindaste palabras, tuviste conmigo gestos, compartiste momentos y me pintaste una sonrisa, de los que no tengo derecho a dudar. Y que de alguna forma, junto a otras cosas, me mantuvieron de cara a la vida, y así me pasaron por el lado, casi sin darme cuenta, no sólo aquel caballo que casi nos lleva puestos un día, sino verdaderos pelotazos y empujones relacionados con mi historia que, de pronto, yo pude abrazar, absorber y soltar sin que dejaran herida, y sí más aprendizaje.

No puedo establecer causas, Dios sabrá cuando tira una liana a tiempo y sale por la ciudad a tapar un bache, pero sí puedo decir que vos estabas.

Después... el tirón al enchufe y los dos desconectados. Vos o yo, qué importa quién fue el primero.

Pero cada uno encontró más temprano que tarde el otro lado del cable desprendido sin remedio.

Y acaso no valga ni un interrrogante.

Y acaso fue un chispazo ingenuo, una bengala de emergencia, una linterna oportuna a mano, un farol de paso...

Pero, al menos para mí, hubo luz. Un paréntesis de luz. Un intervalo luminoso y casi encantado. Un instante de encuentro, buenos sentimiento y amistad en el puro intento.

Eso vale.

Después ya está. No importa ni siquiera un interrogante cuando antes se te da la suerte de una respuesta que anula todas las preguntas que no pensaste, todos los casilleros, prejuicios y limitaciones por los que antes o después es tan fácil perderse.

Por eso, aquí y ahora corresponde y quiero decirte gracias.

Nada más y nada menos que por esa luz, por ese instante.