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Para A.G., mi amigo el doctor

¿Hay algo peor que la cuenta regresiva de las vacaciones? Sobre todo de unas vacaciones malgastadas, plenas de hartazgo. En fin, es lo que toca. No supe, no quise, o no se dio pasarlas de otra manera. El resultado es el mismo. Pero estos últimos días son los peores, se hace más patente el olor a quemado de los atardeceres, la vacilación de las mañanas, la humedad de las paredes, el pliegue rígido de los pantalones colgados y listos para el lunes.

Creí que rodearme de lecturas, actualizando las pendientes y comprando libros nuevos, sería suficiente para hamacarme cómodamente entre los días sin obligaciones, hasta que los horarios vinieran a reclamarme. Empezamos bárbaro, terminamos mirándonos (los libros y yo) sin ganas, yo de transportarme hacia alguna historia, sorprenderme con viejas y nuevas fórmulas, concentrarme en la seguidilla de letras; ellos (los libros) de abrirle la tapa y revelarle algo a semejante individuo inapetente y malhumorado. Me abandonaron al hastío. Los declaré prescindibles. Para achicar la angustia, fui y me compré dos remeras de las que estuve arrepentido apenas llegue a casa. Y salí a tomar algo por ahí con un conocido, al que me puse a joder pinchándolo como pickle y yo que él la próxima vez me revoleo a la cabeza la agenda llena.

"No seas más su amigo", solía recomendar mi simpática tía a mis amistades de adolescencia, siempre con ese incomprensible deseo familiar de favorecerme que le salía invariablemente en contra. Ya que conocía mi intimidad se sentía en la obligación de advertirles, sobre todo si se trataba de no quedar mal ella. Mientras escribo, empiezo a reírme para dentro, porque me estoy acordando de un anécdota que si no cuento aquí, dónde.

De vez en cuando, después de vueltear un rato a la noche por el barrio de "los putos" buscando cruzarnos con chicas en la vereda (paradoja que explicaremos otro día), por lo general terminábamos con unos amigos yendo al departamento de la tía con la que me críe y que siempre tenía algo fresco para convidarnos -que tomábamos asomados al balcón- y algunos pesitos como para ponerle nafta al auto o ir a un bar en el centro. Mi tía, una juvenil anciana, apreciaba mucho a dos de mis amigos, los de siempre, que se transformaron casi en los únicos con el tiempo: los hermanos G. De ellos, el menor, A., era y todavía es mi mejor amigo. Por éste tenía mi tía si no predilección, al menos especiales miramientos, ya que era más aplicado en los estudios, más cuidadoso en el trato y el vestir, que su hermano. "Qué buen chico este A." era una frase corriente en labios de mi tía, quien no perdía oportunidad de ponderarlo y recibir su visita como la de alguien muy importante para la casa. Con el tiempo, su estima se vería confirmada y satisfecha al saber que el buen chico finalmente era también médico.

Una noche caímos al departamento de la tía, abrí la puerta sin tocar y la encontré como solía estar los sábados, sola frente al televisor, sentada a la pequeña mesa de la cocina, sin su marido (el tío escapaba casi todos los fines de semana). Se sorprendió al verme. Y más cuando le anuncié que estaba con A., que pasábamos un rato. La tía estaba sola, muy sola. Algo extraño, me miraba fijo con los ojos muy grandes. A. saludó con su habitual cortesía, y los dos nos sentamos en la pequeña cocina, mínima cocina con la que cuentan esos monoblock. De pronto, en silencio, la información fue llegando. Había olor, mucho olor, nauseabundo olor. Y yo no tuve mejor idea que decirlo naturalmente: "Qué olor", como quien empieza una charla al estilo: "Está linda la noche, eh". A. sólo atinó a bajar los ojos y apretar los labios, con sus elegantes manos entrelazadas, como si fuera un monje. La tía se levantó de un salto, dio un manotazo en la cocina con "el trapo" -su infaltable repasador barato- y exclamó: "cuándo no él haciendo estas cosas, ni respeto por los amigos tiene". Yo no entendía muy bien. Observaba alternativamente: a ella, que rauda se dirigía hacia el ventanal que daba al balcón, levantaba la pesada persiana, y abría de par en par las puertas, luego hacía lo mismo con las restantes ventanas del departamento, machacando: "es el colmo, el colmo", y A. que se había puesto de pie y ofrecía amablemente su ayuda, pero no sólo eso, sino que con una sonrisa tampoco dejaba de decir: "sí, tía, tiene razón, es el colmo". No podía ser. ¿Cómo se aclaraba esto? Empecé a reírme, a reírme de la actitud de mi tía, y la de mi amigo, y esa confusión que no parecía tan confusión. Mientras me salía fuerte la carcajada intenté una defensa: "Pero, tía...". La tía, indignada, de veras indignada, me cortó en seco, dándome la espalda, mientras colgaba su encorvado cuerpo del brazo de A. y se iban al balcón: "Nada. Encima, este sucio, se ríe", comentó. A esa altura, las risotadas incontrolables no me daban opción y me colocaban irrevocable el cartelito de culpable. Y entonces fue cuando lanzó aquella frase con la que me cargarían en cada ocasión que se presentara. Dirigiéndose a A., que parecía que se inclinaba atento para escucharla, pero en realidad se retorcía aguantando la risa que le saltaba por los ojos, mi querida tía lo exhortó: "Yo que vos, no soy más su amigo. Cómo tener de amigos a tipos como éste.".

La sentencia parece haber quedado grabada en algún lugar del mural del universo. Lo demuestran la exigüa cantidad de amigos que conforman las estadísticas a lo largo de mi vida, una especie de sistema binario contra el que estrella su cabeza, como con un techo bajito, cualquier expectativa social despistada que crece demasiado. Y a lo que se contrapone el constante estiramiento de los anaqueles de mi biblioteca. Románticamente -o pelotudamente, para muchos es lo mismo- hubo un tiempo en que, mirando a las garzas que en invierno ocupaban uno de los árboles de la Plaza Nueva, pensaba que tarde o temprano aparecerían los amigos en los que se reconocerían mis ímpetus sociales, la bandada siempre dispuesta a burlar los cerrojos de mi aislamiento, el excesivo trato con los libros y los desvaríos internos. Una imagen que no descarto inspirada por la lectura temprana de "Juan Salvador Gaviota" (cuándo no otra referencia libresca). Pero bueno, dramatizando una condición más que generalizada, podríamos decir que el mundo se ha empeñado en contradecirme. Después de tantos años, mi ilusionado ánimo social es todavía una bicicleta con la ruedas demasiado nuevas. Cómo será que hasta las garzas de la plaza han dejado de venir.

El señor de Montaigne, eximio precursor allá por el lejanísimo 1589 en esto que hoy, acaso con menos arte, abunda en tanto blog, facebook, etcétera, esto de "pintarse a sí mismo" de modo "privado y doméstico", hacer de uno mismo el tema del discurso; no obstante tener a los libros como "la mejor munición que pueda encontrarse para el humano viaje", no dejaba de advertir que "nuestra principal inteligencia consiste en saber aplicarse a diversos usos.(...) Sí dependiese de mí el ordenarme a mi modo -explica la ondulante, y no menos precisa, voz del genio francés-, no me adscribiría a forma alguna, pues que la vida es movimiento desigual, irregular y multiforme. No es amigo, y menos señor de sí mismo, quien a sí mismo se esclaviza, quien se sigue incesantemente, quien se ajusta con firmeza a sus inclinaciones, sin nunca torcerlas ni desviarlas".

Consejo que me parece muy lúcido. Proviene, además, de quien supo consagrarse al estudio y la lectura, pero se reconoció esencialmente como un ser "apto para la sociedad y la amistad". A esta última no dejó de dedicarle elogiosos pensamientos, distinguiendo siempre que la amistad "es bestia de compañía, no de rebaño". Respecto a los libros, tuvo claro, más allá de su valor, que era mejor aceptar "cualquier otra diversión por ligera que sea", ya que al dichoso poseedor de una biblioteca "la libresca nunca falta". (Esto también lo comparto, tampoco tengo problemas en dejar de lado los libros a la primera alternativa, y, sin embargo, los sigo acumulado, seguro de su necesidad para mi vida).

Montaigne tiene un suculento ensayo en el que relata sus "tres ocupaciones favoritas y particulares": el trato de los hombres "honrados e inteligentes", de las mujeres "bellas y honestas" y el de los libros. Como no podía ser de otra manera, cedo a la tentación de extraer un poco de lo que dice sobre el contacto con las mujeres, de las que considera "existen tan pocas totalmente feas, como aquellas totalmente hermosas". Al tiempo que recomienda mantenerse en guardia, afirma que "es locura adscribir al comercio de las mujeres todos nuestros pensamientos con afición furiosa e indiscreta. Por otra parte, acudir a él sin amor, ni obligación de voluntad, como quien ejerce un papel en una comedia, procura más seguridad, pero menos satisfacción, al modo de lo que ocurriría a quien abandonase su honor, placer y provecho por temor al peligro. Quienes así obran no deben esperar fruto alguno satisfactorio para un alma buena. Es menester desear lo que se quiere gozar a sabiendas". Este Montaigne había sido groso de veras, o al menos, se entretenía pareciéndolo, poniéndose así en escena, como todos. La sinceridad que podemos es siempre relativa. Somos jodida y radiantemente contradictorios, Mario Benedetti dixit.

Sin desviarnos más del tema ni abundar en el asunto, quiero aclarar que no le estoy echando la culpa a mi pobre tía, maldición mediante, de mi escaso éxito en rodearme de hombres honrados e inteligentes y mujeres bellas y honestas, y mi voluble afición por los libros, siempre dispuesta a entregarse como una fiera de corazón de tierno que al momento que tiene que mostrar los dientes, lengüetea babeándose, pero que al final es lo único que me queda como más constante, como margen al que consigo aferrarme, como gusto trocado en imposición de mi circunstancia que resulta en apasionado oficio de palabras.

"Pasión" no por nada encierra las acepciones de preferencia y padecimiento, no en el sentido de una especie de masoquismo -por eso remarco la "y" que distancia, separa- sino de "dejarse determinar por", de disposición y determinación. Los griegos ya sostenían que esta posición pasiva en apariencia encierra no sólo la presión o perturbación ejercida desde afuera, sino también la alteración interna, la potencia. Desde el techo, en paracaídas para asistirme como siempre que no consigo rematar una idea, cae otra cita, aquella repetida frase de Truman Capote: "Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación". Mierda, salir con esto me trae la mirada atónita de esa novia a la que intenté explicarle sobre el daimon literario y mi daimon en particular. Chan. Ella fue responsable, ella preguntó qué carajo me pasaba.

Además, aquél "no seas más su amigo" no tuvo ningún efecto, A. sigue siendo mi mejor amigo a través de tantos años. En la actualidad nos separan muchos kilómetros, pero la complicidad continúa intacta, a pesar de que nunca le perdoné haberse puesto de parte de mi tía esa noche, traicionándome y alimentando mi sensación de que vivimos expuestos a las acusaciones más insignificantes y también a las más letales, muchas veces sin que podamos ni siquiera defendernos, y sin desentrañar sus impenetrables y complejas consecuencias. Las cosas más dispares pueden ser y basta sólo con levantar los párpados una mañana.

Mi tía se puso aún más vieja y perdió la memoria. Quedamos A. y yo para recordar cosas como ésta (lo digo porque él también de vez en cuando escribe). Para conjurar la terrible soledad y el mal humor no menos intratable. Y hasta las maldiciones de los parientes. Para poblar de sentidos la ausencia y darle consistencia al inflable de colores sobre el que estamos. Para sacar una patas de pato, de rana, de dibujito animado, de payaso, o unas piernas hermosas de mujer, robustas de ciclista, incansables, con espinas, barro y hojas de mochilero, estilizadas de bailarín de tap, en lugar de las raquíticas y amarillentas, muy juntas e inmóviles, que salen de la pollera gris nunca demasiado larga del tedio. Y de las piernas sombrías de su hermano mayor, parado al lado, poniéndole la anillada mano sobre el hombro amarronado, gigante de traje imperturbable, rostro planchado y húmedo cabello: el luto. Prolijo perro. Más vale que ninguno de ellos hable, que no despeguen los labios encogidos en línea recta. Para decir Nada.

Acaso ese sea el propósito de todo y de todos, por unos caminos más acertados y llevaderos, o por otros menos afortunados y pantanosos. También de los que creen hablar por boca de esos monstruos fraternos, sin saber lo que están diciendo. Siempre el conjuro, elaborado o inesperado, porque siempre, o casi siempre, hay algo peor: nuestro nombre pronunciado en forma definitiva por el luto o el tedio. Su remedo de memoria. Su musgoso verbo. Su dentadura oscura. Visto así, mis fallidas vacaciones no resultan tan fallidas, ni mi soledad tan extrema, ni el silencio tan silencio. Y el hastío que sostuve al comienzo es sólo una palabra más, próxima a hartazgo, pero también a seguir viviendo. Antes de la autocompasión, comprenderlo: aún en un velorio la ventaja la siguen teniendo aquellos para los que todavía es posible pasar a otras habitaciones.


Fotografía y retrato: autores desconocidos - Fuente: Internet



Cómo fallarle entonces,
si aquella, en su delirio,
me veía Don Quijote.
Y yo, a la deriva en el lecho insomne,
la ternura y la ilusión en un pedazo,
tenía a Sancho derribado y herido.

Cómo fallarle si al final
fue en mí un Sancho arrodillado a la cama
del singular caballero
que en el ala abandonada y pálida de aquel pelo negro,
de aquella mirada y valentía mancilladas,
de aquellos inmóviles jazmines de las manos,
de aquella,
reía, lloraba.


Pintura: Gustavo Amenedo - Título: "Quijote" 2007 - Fuente: Internet

¿Qué irá a salir de esta nueva crisis? Primera pregunta lúcida en la mañana, que me recibió ni siquiera cayendo, sólo flotando en el mismo lugar, en el mismo costado de ayer, sin poder encontrarle la vuelta. Hay veces que el alma se empoza, se queda aislada a un costado, sin tumbos, sin correntada. Hay veces que ni la escalerilla de las palabras consiguen sacarnos de la desesperación, el pie resbala entre las contorsiones de las letras, la mirada se pierde entrelíneas y desbarranca en los márgenes. No se sale inmune de cosas como estas.

Me pregunto si me quedará el suficiente dominio de mí mismo para actuar razonablemente este lunes en el trabajo; si se me seguirá cayendo el pelo o los ojos volverán a sus contornos normales; si no me saldrá de pronto una joroba o me estallará la pierna; si no habré empezado a hablar solo. Inquietud que ya representa todo un avance, al menos el instinto de supervivencia todavía se pregunta, enciende su mezquina alarma hace un rato sumergida. Comienza el lento desagüe de esa mezcla espesa de llanto y absurdo, de movimientos repetidos y sueños entrecruzados, la sensación de que te vas desintegrando por dentro y nadie se da cuenta, derrumbe interno que te deja en cáscara, cáscara a la que el ama de casa pasará un trapito junto con los otros muebles y a la que hallándola inconveniente, grotesca, sin suficiente brillo, dará unos golpecitos para asegurarse: hueca; entonces llamará a un par de diligentes colaboradores para entre todos removerla, ponerla fuera de la vista.

El silencio se hace intolerable. Le va tapando a uno mismo la boca, le sofoca el alma. Hay un pasillo paralelo por el que van y vienen gritos, piernas y manos descontroladas, detrás de la apática respuesta sobre el próximo almuerzo. Amartillar tras cada bocado. La conversación, tenue hilo que no se sostiene con nada y cae, extraviado y flojo. De pronto una cuadra está tan lejos de otra, una puerta tan lejos de otra. Y la cama aún tan cerca. La radio con su música de verano, su locutor "con onda", y la temperatura y la hora a cada momento. "¿Qué estás pensando?" "¿Qué estás haciendo?" a cada momento. ¿Y si me entregara, si los dejara llevarme del brazo donde sea? ¿No van siendo el apartamiento o el final elegido el corolario justo, el descenso definitivo?

Azote de la soledad, castigo. No encuentro la fórmula que desarticula este filo. Sólo un último gesto. El empecinamiento del maltrecho. A pecho abierto. Sin adulteraciones. De pie a pesar del mareo. Yo planto aquí mi espada y exijo una muerte digna, que me mire a los ojos y pueda ver más allá del despojo. Que le corte la cabeza al silencio y corra la sangre incontaminada. No se sale inmune de cosas como estas.

¿Qué irá a salir de esta nueva crisis? Primera pregunta lúcida en la mañana. No me pidas que sonría como si no pasara nada, no me pidas que sonría, que te entregue esa moneda falsa a cambio de tu distancia calma, de tu mundo ocupado y de espaldas. No me pidas que sonría como incansablemente se les pide a los niños: "a ver, si es lo más lindo que tenés". No quiero. Hoy no quiero. No puedo. No me sale.


Fotografía: Vivan Maier (EE.UU.) - Fuente: Internet

Lo dejaron justo enfrente a la ventana que cierro cada mañana y abro cada tarde. Casualidad o alusión de un mundo que dice y no se calla. O será que el alma va amueblando el mundo, comunicándole sus estados, alma que también dice y no se calla, aún sin las palabras. Al final, todo es diálogo. Desde cierta altura, nada es secreto. Hay un orden establecido aún en los hechos más triviales. Orden desconocido para nosotros en su integridad. El misterio más profundo se asienta en nuestro ineludible, insobornable, poder de distracción. La dispersión termina siendo no sólo un oportuno salvoconducto contra el "Gran Bostezo", sino también divinidad protectora del secreto; acrobacia, rodeo, curva precisa, entre zarpazos de ¿la muerte?. Necesitamos de pequeñas revelaciones, dosis de la verdad o, por qué no, del engaño que constituye finalmente el trasfondo de la existencia. Nada de manifestaciones absolutas. Apenas indicios, vislumbres. La develación de las bambalinas acaso no pueda soportarla ni la misma muerte. Allí acaba el diálogo, y la muerte quizá sea el último diálogo. O al menos eso quiere o sospecha nuestra esperanza, que no se aviene a asimilarla a la nada de forma directa. La bajada del telón al final, sí; más allá, la desarticulación completa de toda referencia, el desplome de las cosas, pulsos, deseo y memoria, y del lenguaje que las envuelve, no, no porque equivale a la aniquilación de la mirada.

Se me aparecen los versos de Rilke, aquellos que dicen: "Y suponiendo que un ángel de pronto me tomase contra su corazón: me extinguiría ante su existencia más fuerte. / Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, que todavía podemos soportar y admiramos tanto, pues impasible desdeña destruirnos. / Todo ángel es terrible". Tenga algo que ver o no con lo que expresaba Rilke en sus Elegías, pienso en que vivir es precisamente ahogar el grito hacia las "cohortes celestiales". Y que el ascenso hacia el conocimiento final, la mirada total, sólo puede hacerse gradualmente, como enseña Platón en su famosa alegoría de la caverna, a riesgo de quedarnos ciegos. Ahora, y en contraposición al proceso de iluminación descripto por el infaltable griego, ¿y si todo se redujera al ascenso, por tantas vías como vidas, y en el acabara?. Otro mito: Sísifo poniéndoles grilletes al dios de la muerte y fugándose del Infierno, el más astuto de los hombres condenado a la ceguera y a empujar una roca que siempre termina por rodar detrás de él. ¿Si el descubrimiento de lo bello y bueno nos estuviera prescripto únicamente como fragmentario, sería por ello menos válido?. La supervivencia sería la primera, y nada desdeñable, consecuencia. Sobrevivir es dejar abierta la posibilidad de signos. Intercambio con el mundo. Movimiento tornasolado en suspenso. Por eso todo medio de conocimiento, toda revelación, es, al menos, doble, surtidores en los que la verdad y la mentira necesariamente se alternan para proteger el misterio y, con él, la vida, de ser engullidos hacia el fondo del abismo: el completo vacío. La no-existencia.

Vueltas y vueltas, endeble filosofía de domingo por la tarde, que salta a la postulación del significado como la base sin la cual el soldadito de juguete no se para. Me preguntaba recién por la validez de las hojas de parra de Adán y Eva, la manzana de Newton, el huevo de Colón, el capot del cielo nocturno, la piel de durazno del amor, todo a medio pelar, y la posibilidad de existir surgía como primera respuesta pero, claro, insuficiente. Es el significado el que genera la urdimbre que nos sostiene. ¿No es el significado la esencia de lo alcanzado, de lo revelado? Rosebud, para Charles Kane (la película de Orsen Wells: "Ciudadano Kane"); más actual: el caballito de madera que la Damita sostiene en sus manos al morir, en "El hombre bicentenario", film que acaban de repetir por enésima vez en el canal local y que acabo de ver, aburrido; la campanilla de viento con forma de sapo (también llamada sugestivamente "llamador de ángeles"), la primera cosa que me regalaste -dejaste el trabajo para ir a comprarla, saliste a la calle con el pintorcito de maestra jardinera, caminaste hasta el negocio más cercano, ni siquiera tuviste tiempo para envolverla- y que todavía está colgada, tercamente inmóvil, en la parte alta de mi ventana...

Mi ventana. A ella volvemos finalmente. De pequeños círculos, circunloquios, está hecha la vida. Como una espiral ascendente hacia esa compresión que se nos escapa de forma indefinida. ¡La rosa eterna de Dante! El divino florentino cegado de momento por la magnitud del centro del Empíreo y, al volver la cara, dándose por vencido ante la belleza del rostro de Beatriz, sin escapatoria, fulgor que termina por desfallecer su arte. ¿Y si los arduos y privativos pétalos vistos en ese sueño, despojados de sus requisitos inquisidores y demasiado humanos, comenzarán aquí mismo, bajo el barro de tus suelas? ¿Y qué si estás parado sobre los tules de tu único paraíso posible? De nuevo la voz de Rilke, esta vez susurrando perturbadora desde su epitafio: "Rosa, ¡oh contradicción pura, deleite / de ser el sueño de nadie / bajo tantos párpados!". Desde el blanco radiante -"blanco Ala"- del territorio de los ángeles a la hipnótica transparencia de la nada venimos a parar a la contundencia de lo cotidiano. Hilvanar, tensar y charán... en medio seguimos teniendo a mi ventana, que da justo al tanque. El tanque que no es otra cosa que un tanque, de agua, para más detalles. Y que unos obreros al intentar bajarlo desde el techo, faltando pocos metros, estrellaron contra el suelo, inutilizándolo para siempre. Una larga rajadura termina en un hueco en uno de sus costados, cerca de la base. Quedó allí abandonado, a la espera de que alguien se acerque con una maza, acabe de una vez con él y se lleve los pedazos. Golpe de gracia. Única forma de sacarlo.

Este tanque es el que yo veo todas las mañanas y tardes al cerrar y abrir mi ventana. Inservible, desahuciado antes de ser estrenado, ni siquiera puede contener el agua de las lluvias, sólo conserva restos de un salitre que dice sobre su estar a la intemperie y, creo yo, acaso dice también de la lágrima que derramó el obrero que lo llevaría a su casa como forma de pago y no pudo retenerlo, sus pies resbalaron en el barro, los músculos se extendieron al máximo bajo la camisa húmeda por el sudor, sus manos fueron vencidas por el peso, y no quedó más remedio que largarlo, faltando tan poco. Había pena, impotencia, derrota, en esos ojos intensos, del que brotó una sola lágrima que fue recorriendo el rostro en silencio, distanciándose de las arrugas y la transpiración.

Solitario y sin destino, el tanque de agua roto espera en el patio. A su alrededor, la lluvia que no puede encerrar hizo crecer la hierba y florecer a una de esas plantitas silvestres que nunca faltan. Todo cambia para todos, excepto para él, que ha perdido su próposito y no sabe donde esconder su incómoda y voluminosa presencia de círculo descompuesto. Estropeado.

Casualidad o alusión de un mundo que dice y no se calla. O será que el alma va amueblando el mundo, comunicándole sus estados, alma que también dice y no se calla, aún sin las palabras. Al final, todo es diálogo.

Hoy al mirarlo de nuevo me he dicho que necesito urgente algo que me distraiga. Y cerré la ventana, como cortando un vínculo. Mi padre afirmaba que sentía aversión por los escritores que se llenan de estrellas, lunas, mariposas y florcitas. No dijo nada de tanques rotos, aún de los amenazados por el acné de la prosopopeya, pero... Igual, mi primer poema, inspirado vaya a saber por qué libro de los primeros grados, y los dibujos de mi padre, que ilustraba libros de poetas, tenía de todo eso un poco y mereció su contento, y hasta un pequeño marco para la borroneada hoja de cuaderno. Distraerme. Y más tarde voy, y abro, y el tanque sigue ahí. Imperturbable. Inamovible. Sin que estalle en añicos su recipiente averiado. Sin que se cancele su círculo roto por restitución, destrucción, igualmente sanadoras. Como si a más de constituir una imposición o materialización hacia o desde mi estado, yo mismo fuera el fragmento que a cierta distancia lo mira, y que le falta.


Foto: J.M.


Adenda continua y larga: En la película "Samsara" (2001) se le presenta al protagonista principal, un joven monje hindú, un acertijo grabado en una roca en una encrucijada: "¿Cómo evitas que una gota de agua se evapore?". La respuesta la descubrirá años después, en el reverso de la piedra: "Dejándola caer en el mar". Tal vez por eso son necesarios los tanques rotos.

Y esto, a su vez, me remite a otra perla de consuelo de Oriente, que tiene eso de frágil, reposado, demasiado sencillo, que a veces se confunde con lo fútil en medio nuestras búsquedas desaforadas, y que tarde o temprano termina siendo innegable en su profundidad colmada de significados. No obstante, siempre será uno mismo, y sus variaciones, el que determinará su peso y significado. Un poema de Nazim Hikmet, tal vez el mayor poeta turco del siglo pasado, quien lejos de llevar una vida de parsimonia, fue perseguido y encarcelado en numerosas ocasiones por sus ideas políticas. Otro en lucha por sustraerse de lo hermético:

Sobre el mar, una nube abigarrada.
Por el mar, un navío de plata.
En el mar, un pez amarillo.
En el fondo del mar, algas azules.

Junto a la orilla
un hombre desnudo
inmóvil
reflexionaba:

¿Ser nube
o ser navío?

¿Ser pez
o ser alga?

No, mi muchacho;
lo que se necesita
es ser el mar
con su nube y su navío,
su pez y sus algas.

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Menuda tarea resumida en un poema puesto en una tarjeta artesanal que desde Córdoba me mandó una de mis hermanas hace ya mucho tiempo y que al fin encontré a fuerza de revolver por todas partes. Uno nunca sabe. Por eso, no tira nada. Ah, pero según esto, no debe olvidar tirarse.

Y me voy nomás a ver pasar el Dakar. Calzo gorrita, bermudas y ojotas y salgo a desafiar la brava siesta riojana, con más de 35 grados, cielo de nubes inanes y muy pocas chances de conseguir una sombra. A eso de las 14.00 comienzan a llegar a la ciudad por ruta 38, desde Córdoba, los primeros vehículos de la gran carrera mundial, que se corre por segunda vez consecutiva en la Argentina.

Debo decir que no es ninguna sorpresa encontrar que a esta hora ya hay mucha gente esperando a lo largo de varios kilómetros, sé que a gran parte de los riojanos las cosas relacionadas con "los fierros" -sobre todo si vienen de otro lado y prometen ser verdaderas "máquinas"- los atraen, que las siestas suelen ser aburridísimas en enero y el calor no permite escapes fáciles, y que no son pocos los acostumbrados a lidiar con el sol, remera sobre la cabeza y cuero suficientemente curtido. Hay grupos de hombres, mujeres y niños, familias completas, dispersas bajo cada pequeño trozo de sombra, los más aguerridos, sobre todo los jóvenes en reunión de amigos, prefieren, a la intemperie, pegarse al guardarrail que separa la ciclovía de la avenida Félix de Colina, camino previsto para las motos, quads, autos y camiones rumbo al autódromo de La Rioja siguiendo la avenida de Circunvalación, de frente a las formidables montañas del cordón del Velasco.

Al final, consigo ubicarme bajo un terebinto en ciernes, de los que están al costado, al lado de un puesto improvisado de venta de sandwichs de milanesa. Ah, detalle importante: providencialmente antes de llegar me encuentro una revista que al principio levanto por la papiromanía que no me abandona, pero luego pienso que puede resultarme útil por si la gorrita no alcanza, luego comprendo que su razón de ser en el mundo es proteger mi trasero al sentarme entre las hojas secas y ramitas acumuladas bajo el amigable arbolito. Así acomodado, no tengo que aguardar mucho para que a los bocinazos se anuncie un camión de gran porte, robusto, atlético (nada que ver con los rechonchos y humeantes a los que estamos acostumbrados), plagado de coloridos stickers y cargando, como si no lo afectara en nada, un juego de enormes gomas de repuesto. Los camiones del Dakar son algo así como los "Mister Increíble" de los camiones.

Sin abandonar mi pedazo de sombra conquistado, veo como muchos sí dejan sus refugios para acercarse entusiasmados a la vera de la ruta y saludar con chiflidos y los brazos en alto a los pilotos, sean de donde sean. Algunos lo hacen cubiertos bajo las sombrillas, toallas o cartones que han traído. Como para que los foráneos se den una idea de que el sol de La Rioja no es chiste. Aunque quien sabe, estos tipos vienen de recorrer año tras año verdaderos lugares inhóspitos, y precisamente desde aquí se dirigen al desierto de Atacama, considerado el más árido del planeta. De forma que creo que les parecerá simpático nomás y muy diferente a los climas benignos de otras ciudades que acaban de dejar atrás, mientras agitan mecánicamente la mano en gesto de saludo y sonríen dentro de las cabinas de los camiones o autos.

Los conductores de motos, en cambio, generan el comentario inverso en los espectadores: "¿no les hace calor bajo esos cascos y trajes tan cubiertos?" "No, qué va, están hechos de materiales especiales y hasta tienen una pequeña mochila en la que llevan agua refrigerada, que pueden consumir por medio de un conducto que va directo a la boca" -le explica didácticamente un padre en short cuadrillé a su hija ya mayor, con anteojos y en calzas, a la que no le queda otra que hacerse la sorprendida ante tamaño descubrimiento: "¿En serio? No me digas...". Es como cuando el "Mellizo" Palacios nos vino con el cuento a los demás chicos de la cuadra de que los mormones usaban calzoncillos súper elásticos para evitar erecciones (no estaba bien informado el "Mellizo", aunque tenía una punta). Yo creo que lo que dice este buen hombre resulta más verosímil, sobre todo después de enterarme que algunos pilotos, para no perder tiempo en la carrera, utilizan pañales o trajes "antiurinarios" que despiden un refrescante olor a menta.

Van pasando de a poco, con intervalos de unos diez minutos, unos cuantos camiones más, motos y autos, mezclados con vehículos de la organización. No llevan gran velocidad porque el tramo que comprende a La Rioja es solamente de enlace, es decir, sin competencia. Por eso las calles siguen abiertas al tránsito de los rodados particulares y los colectivos de pasajeros que van y vienen desde la Terminal; todos atraviesan cientos de miradas ansiosas porque pasen rápido, a menos que lleven un número. Para llenar el hueco, no faltan los momentos hilarantes: 1) Un grupo de ciclistas veteranos, bastante agotados dentro de los ajustadísimos maillots y calzas, desfila por la avenida, cumpliendo su rutina de los domingos. Espontáneamente, su esforzado pedeleo recibe los vítores de unos jóvenes que los ven pasar: "Estos son los ciclistas del Dakar. ¿O no sabían que en el Dakar también corren ciclistas?" Me hacen reír aunque no quiera al imaginarme a estos hombres intentando avanzar por cualquier desierto con sus bicis. 2) Bocinazos, aplausos, algarabía, niños y adultos bajo los árboles reconocen la señal y rápido se abalanzan sobre el guardarraid, dejando las botellas con hielo y las ojotas entre las plantas: "Ahí viene otro". Sí, viene otro, bastante distinto a lo esperado: una estanciera hecha pelota que no esperó nunca encontrarse con tantos admiradores y aprovecha su momento de gloria antes de desarmarse. Entre explosiones del caño de escape y una puerta a punto de caerse, el también desdentado dueño sonríe y saluda tocando una bocina juvenil, discordante y disparatada. Primero quieren mandarlo al carajo, luego le celebran la improvisada payasada, hace mucho calor y no aparecen tan seguido los competidores. Esto amenaza con derivar a un desfile de carrozas carnavalescas, buscándole la vuelta de rídiculo a cualquiera que pase. 3) Como estoy solo, la imaginación se potencia y me pongo a inventar una broma absurda para mí mismo: pienso qué bueno estaría aparecerme por la avenida con mi motoneta Mondial amarilla, ponerme el caso de Meteoro, varios carteles con el número -00 y con la leyenda "Cacar"... Esta fantasiosa suspensión de mi arraigada tímidez, pero confirmación de que mi estupidez sigue alerta, no dura más de un minuto, acaso la rubia y los chicos, de estar conmigo, se reirían (en el más que improbable caso que llevara a cabo semejante hazaña) y me pongo a pensar si no fue la rubia la que el verano pasado acuñó la palabra "Cacar" entre nosotros, y si no lo hizo, debería, resultaría muy típico de ella. Pero ni la rubia ni los chicos están ahora conmigo y no es muy conveniente andar sonriéndose solo. Me digo que ya vi las motos, los camiones y los autos, apenas pase el primer cuatriciclo me vuelvo para casa. Es que con el segundo puesto alcanzado por Patronelli en 2009, es en esta categoría que Argentina tiene puesta toda la esperanza.

Algunos ya optan por marcharse, de seguro están desde el mediodía. Dicen que subirán más arriba, hacia La Quebrada, donde hay más sombra y corre brisa fresca. Otros quedan en encontrarse por la noche, para acercarse hasta el autódromo: "no te olvides de llevar la nevera". Escasean las bebidas. Y los helados: "lloren, chicos, lloren, que se acaban los helados", grita un hombre flaco, brillante de sudor, el rostro ardido bajo la gorrita blanca, mientras se pasea sobre una moto abrazado a una conservadora. Dos hombres mayores que de seguro se tomaron sus buenos vinos antes de venir toman esta vez, ante la incomodidad y la inmovilidad reinantes, una resolución a unos pasos de donde estoy: "Ma que camione, ni camione, vamo a ver mujeres", y, satisfechos por la sabia revelación, salen a recorrer la zona buscando bajo el clima bochornoso un objetivo digno de atención.

Los reemplazan una familia digna de Botero que se ubica justo en frente de donde estoy, tapándome la mitad de la vista. Comienzo a indignarme, pero no quiero. También recuerdo que tendría que haber traído la cámara, un cronista hace eso, agarra antes que nada su cámara, pero se me ocurre recién cuando adquiero conciencia que los medios locales que están cubriendo la llegada recién van a publicar mañana sus coberturas sobre el tema. Internet da la posibilidad de salir antes, para unos pocos, pero antes. En lugar de eso, la mayor parte del tiempo estuve echando de menos a los chicos para compartir esto, el repetido y sordo lamento de no tener hijos propios, y de que no me sea ya fácil el contacto con ésos que la vida me puso en el trayecto. En fin: no permitir que todo se tiña de melancolía.

El hombre gordo de camisa rosa decide alejar su humanidad de mi entorno inmediato, devolverme la mitad del paisaje, y se aventura hasta el borde de la ruta luego de saludar al de los pantalones cortos a cuadrillé, llegó un poco tarde y quiere ver de cerca las máquinas. Su esposa le advierte que se quede bajo el árbol (mi árbol), no hace caso. El hombre su ubica a unos metros de unos jóvenes que tampoco hacen caso de las reiteradas indicaciones del gerdarme para que no pasen la valla, locos por sacar fotos con los celulares. Ayer uno de los coches de despistó y atropelló a cinco personas, una falleció. Por acá no pasan a grandes velocidades, pero que ganas de romper las normas. Cada vez que el gendarme se da vuelta, los muchachos vuelven a pararse sobre la ruta. Esa obsesión por la desobediencia idiota que más de una vez acaba en tragedia. Madre e hija miran a papá Botero dar muestras de interés real, casi de un arranque de pasión, acaso inusual, esporádico. La chica, de unos veinte años, tiene una cámara profesional, muy cara, en la mano. Mamá se da cuenta que papá mueve los pies impaciente cada vez que pasa uno de los del Dakar, casi da pequeños saltos agarrado al guardarrail. Rápida de reflejos, igual que hicieron y aún harán muchas otras mujeres a lo largo de esta ruta, le dice a su hija: "Anda, anda, ponete al lado, saca las fotos..." Pero la chica va, prepara la cámara y no pasa ningún corredor, regresa a la sombra y ahí van, uno tras otro, papá vuelve a hacer sus pasitos de baile, mamá reitera su exhortación, y la hija de nuevo alista la cámara mientras avanza entre los yuyos con pasos resignados y torpes.

Otro impasse prolongado y de los cuatriciclos nada. Miro a mi costado la pila de sandwichs de milanesa que una pareja de jóvenes ha comenzado a desmontar sobre la mesa para guardar en la conservadora. Tienen un bebé en un cochecito. A pesar de que el muchacho anduvo de acá para allá llevando algunos de los sandwichs en bandeja para ofrecerlos, no consiguió vender nada. "Todos se vinieron con algo para comer o no tienen hambre", le dice, levantando los hombros, a su mujer, delgada y de mirada absorta. Tal vez lo planificaron como un buen negocio, vaya a saber cuánto de lo poco que tenían invirtieron, pero no contaron con el tremendo calor, que le daría a la gente más sed que hambre. No fueron pocos lo que en ese tiempo se acercaron para pedirles bebidas frescas que no tenían. Uno que cruzado de brazos también los estuvo mirando les dijo la justa momentos antes que decidieran guardar todo: "también vos, maestro, la hubieras hecho completa, si traías pa tomar, sabés cómo vendías la milanesa."

Me duele el traste. La revistita ya no surte ningún efecto. Decido pararme y comenzar la retirada. Dejo mi preciado lugar bajo el terebinto para alguno de los muchos que están todavía llegando. Camino un par de cuadras bajo el potente sol alejándome del Dakar y sus satélites, cubriéndome lo más que puedo la cara y los brazos. Desde una esquina, a unos cien metros, puede verse de espaldas una verdadera multitud que se ha juntado en la intersección de las avenidas, donde está el monumento a uno de los caudillos más queridos de La Rioja, el "Chacho", con la pintura de la bandera de la provincia. El lugar perfecto para una foto, pienso. Pero listo por hoy. De pronto, otra vez las corridas, la gendarmería se extiende intentando contener a la gente, gritos, silbidos y aplausos. Los espectadores abren paso mientras estiran demandantes los brazos. Alargo el cuello, fuerzo la mirada. Sí. En este momento, señores, llega el primer cuatriciclo a suelo riojano.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Caminábamos de nuevo esas dos cuadras que tantas veces durante este último tiempo nos llevaron y trajeron -y cuando digo esto no importa tanto la calle, ni de dónde hasta dónde, ni cómo lo hacíamos, ni el tiempo o las veces, sino ese "nos" que ahora elijo para resumir tu ser y el mío entrelazados, nuestras vidas tocándose, ese todo que las palabras se entretienen nombrando pero que no alcanzan, nunca alcanzan a expresar definitivamente, ni menos a contener por completo en sus brazos, evitando que se deslice una parte esencial contra el suelo-, caminábamos los que fuimos y los que somos, una vez más juntos, dándole salida a la breve visita sobre la que se cerraría en minutos más el abismo y el claroscuro de nuestras parcelas distantes.

Es increíble lo mucho que uno aprende en la distancia sobre la distancia, comprende que no es una ni simple, que se instala cada vez que puede y se hace flexible, se contorsiona hasta el rídiculo, viralmente, se desarrolla a partir de un fragmento y desperezándose lo invade todo, hinchándose como un globo, o se vuelve pequeña, sutil, latente, en un costado desapercibido. De tanto mirar a lo oscuro uno alcanza a vislumbrar sus contornos, sus relámpagos, sus movimientos, su transcurso también atravesado. Entonces parece un milagro que dos personas puedan mantener a raya a fuerzas tan poderosas y que, a veces, baste tan poco -en apariencia tan poco- para desplazarlas y generar un encuentro rotundo.

Por el contrario, ocurre que son más las ocasiones en que dejamos de ser uno y simple, nos instalamos a la par como podemos y nos hacemos flexibles, nos contorsionamos hasta el rídiculo, viralmente, nos desarrollamos sólo a partir de fragmentos y al estirarnos esos fragmentos lo invaden todo, hinchándonos como globos, o nos hacemos pequeños, una línea sutil y latente para tocar al otro, en un costado invisible. Es decir, para vencer la distancia, nos volvemos la distancia misma y extendemos sobre su lomo sombrío el blanco mantel de nuestra ceguera. Porque nos toca, o lo elegimos, somos encuentros distantes.

Hablábamos de cualquier cosa esa tarde, acaba de llover y me acompañabas a tomar el colectivo, que me devolvería a mi soledad empecinada, inútilmente resistida, y a vos te permitiría retomar los diálogos en los escalones de tu vida en movimiento en torno a la sugestiva chispa encendida por otros. Mis ganas de mostrarme entero me hacían demasiado circunspecto. Tus defensas alertas sólo dejaban caer telones, como si te antepusieras a vos misma para sustraerme y convencerte.

Alcancé a decir: Estás hermosa.
Alcanzaste a decir: Te extraño.

Palabras que quedaron suspendidas entre lo que fuimos y somos. El fugaz y discreto escamoteo a lo que nunca diremos, al silencio sobre la voz enérgica, enloquecida, concluyente, verdadera con la que habla un amor que se abandona herido de muerte. Ninguno quiso abrir los labios y el pecho a la agonía. No percibíamos caricias, ni aromas, ni interrogantes, sólo confirmaciones desde naves que se desprendieron del muelle, sólo adioses insalvables en cada gesto, la obligación previa a la descomposición de lo que la vida simplemente descarta, ni siquiera la amargura, así de absurdo e insípido debe ser el mundo sin ilusiones. Te saqué la última vuelta por compromiso y quedamos más lejos que antes. Sirvió, al menos, para saber que no me lees, no tienes tiempo. Que te parece bien que haya vuelto a los estudios, así podré darme el gusto de ignorarte cuando me reciba.

Ya éramos, ya somos encuentro distante. Frases sin sentido, tijeretazos. "Nos" dividido en un desgarro extrañamente sin estrépito, pero irrevocable; sin que el mundo se ponga de cabeza y el lugar por el que caminábamos deje de ser un espacio de fundaciones. Sí, de fundaciones, quizás por eso sea insobornable para el olvido, su estreno siempre al descubierto entre el sopor de las sábanas que la piedad o la supervivencia arrojan sobre todo lo demás, hacia donde el alma levanta la cabeza y estira los brazos al mínimo descuido de la compostura y el cansancio porque plantó un sueño por bandera que jamás se realizará, por tanto, envejeceremos, y no envejecerá; moriremos, y perdurará inconcluso.

Miré los alambrados, las casas nuevas recién habitadas, los árboles que plantamos aún lejos de dar sombra, y ahí nomás, los terrenos baldíos, la precariedad que no deja nunca, por más bloques y años que se interpongan, a los hogares más pobres, las calles de tierra muy cerca del asfalto, las cuadras donde todo termina, la continuación que se adivina un poco más allá de todo. La aparición del colectivo doblando la esquina tras una corta espera no deja de ser algo extraordinario.

Antes dijiste: Hacíamos una linda pareja.
Respondí casi sin mirarte (¡cómo mirarte!): Así es la vida.

Y nos despedimos. No sé si eran lágrimas las que alcancé a ver en tus ojos tras los cristales sucios del coche. Yo dije adiós desde arriba con una sonrisa porque esa visita no pretendía mostrarte dolores, y la verdad ya ni sé que pretendía mostrarte o si había algo para mostrarte en esas dos cuadras que hicimos hablando de cualquier cosa y de nada.

Lo cierto es que volví a casa con tantísimas ganas de refutarte y me puse a escribir todo esto. ¡Cómo que hacíamos una linda pareja! Nuestro amor, nuestro amor sobre el que se inclinaban cielo y tierra para mirarnos, nuestro amor envidia de la serpiente y enemigo del alacrán, nuestro amor escritura indescifrable para la desesperanza y la derrota, nuestro amor que unió las puntas del vacío tejiendo sueños sobre los que sostener la sonrisa y la mirada, nuestro amor huella limpia que desorientó a la muerte, nuestro amor que iluminó habitaciones contra dolor y soledad, con una luz extendida hasta lo más remoto y guardado, nuestro amor creador de suaves placeres y vertiginosos éxtasis, que hizo de cada espacio reducido un infinito, nuestro amor asaltante de la confianza que nos robaron, nuestro amor refugio de la inocencia, nuestro amor simiente inexpugnable, carcajada de Dios, equilibrista osado envuelto en magias, legado bondadoso de quienes más nos quisieron, reflejo imborrable de fe para quienes más quisimos, reconstituyente de historias y alas...

Nuestro amor, nuestro grande amor, leyenda que ahora no me creerías si te contara.

No te dije, hace unos meses, aparecieron destrozadas las imágenes que estaban en la capilla ubicada en la cima del cerro donde decías que en secreto te casaste conmigo para siempre.

Y yo este verano no subiré a escondidas las escalinatas que llevan al campanario de la iglesia de San Antonio, en tu pueblo, para encontrarme con tu infancia, tu adolescencia, tu juventud, y prometerles que no te dejaría ir de nuevo.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

El granizo derribó ramas y hojas, traspasó los desagües de plástico, violentó la puerta de chapa y las ventanas, acribilló el nailon y lo que hubiera quedado olvidado en el patio; en medio, el viento, unánime en su corpulencia, lo zamarreó todo en una búsqueda frenética y el agua bloqueó las salidas, liberó las calles, puso un precinto a cualquier reacción y la hizo dar vueltas, desorientándola.

Violento atraco de la naturaleza, la tormenta rindió a la ciudad en minutos y aisló más esta casa en la que yo iba y venía desde la habitación a la puerta, desasosegado.

No me engaño, te sé fuerte, resuelta, sé que enseguida te habras organizado, que la lluvia te habra dado en la cara poniéndolo todo a salvo, pero que no te alcanzaron las piedras. Que los postes, si tienen caer, caen a un lado, sin rozar nada de lo tuyo. Que las aguas no cuentan con el trébol de cuatro hojas que protege tu puerta, tus brazos, tus piernas. Que la energía va y vuelve, los cables se desbaratan en la noche, y permanecen tus ojos, tu voz, tus lazos. Lo sé, no me engaño.

Aquí las copas de las moreras quedaron ralas, sepultados los geranios, no habrá mandarinas en unos meses: verdes miniaturas, adornan ahora la mesa. Gotea el desagüe roto sobre mi cabeza en la mañana, voy hasta una silla blanca que quedó como un gruyer y compruebo que su diseño retocado aún me soporta. Abro el diario: pérdidas totales para la cosecha. Estoy exhausto. Alguien más restituye las cosas a mi alrededor, descarta lo roto, despeja el camino, agrupa las hojas increíblemente muertas.

¿Habrá alcanzado para que los palos borrachos que plantamos salven la vida, para que los brotes que esperanzados les provocamos no fueran mutilados, para que su flor y su sombra sigan pendientes? ¿Acaso lo olvidaste? Yo no.


Fotografía: Abel Sberna - Título: "A la sombra de un palo borracho" - Fuente: Internet



"Todo es mentira"

Todo

Menos mi aroma sobre tu aroma



Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet



Sobraba el espacio.

De pronto, estaba de nuevo entre las verdes paredes de la casa; todo era verde.

Verde tu mirada.

Me mostrabas como se habían extendido los lugares en mi ausencia.


Silencio. Apenas si me hablabas, las voces de tus hijos nos cruzaban. Salimos a caminar para poder decirnos, sin máscaras.

Esa costumbre de poner mi mano en tu cintura. No podía ver mi propio rostro, pero sonreía, anchamente.

No sé si fue por la sorpresa en tus ojos, o porque el tiempo se actualizó de pronto; las dos cosas, causa y efecto recíprocos: retiré mi mano, mantuve la distancia.

Tomabas mi mano, para decirme razones que no podía entender, escuchar. Soltaba tu mano. La volvías a tomar. La misma mano que sostenía lo mismo. Los labios se me plegaban irremediablemente, sin palabras.

Se me desarmó la sonrisa.

Aparecía de nuevo entre las paredes verdes, descalzo, sin vos, queriendo estar con vos. Pero me esperabas en la puerta con el más chiquito, y yo no encontraba las alpargatas.

Cuando las encontré, estaban rotas.

Te ibas. Otra vez no entendía lo que tu voz decía. Pero sí tu mirada dura, la arruga en tu frente.

Tenía que irme, solo o contigo, qué sentido permanecer en el verde, seguir ahí cuando volvieras. Y sin embargo... por fin había regresado, llegado.

No quise despertarme, no hasta resolver lo de mis alpargatas, alcanzarte, ver como me iba con vos, o salir y cerrar a fin de cuentas la puerta.

No quise despertarme, pero lo hice. Media hora desde que me dormí.

Sucede de vez en cuando, entre días que se apilan indiferentes, desplazados a un costado, depósito de quietud y polvo.

Sucede. Grietas del sueño por las que mi alma respira. Un día entre tantos que la lágrima densa limpia en su trayecto hacia las sábanas, limpiándome.

Tengo tu nombre de nuevo en mis labios.

Y el dolor de nuevo conmigo. Fuego vivo. Quemadura viva.

Deambulo al atardecer pensando que tal vez, si acaso hubieras comprendido, si hubieras medido el espesor de mi soledad, las aristas de mi alma, el remoto antecedente de mi voz, la profundidad desvelada de mis sueños...



Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Un coyuyo murió esta tarde luego de ser sorpresivamente atacado por un gorrión en las afueras de la ciudad, el cual sólo vio en él un suculento alimento.

El hecho, que aún no mereció la atención de las autoridades policiales locales, ocurrió en un campo que bordea una de las rutas de acceso, bajo el tórrido sol de la siesta riojana, a pocos metros de un sobrio algarrobo y sobre un pequeño montículo de polvo que sobresale entre las matas espinosas del lugar. Con ligeros picotazos, uno tras otro, en un par de minutos el depredador dejó inerte a su víctima, lo que le permitió atravesarla para poder levantarla en el pico y escapar volando raudamente, evitando tener que dar explicaciones ante la conmoción de los circunstanciales testigos y la codiciosa mirada de sus congéneres, que ya se aprestaban a disputarle la presa.

El crimen (en la acepción llana que refiere a la acción que ocasiona un daño a algo o alguien, ya que bibliotecas y foros disputan acerca de la imputabilidad de este tipo de incidentes) fue advertido debido a la decidida resistencia que mostró el insecto a pesar de la evidente desventaja en la que se encontraba una vez arrancado de las ramas, desbaratado el sutil camuflaje (única defensa de la que fue dotada la especie llegada a la edad adulta) y arrojado al suelo, puesto de espaldas, la barriga al descubierto. A pesar de contar con aguerridas patas, éstas resultan inútiles para detener las pinzas rígidas y en punta con las que se abalanzan pájaros como los gorriones, que suman a esta característica generalizada la de poseer una actitud audaz, obstinada, astuta, producto de su ancestral permanencia en las ciudades, verdaderos piratas del asfalto, niños terribles, "barrita" de la siesta, negación de las mascotas, únicamente domesticables para la travesura urbana, de la que son emblema.

Sin embargo, la oposición del coyuyo al incontenible ataque y su fatal desenlance revertió de algún modo su derrota y, de los dos contendientes, lo hizo simbólicamente el más grande, le otorgó una victoria moral sobre las impasibles leyes naturales de la cadena alimentaria. Es que en ningún momento, hasta la estocada final, y a pesar de recibir un picotazo tras otro, el hermano mayor de las chicharras, este pequeño monstruo verdinegro de ojos grandes y separados, recubierto por alas transparentes, largas y venosas -casi como dos hojas petrificadas que, secas durante tantísimos años, se volvieron translúcidas, vidriosas, inflexibles-, dejó de emitir su canto peculiar, ése que por estos lares acompaña la ansiada llegada de las fiestas navideñas y le pone un toque de nostalgia a la despedida de otro año que se va.

Quienes pudieron presenciar la desigual contienda aseguraron al cronista que mientras el pájaro bajaba con violencia su cabeza, el coyuyo parecía gritarle a la cara, no con la desesperación típica del que busca escabullirse por escándalo de una muerte segura, sino como aquel que parte como vino, que aprovecha hasta el último segundo para explotar o sostener su don y blandir su condena, parejito porque no puede ser otro y, en este caso, no sabe otra cosa que cantar. Gritar o cantar con todo el ser de cara a la muerte tiene su mérito, al menos, nos otorga un final honroso, un nocaut digno, la belleza valiente y gratuita que encierra la gestación de un fugaz presente surcando la voracidad descomunal del caos y su trasfondo: el completo vacío.

Gritar o cantar puteadas o melodías al enfrentar lo que atenaza y corta, sea uno coyuyo o Beethoven; sumar aunque sea un segundo a esa eternidad que se prolonga hendiendo el rostro imperturbable, única eternidad posible constantemente en puja, constituída por múltiples fragmentos en mosaico sobre la nada. Acaso nos engañamos, acaso ni lo pensamos, pero vivimos para hablarle, gesticularle a ese rostro, más allá de que exista o no la esperanza de que alguna vez entienda y, en el más leve movimiento, un haz de revoluciones transforme amplias regiones, todo, en vida. Allí la extensión íntegra de nuestro infierno, purgatorio y paraíso. Y el lugar que nos toca.

Cantó el insecto de forma cada vez más tenue y ronca, ante el movimiento de cabeza aleccionador de las hormigas y la violencia acelerada del ave, que quería irse de ahí cuanto antes. Cuando todo terminó, y el gorrión levantó vuelo con su bocado (la pelea fue entre dos machos, uno que cantaba para atraer a su hembra e iniciar un nuevo ciclo en los algarrobos reverdecidos por las raras lluvias de los últimos días; otro que volvía a su nido con el arduo alimento que exigen sus crías, que seguirán poblando lo humano a vuelos rasantes y pequeños saltos, cumpliendo o simulando cumplir aquella antigua misión que se les encomendó al ser introducidos en las ciudades de América: controlar las plagas), hubo unos largos segundos de silencio en el terreno. Y de pronto, desde distintos puntos, multiplicado entre las ramas y hojas de los árboles, al unísono y escondido en el calor de la siesta, volvió a estallar el canto de los coyuyos. El canto de muchos, más alto, firme y renovado. Una despedida. Una protesta. Una afirmación irrebatible. Como impulsados a volver en sí con un chasquido de dedos, según afirmaron, los testigos consultados siguieron caminando y abandonaron el escenario donde se produjo el suceso.

Fuentes cercanas al gremio de los coyuyos sostuvieron ante este medio que en los próximos días analizarán la situación y podrían adoptar medidas de fuerza para repudiar la muerte del brioso compañero y exigir una tregua a los aprovechados gorriones. Destacaron que es tiempo de fiestas y que ellos son componentes esenciales, aunque algo olvidados -como muchos otros ritos y tradiciones-, del espíritu navideño regional (si bien reconocieron que su canto tiene como principal propósito ganarse a las hembras, quien no). De no llegar a un acuerdo que les garantice cierta protección, el gremio de estos insectos incluido dentro de la federación general de las cigarras amenaza con no volver por estos lados, haciendo cesar un aspecto pintoresco de la Navidad riojana.

"Si bien ahora mucho no se nos escucha, por tener todos la cabeza y el bolsillo con el aguinaldo metidos en el comercio y el consumismo, ya se notará nuestra ausencia, con silencio total al amanecer y por la tarde", advirtió un delegado. No obstante, no faltan quienes relativizan esta especie de ultimátum, dicen que es cosa de niños creer que los coyuyos llegan para las fiestas y después se van para otra parte, regresando recién al año siguiente, como si fueran convocados para esta ocasión especial. En realidad -afirman- los coyuyos jamás se van, los huevos quedan en la corteza de los árboles, luego caen en estado de ninfas al suelo y cavan hasta las raíces; allí pasan años, hasta volver más grandes a la superficie para la última metamorfosis: al dejar su rudo cuerpo anterior, jóvenes y esbeltos cuentan ahora con sus alas, todavía tenuemente verdes y blandas. Comienza entonces el verano, el canto, el apareamiento, las borracheras de savia,... y sí, la muerte. Pero los coyuyos siempre están. Son parte indivisible del árbol, desde la raíz a la copa.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Puede que ya no vengas, ni que yo pueda acercarme. Puede que no te guste lo que digo, y que yo no pueda decirlo sin tristeza, ni chocar contra tu muro sin lágrimas. Puede que este camino tenga una sola dirección: perdernos en forma definitiva. Puede que me suene a mentira tu modo de plantearlo, que no crea una palabra de tu síntesis acerca de lo malo de estar juntos, acerca de la ventura que me merezco y que me está esperando. Que me vengas a decir que nos hacíamos daño, como si pudieras levantar un mundo con la punta de un dedo y arrojarlo a un lado. Como se mata a una mosca que molesta. Como si me señalaras caminos a los lados y no el que tengo justo en frente y que miro desde la detención de mi historia. Son tus caminos, ándalos, recorrelos desde tus propios deseos, expectativas, elecciones. Yo me quedo. Veré cómo continuar desde aquí sin abandonarme a mí mismo, ni abandonar lo que fuimos. Porque eso sí no lo merece. Los recuerdos y el vacío en torno a ellos, y lo que a partir de ellos crezca y cubra el vacío, me harán entero. Posibilitarán un nuevo paso desde mi ser completo.

Puede que la verdad, sin su traje de diplomacia, sea mucho más cruel de lo que dibujamos para nosotros mismos y para otros. Puede que varíe el relato, sus interpretaciones, las posturas en el cuadro interno y externo. Yo sé que elegiste estar bien, y no te culpo, pero antes elegiste estar mal conmigo, y tampoco te culpo. Suenas tanto a mí en otro tiempo con tus excusas, con tus alargues, con tu lástima, con tus te quiero mucho haciendo la módica diferencia con el te amo, dame tiempo, necesito salir de esto. No me engañas, yo también rompí lazos donde sólo veía ataduras y procuré no romperle el alma a nadie. Pero olvidas un punto: no te he pedido que regreses, no te he rogado que te quedes, descarte cualquier reproche y el intento de convencerte de segundas oportunidades, no te he dicho te amo, sigamos intentando, se puede. Y no por falta de palabras. Ni siquiera he concluido que no lo entiendo. Ni siquiera te espero. Es decir, ¿comprendes?, sé que lo nuestro se ha terminado. No lo quieres. Ni yo lo quiero. No podría quererlo como fue, ni darle un modo nuevo.

Me deslizo por donde me deshice, eso te confunde. Te preocupa mi drama. Te preguntas porque dejo que el dolor me traspase, como una fiebre, como agua espesa tras los cristales, como choque brutal, rojo sangre, negrura, finalmente manantial. Por qué decidí enfrentarlo, aguantar la embestida, no salirme a un lado de la carretera a tiempo. Por qué lo sostengo cuando ya todos se fueron y sólo quedan las heridas y la penumbra. Te preguntas si podré resistirlo. Por qué no bebo del olvido, de las oportunidades, tal vez del odio, o del rechazo. Cualquier cosa, no esa luz filosa a la que me abrazo. Nada te pido. Ni siquiera que me ayudes a no soltarlo. Nada te pido, aunque sientas como cuesta dominarlo, silenciar su grito desesperado.

Nada te pido, o mejor dicho, sólo dos cosas no quiero: ni tu mentira, ni tu lástima. Y déjame el resto. ¿Has sido fiel a eso? Puedes estar tranquila. Al menos, reserva para mí esas dos lealtades. Da la vuelta si te hace mal verme, no me escuches ni me leas si necesitas cerrarlo como quien entierra un pájaro y luego da fuertes pisotones sobre la tierra sin seña. Nunca pude, ¿te conté? Soy de los buscan un lugar donde nadie pase, en lo posible entre las hojas, y miran por sobre el hombro por si espía un gato; soy de los que arman una pequeña cruz con dos palos y rezan una oración en silencio, signifique lo que signifique, la reciba quien la reciba. Soy de los que recuerdan.

Puede que ya no vengas, ni yo pueda acercarme. Puede que no te guste lo que digo, que te haga mal, que necesites pasar pronto de largo. Comprendo. Pero esta es mi oración. Esta es mi despedida. Esta mi forma de seguir andando. Drama, luz doliente o risueña, desesperada y esperanzada, que se recubre con la existencia completa, con nuestras huellas y formas multiplicadas, semilla impresa y alimentada en lo profundo, hasta que, con rostro verdadero, intocable, portentoso, divino, se levanta del barro.

No te quedes. Déjame aquí. Quiero ver como amanece frente al mismo camino. Dueño de mi historia. No estarás. Sólo conservo la semilla en mi mano. No me defenderé del desamor (¿Te esconderías ante el gran incendio, si las estrellas cayeran, si el mar se lo tragara todo?) pero con ella daré un golpe, certero, de muerte, al gran enemigo: tumba pisoteada, estéril, desamor sin amor, del olvido.


Fotografía: pertenece a Humbert Torroella - Título: Carretera - Fuente: Internet



La advertencia es clara, aunque me esfuerzo por hacer caso omiso: entre mi escritura y yo, o entre mis lecturas y yo, de tanto en tanto, muy seguido, aparece la cabeza de F., con una sonrisa amplia, apartando antes papeles y libros para recostarse en mi regazo y comenzar a exponerme la extensa cronología de sus viscisitudes, planes, deseos y sueños acumulados durante el día. Y los días de F. son largos, aunque uno se queda embobado observando las escenas que hace pasar en rápidos vagones de palabras, mientras se hace un bollito de pelo, se revienta un granito, o se toma de la punta de los pies como cuando tenía cinco años. F. tiene ahora diecinueve, descree de todo lo que no pueda definirse en un trazo, gráfico o una noche perfecta, y si dicen que yo tengo una linda sonrisa, ella tiene la sonrisa más hermosa del mundo.

O de pronto es P., con esos movimientos que aún no se ajustan a su cuerpo crecido de un salto, al igual que a sus trece años; con esa falta de mesura de sus miembros que contrasta con la suavidad interminable de la piel y los gestos de su cara de niña. P., que me interpone la enorme carpeta con sus trabajos de la escuela -figuras grandes, colores contrastantes, buen resumen de su ser concreto en el mundo- o que viene a "medir el afecto" que existe entre ella y yo (una cosa que inventamos) porque está segura de que si agarro los libros es porque estoy encabronado o resentido por algo. Y como no puedo esperar que me comprenda, o mejor, no me importa nada que me comprenda, me pongo a hacerle cosquillas o a dejar que me las haga. Siempre sale ganando.

O ya viene la Magui y (ojo, la Magui es una perra caniche que me recuerda mucho a un perro similar que tuve y al que amé hace muchos años) mete el hocico entre los libros y sin apartarme la mirada se recuesta en mi pecho exigiendo una caricia. Con la Magui no llegamos a tener un vínculo demasiado estrecho, repartida entre varios que se disputan su preferencia y en un mundo dominado por mujeres, creo que la tuvo clara desde el principio: cuidado con los hombres, nos quitan el lugar en la cama y dan extrañas órdenes, mezcla de alemán-riojano, cuando salimos más allá del alambrado. Y sin embargo, me esconde las hojas en las que escribo entre las patas o da vueltas riesgosamente ante la computadora, ídolo sagrado, para terminar depositando su invitación urgente: una pelotita llena de baba y barro. ¿Cómo hacerle llegar un reproche a su locura perruna: la lengua ansiosa y los ojos arrebatados por una sola obsesión, una alegría tan simple, fácil de complacer, una y otra vez?

O hace su ingreso L. Las cosas van mal allá fuera, siempre terminan en pelea, faltan reglas claras y la amistad es un sentimiento devaluado. Algo que a un líder de buen corazón como a él le cuesta aceptar. Con caminar pausado y las manos juntas, el montículo de partes regordetas que lo constituyen para acabar en la cumbre de su rostro hermoso, de hombrecito sabio, se dirige a la heladera y toma agua a grandes tragos. Como purificado, viene, se sienta al lado de donde leo o escribo, da un hondo suspiro, comprendo su desazón y no quiero que se sienta derrotado. Pongo una mano sobre el hombro del gigante-niño de diez años y me apresto a ser, del mejor modo posible, su amigo en esta tarde. Haremos una gomera y saldremos a medir nuestra puntería afuera, hablaremos de los juguetes a comprar apenas se pueda, o instalaremos un nuevo juego a la computadora. Y si el gigante sonríe, aunque no se haya escrito el cuento, todo está bien en el mundo.

Aparece la rubia, no mira muy amable. Ella está en el jardín sola afuera, yo debería estar cavando pozos, asegurando el alambrado, llevándole un mate mientras riega, o al menos viendo la forma de poner por fin en orden los números. En lugar de eso, me enredo en palabras aunque a veces esas palabras hablen del jardín, de la casa, de los árboles que plantamos, de lo mucho que la rubia me mete de sopetón en la vida alejándome del soñar despierto de mis juegos literarios o mi desenfrenada búsqueda en páginas ajenas. Y la amo también por eso, aunque me duela un poco y yo también me sienta a veces solo. Amo nuestras diferencias. Y me apasiona la practicidad que pone en todo, y todo le sale prolijito, y cómo de un par de zancadas o una sola mirada calcula lo que haga falta y, al mismo tiempo, me cuenta la historia de un mundo fantasmal paralelo, que ni siquiera yo miro, porque lo pienso y me estremezco. Como ella no vendrá, sino que hará sentir su distancia, soy esta vez yo el que deja papeles y libros y la sigue rogando a los Santos del Cielo que alumbren mi pensamiento y me hagan lo suficientemente hábil para no meter la pata, para que se note menos que apenas si manejo la moto y no entiendo nada de herramientas ni de financiamiento bancario.

Las noches que al abrir libros y computadora, al garabatear papeles bien tarde, ella no se inmutó, al contrario, me pidió que siguiera y que sólo la dejara dormir porque estaba agotada, y me despidió con una sonrisa lejana sin llamarme a su lado de la cama, esas noches -me jodí por ingenuo, por dar lugar a su cansancio y a mi avidez de palabras, pero también ya venía jodido de antes y qué podría haber hecho para evitarlo- su cuerpo y mi cuerpo dejaron de transmitirse el completo entendimiento en el silencio y el éxtasis final, inmóvil, alto; el te amo desprendido desde lo más directo, costoso, profundo; haciéndose leve, flotando en el placer, suspendido todo desencuentro en el encuentro remoto y nuevo, real y maravilloso, libre, irradiante y exacto. Esas noches de espaldas fueron un síntoma claro de que, terminada la leyenda, todo se estaba apagando. Aunque ella regresara con una sonrisa por la mañana.

Y hoy, solo, con F., con P., con L. y la rubia tan distantes de mis horas que no acaban nunca y componen el tiempo (el sudario) necesario para leer y escribir, rodeado de todos mis libros, la pantalla en un lugar privilegiado, interrumpido sólo a veces por la invasion de algún pariente que de soslayo viene a fijarse que no empuñe en mi contra ninguna palabra que pueda resultar demasiado filosa y punzante, que no se me ocurra hacer una soga con las hojas de los libros y pasármela al cuello, que no termine ahogando mi razón mientras navego en la computadora, irritado por sus miradas de guardianes preocupados (¿preocupados ahora, de qué, desde cuándo?) que acentúa más esta especie de vida carcelaria de la que no encuentro retorno, aún ahora la puerta se abre y por entre mis brazos rígidos, estirados sobre teclado, penetra la cabezota de una de las perras de la casa pidiéndome con movimientos una caricia y con los ojos, con los ojos pidiéndome algo, un mensaje familiar, repetido. A empujones consigo apartarla, sacarme de encima el encantamiento de su mirada en tierna llamada, amor puro, o compasión, ganas de romper mi soledad y hacerme compañia. Cosas que sólo los perros, los niños y la mujer que te ama saben, presienten antes que vos, y sobre vos mismo, que te pensás con las antenas más altas en contacto directo con excelsas claves, pero sin el menor secreto.

La advertencia es clara, aunque me esfuerzo por hacer caso omiso. Firme atadura a la vacuidad que antes se podía aflojar. Quien posee el secreto no necesita de claves. Me lo repito ahora. Ahora que acabo de procurarme sólo una nadería más.


Ecos: aquel poema de Borges que dice...

"Mis padres me engendraron
para el juego arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías".


Fotografía: autor desconocido - Escultura: autor desconocido - Fuente: Internet

Somos gatillos que la vida dispara en círculos unos contra otros, contra alguien o algo. Los enemigos siempre son el vacío y el daño. A veces se trata de una sucesión de ejecuciones por culpas reconocidas o no. A veces sólo el desenlace de un enfrentamiento que necesariamente debía darse. En este sentido, el disparo y la simultánea herida que así se producen, ambos perceptibles o no, conforman una especie de síntesis que repite el proceso hasta volverse irreductible. El resultado final es la desaparición del círculo, como una burbuja que, siendo perforada, viene a extinguirse, llenándose de nuevo el espacio que ocupaba por la sustancia entremezclada e ilimitada de la vida, que se libera así de nuestra mezquina, posesiva finitud.

Entre un disparo y otro puede pasar un minuto, un año, una década o aún más. No importa, tarde o temprano siempre te alcanza, con prescindencia de la edad que tengas, puede que seas demasiado joven o ya muy viejo. En tu lecho de muerte o justo después de mirarte al espejo como nunca te has mirado, ni volverás a mirarte. La trayectoria atraviesa el calendario.

Queda así establecida claramente la diferencia entre lo herido y lo dañado. Si herido no te mueres, tienes una segunda oportunidad, la de recomenzar desde la vida misma, esta vez desde una existencia auténtica, levantarte desde materiales nobles, extraños a tí mismo, eternos. Si desapareces, la vida te recubre, vuelves a la vida, en ella te disgregas, y allí todo termina. En cambio, lo dañado, encerrado en sí mismo, deviene en dañino. El daño es enemigo de la vida. Entonces, cercano a tu alma, con avisos o sin el crujido de una hoja, el percutor comienza su viaje hacia delante.

Conclusión: es preferible estar herido a andar dañado. La norma que nos permita la seguridad de estar a salvo, por el momento, nos resulta desconocida. Las razones, en tanto, a veces se nos hacen patentes, otras apenas podemos vislumbrarlas como a la piel camuflada en la espesura, son muchas más las ocasiones en que permanecen inescrutables. Lo único cierto es que la vida, belicosa y a la defensiva, siempre está disparando. Y somos, a la vez, el gatillo y la burbuja que se desangra y desinfla. Lo extinto y lo que renace. Lo trascendente y lo trascendido. La próxima víctima y el culpable señalado. Sin necesidad de verdugos, y con desdén por los cobardes; sólo la vida, sus quehaceres domésticos: su combate.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

"Nada termina sin romperse, porque todo es sin fin" (Antonio Porchia)

Vengo desde la profundidad del sueño sin saber de donde, sólo que a veces traigo las ganas suficientes y otras una tristeza que me explico irremediablemente pensándote, mirándome extraviado sin vos. Como si de pronto me hubiera recostado entre las rutinas compartidas, guardado la corbata y la camisa, dejado el plato y desprendido del cansancio, del ruido, de la desazón y las palabras apretando mi cuerpo a tu cuerpo en la cama; y viendo el vislumbre en tus ojos abiertos a medias encontrándome y la sonrisa de bienvenida como un parabrisas que todo lo limpia, me hubiera dormido abrazándote, llegado a la estrechez que hacía insignificantes los ángulos que arrinconan mi vida.

Y de pronto, la vuelta al mundo, no sé porque soplo, porque voz que me llama, porque minuto que pasa con un chasquido más alto que los otros, igual que los motores en la calle, porque intromisión de la vida de los demás que no puede sencillamente ignorarme, porque vuelta en el colchón, vengo a parar de nuevo en este cuarto solo, en esta cama que ocupo a medias, en este silencio que espera gestos, palabras e ideas que no tengo, en las que no creo, que me cansan.

Perplejo. Ni siquiera el recuerdo de lo soñado atraviesa intacto la negra pared de vacío que lo separa de la vigilia. Llega convertido en lamento, en ceniza, en frases sueltas y en punta como espinas, en llanto ahogado. O a veces ni eso queda. Sólo sombra hacia atrás, nada irreversible.

Quieto o en frenesí me parezco tanto al escabarajo que desde la noche viene a caer atontado sobre el teclado en el que escribo, atraído por la engañosa luz de la pantalla en la que hablo. Reconociendo los límites de este destino tramposo e inasible, como él mi esperanza retrae los inútiles ganchos de sus patas, cierro capa sobre capa mi coraza, mi mirada se vuelve indetectable, me someto a quedar aplastado, andar a los choques, o a que en un golpe de suerte la misma desorientación de mi vuelo pobre me arroje otra vez a la oscuridad del sueño. Aglomerado, expuesto, estremecido, a la espera.

Y pienso en vos, con ganas suficientes o sin ganas, pienso en vos desprendiendo de un mazo de razones las cartas necesarias para no salir perdiendo en este juego solitario. Para conservar la valentía que haga falta. Para darle forma a lo inexplicable sin tener que ir a hablarte, al menos mirar tu cara. Para asumir lo que provenga del amor que nos unió, sin mutilaciones. No sé si fuerzas para seguir viviendo, creo que sólo el derecho a un pedazo de historia, la historia de mi risa y de mis dolores, de mis manos llenas y vacías, de los caminos por los que me fui y de los caminos por los que regresé, de los rostros que besé y de los que me besaron, de la vida que ya no está conmigo.

De todos modos, entiendo más cuando al despertarme se cierra de inmediato la puerta del sueño a mis espaldas, sin dejarme un resto; entiendo más cuando con un esfuerzo sólo consigo penetrar hasta la mudez absoluta de una estancia desierta y en penumbras, sin el rastro intuido o buscado. Cuando ni rosas ni amatistas pasan de uno a otro lado. Entiendo porque entonces, de lo contrario, la desesperación de lograr asirse y develar la trampa sería insoportable.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Hubiera sido interesante ponerle un poco de suspenso a esta entrada y conseguir aquella parte del film Godzilla (1998) en el que un anciano pescador oriental, desde la cama de un hospital y a la luz de una vela, temblorosa como él mismo, el rostro desencajado por el terror, pronuncia ante las cámaras el nombre terrible de la bestia que ha quebrado como una juguete su barca en el mar; se atrave a decirlo con un susurro como quien teme que al nombrarlo definitivamente se instale en la cotidianeidad del mundo la oscura existencia de un ser fantástico y destructor, casi un demonio: "Godzilla, Godzilla", dice en una lengua extraña comunicando la novedad al pragmatismo que abre grandes los ojos frente a los televisores. Los mitos han regresado. Los Gigantes de la mitología griega, nacidos de la Tierra, vuelven desde sus entrañas a hacer saltar los mármoles de la parsimoniosa vida en el celestial Olimpo y arrinconar el capricho de los dioses a fuerza de apilar montañas. A falta de ese fragmento de la película, dejo aquí uno de la llegada del temible bicho a la ciudad de Nueva York, mientras el alcalde pregona una ciudad segura.



Lejos de ser un bicho, pero sí de tener un tamaño impactante que la hace temible para muchos y una tentación para la mayoría, parecida a un carnoso volcán, Eve es una modelo californiana -de origen australiano aclaran quienes desean hacerla más exótica todavía- que mide la friolera de 2,05 metros de altura, lo que la ubica según diversas publicaciones como la modelo más alta del mundo. Para más datos, esta encarnación a partir de las 24 costillas de Adán puestas en fila, fue bautizada "Babezilla", relacionándola con la leyenda japonesa del gigantesco lagarto mutante. Las dimensiones de esta "mujerona" (oye, chico) -y quizás un poco de barba, agrega un malicioso- la hubieran conducido derecho a las noticias sobre curiosidades que pululan en Internet y reemplazan a las ferias de rarezas y circos que antaño solían llegar a pueblos y ciudades.

Pero no, no olvidemos que la chica es modelo, así que ya podrán apreciar en la foto y el video que sigue que no se limita a ser grande, sino que a esto agrega curvas extensas y rectas kilométricas, aunque en los foros se discute sobre la belleza o no de su rostro y sus hombros, afirmando, además, ciertos opinólogos locales que por las arterias del Parque Industrial y la Ruta 5, después de las 10 de la noche, la vista choca con varios ejemplares parecidos, que entre luces y sombras, velos que descubren por aquí una amazona y al instante a un Conan el bárbaro, invitan a perderse en placeres prohibidos, guerrero entre guerreros. Va video de la "Babezilla" y juzguen por ustedes mismos, que ya tienen la suficiente edad como para elegir su propia aventura:



Cuando supe de la existencia de esta mujer extraordinaria lo primero que se me vino a la mente, aunque no parezca, no fueron la iguana emergiendo del mar, ni los Gigantes abriéndose paso de la profundidades y apedreándole el ranchito a Zeus y compañia, tampoco me remonté de inmediato al submundo nocturno de la zona roja ciudadana y sus quimeras desafiando el frío, el peligro y la indigencia, insertándose con fuerza en la realidad en un juego burlón y un corte de mangas contra la hipocresía. No, lo primero fue recordar uno de los poemas más sensuales que descubrí cuando era joven, mucho más joven, y en el que me llamó tanto la atención esa fusión entre la imaginación, la lejana fantasía, y el deseo más primordial, atávico y sexual; carne y nube, deslumbrante estiramiento que define a Charles Baudelaire.

La excepcional Eve que habita hoy en territorios de la fascinación por lo insólito del mundo digital, que se abre paso ante millones de ventanas luminosas tras las cuales los mirones juzgan "very hot", "aborrecible" y la mayoría -como pasa de continuo- lo reduce todo mentalmente a una cuestión de tamaño, propio y ajeno, es un viejo sueño de Baudelaire, ese poeta francés amante de las "flores malsanas" que habitó el París bohemio y decadente de mediados de 1800. París, ciudad mítica si las hay. El primero de los escritores malditos, imaginó a la Giganta y se imaginó junto a ella, en su lasciva nebulosa, en su fetichismo concreto, en su anhelo de tregua ante la infinita agonía. La "Babezilla" de esta actualidad de flashes y tecnología es producto de su pasado anhelo en calles húmedas, barrosas, mortecinas. Así describió Baudelaire a su legendaria "Giganta":

"En los tiempos en que la Naturaleza con su poderosa inspiración
concebía a diario hijos monstruosos,
me hubiera gustado vivir junto a una joven giganta,
como un gato voluptuoso a los pies de una reina.

Me hubiera gustado ver su cuerpo florecer con su alma
y crecer libremente entre sus terribles juegos;
adivinar si su corazón albergaba una lóbrega llama
en las húmedas nieblas que flotarían en sus ojos;

recorrer a placer sus magníficas formas;
trepar por la vertiente de sus rodillas enormes,
y, a veces, en verano, cuando los soles malsanos,

cansada la hicieran tenderse en medio de los campos,
dormir a pierna suelta a la sombra de sus senos,
como una aldea apacible al pie de una montaña".


(Traducción: E. López Castellón)

Me preguntó desde que mirador habría viajado la mente del hombre atormentado que rechazaba el vicio del aburrimiento como el demonio más malvado y feo ("convertiría con gusto a la tierra en un despojo y en un bostezo se tragaría al mundo") de leer en la crónica periodística detalles acerca de la sensual Eve como este: "según cuenta el responsable de la producción fotográfica 'tuvimos que hacerle el bikini a medida, pero mereció la pena'”. ¡Ah, abismal voyeur, dejarías tu cuerpo detenido donde fuera para trasladarte a reposar en la inmensidad gozosa con todos tus sentidos! "Hipócrita lector -mi semejante- mi hermano", saludas riendo y respondes desde la primera página de tu libro.

La aparición de esta giganta actual es, al fin y al cabo, una buena excusa para recordar a uno de mis poetas favoritos, aquel que me gustó apenas lo descubrí y todavía me sigue admirando. Su lectura es un viejo placer cuya característica principal para mí no es conservar la frescura -nada más alejado del sentimiento de "spleen" que expresan sus versos-, sino el vigor permanente, la experiencia del arrebato. No la frescura que perdura, sino la inmemorial concupiscencia transpuesta en poesía.

Les dejo otro poema, esta vez: "El gato"

"Ven a mí amante pecho, hermoso gato,
escondiendo las uñas de tus patas,
deja que pueda hundirme en tus pupilas
donde el metal se funde con el ágata.

Cuando acarician con fruición mis dedos
tu cabeza y tu lomo cimbriante,
y mi mano se embriaga de placer
al palpar todo tu cuerpo eléctrico,

me imagino estar viéndola. Sus ojos,
como los tuyos, bestezuela amable,
hieren hondos y fríos, como un dardo,

y de los pies a la cabeza, un aire,
muy sutil, un perfume peligroso,
flota en torno a su cuerpo moreno".


Ahora no hay más que hacer silencio, y esperar a que una mujer felina, de ojos profundos y perfume peligroso, rasgue con el filo de su caminar ondulante el tiempo hasta llegar a esta noche, como sucedió con la giganta.

Baudelaire invita el paseo y las copas.


Fotografías y videos extraídos de Internet - Producción de imágenes de la modelo pertenece a: revista Zoo Weekly

La vejez definitiva llega cuando sentímos que la vida nos arrincona y nos propone un último negocio. Y entonces, con otras palabras, bajo otros disfraces, el movimiento en el tablero se resume en una compraventa, el cambio encubre acaso la peor de las traiciones. Maduros, nos levantamos de la mesa de los sueños y lo intangible, y pernoctamos bajo el techo de los mercaderes, nos parapetamos tras la acumulación de falsas distinciones y cosas, nos alimentamos ávidos de esa ambrosía en apariencia tan sencilla para otros y tan negada para nosotros hasta ahora: lo que todos tienen, todos quieren, lo que buscan y hacen todos. (Todos aquellos donde nuestra mirada se desbarranca). Emprendedores, emprendemos el viaje a rescatar nuestro nombre de la mezcolanza de los días: hacia atrás, bajo el polvo acumulado y las arenas del desierto; hacia delante, en el cielo difuso del mañana, en la incierta salida del túnel que nos mantuvo limitados y ciegos. Olvidamos que siempre tuvimos un nombre, elecciones, historia y futuro, que eso fue siempre lo que posibilitó el viaje. Que sólo lo no querido es desierto y túnel. Y que aún éstos esconden una dirección y un secreto. Olvidamos que supimos morder de la ambrosía de los dioses envueltos en vida y valores sin esquemas en cartulina, presentes en miradas, piel, arroyos, amaneceres, lágrimas, risas, lluvia, manos, sudores; que la dicha encontrada es más silenciosa de lo que parece y consiste más en brillos que en definiciones. Que fuimos inmortales y ahora... ahora simplemente viejos, es decir, como todos. Y lo peor es que para justificarnos, para investirnos de una autoridad que transparente la imposibilidad de rejuvencernos, tal vez se nos ocurra derivar en gurúes, pretender enseñar a vivir a otros.

Conocí una vez a una persona de éstas, un simplemente viejo ávido de volcar su sabiduría, de abrir camino para otros, de revolver en colores que no entendía, de "ayudar" y rodearse de compañía y seguidores, porque si algo negativo te puede ocurrir a esta altura es que no te den la importancia que te mereces, que te ignoren. Que te rodeen otros simplemente viejos y no poder alimentarte de la fuerza, la pureza, los sueños, la necesidad, la buena estrella, la juventud (el brillo) de algún otro. Pero lo que decía con labios de la prudencia, indefectiblemente lo negaba con acciones. Rápido advertí que sólo le quedaban muecas, imposturas, poses. Aprendí a intuir a las personas, a mirar más allá de las costuras del disfraz. Pregonaba sencillez, mientras acariciaba la ambición de conducir y ser un funcionario. Remarcaba cada hecho y actitud aparentemente espontáneos. Gustaba disertar sobre cambiar la vida, y nada tenía para mostrar que denotara amor y no sólo costumbre. Señalaba hacia el desarrollo, parado sobre ruinas, habitante de una caverna. Al presentar a alguien, ese alguien era el "presidente de..., el gerente de..., el director de...", como un reyzuelo se vanagloria de su corte de figuritas de azúcar, a grandes trancos sobre baldozas muy pequeñas. Su objetivo: hacer de un nadie, alguien. Reducir el cielo a un éxito de empresa. En realidad, servirse de otros para conservar un sentido. Por suerte, siempre me sentí alguien. Y nunca necesité un marcapasos para ser buena persona, ni servirme de nadie para que la vida me hable. ¡Y cómo no iba a ser mi cielo un túnel desde la amplitud de su incoherencia!.

Conservo mi juventud. Aunque en ella te descubran y descubras mi fracaso, mis carencias, mi incertidumbre, la intemperie de esta realidad y estos sueños. Si después del vuelo, en esta playa te recogen los simplemente viejos, permaneceré joven contigo, con brillos y sin traiciones. De todo esto, retengo además tu parte de juventud junto a la mía, aunque ya no estés conmigo, aunque seas recuerdo, ventana entre nubes y olas que mi soledad enfrenta, en las que mi continuidad se agolpa. Conservo las alas lejos del susurro en el suelo, procuro salvar nuestras canciones. Porque, primero, que somos sin una canción por la que nuestro amor baila, sonríe, se afirma, se mece y llora. Segundo: la vida no arrincona. Tercero: tampoco propone negociaciones. Y sobre todo: conservo mi juventud porque aún pienso y creo y siento que hay mucho, bastante, un todo, que no tiene edad, que no tiene precio, que se mantiene, Dylan dixit, "por siempre joven". Antes loco que gurú en tratos con Mefistófeles.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

"No rompas la suerte", decías, tirando de mi mano en el momento justo en el que el tronco de un árbol, un cartel, un poste de luz, un semáforo, amenazaban con separarnos. Evité desde entonces divisiones callejeras y aún andando solo siempre elegí el lado más ancho de la vereda. Me percaté así que por lo general entre el poste, la columna o el árbol y el cordón que daba a la calle, u otro árbol, otro poste o cartel, quedaba un misterioso intersticio, ése por el que no se debía pasar dejando al otro o intentar pasar los dos juntos al mismo tiempo (cosa que nunca probamos y creo que una vez propuse, pero reíste y me miraste como a un tonto).

Nunca hacen falta demasiados motivos para el salto de mi imaginación superticiosa y debido a tu obstinación y tus muchas advertencias, conjeturé -acaso de más- que se trataba de una especie de pasadizo, umbral, puerta prohibida y secreta; entradas sembradas por ciudades y campos, multiplicadas en los lugares menos pensados, aislados o concurridos, allí donde hubiera un camino; y que uno podía arriesgarse a atravesar, a veces hasta lo hacía sin darse cuenta, y aunque en apariencia nada cambiaba, en el momento de salir del otro lado, en un segundo, todo había cambiado. Como ocurriría tal vez si se hiciera realidad la fábula y pudiéramos traspasar los espejos.

(Lo cierto: te gustaban, en oposición, los árboles entrelazados; me gustaba, condena y condición, exagerar, y que te gustaran los árboles entrelazados)

"No rompas la suerte", me decías, y yo alegre te obedecía, con el orgullo de que quisieras quedarte de este lado, conmigo, y que esa suerte fuera nuestra suerte de estar juntos. "No rompas la suerte"... y ahora que nuestra conjunta suerte está rota, como si no me importara, paso de lado a lado entre árboles, carteles, columnas y semáforos, al borde de la vereda. Ágil, como si nada, solo. Hay quien pensaría que me agarró el revanchismo o se trata de un gesto idiota y liberatorio, o que todavía sigo contradiciéndote, a pesar de todo, que espero tu advertencia, el regreso del santo y seña de aquellas palabras. Sólo sé que desde que me dejaste de este lado, o me quedé por acuerdo mutuo, o decidí ser fuerte y aguantar de frente la alta ola del desamor, la soledad y el desamparo, desde que te solté la mano y se alejaron nuestra osadía y nuestras risas, desde que soy un pedazo, lo que resta, el neumático dañado contra la pared sola, cruzo los portales, los ocultos umbrales diseminados por las calles, hambriento, urgido, loco, porque mi suerte cambie; por saltar através del espejo y volver a ser entero, sin memoria de nuestra historia rota.


Dibujo: autor desconocido - Fuente: Internet



La idea es más o menos esta: existen poemas, fragmentos, incluso obras completas que están destinadas a ser expresadas y reiteradas entre las irrefrenables páginas de los días que pasan por una voz particular, bajo una musicalidad única,en circunstancias personales que sólo pertenecen a una persona. Ésta sería, aún desconociéndolo ella misma, la guardadora de la voz de ese conjunto de signos y sentidos, donde el mismo se conserva y alcanza a culminarse tras ser liberado desde las profundidades de su autor. ¿Si no como se explicaría que un recitado de un desconocido o un artista diferente al autor nos conmueva más que la solemne lectura que escuchamos de este último?

A veces, qué desencanto... cuando creíamos hallar el origen de la cristalina fuente, su máxima pureza, resulta una canilla que gotea, o tose, ni siquiera un grifo dorado, sino de plástico y atado con alambre, y el chorrito de agua es bastante pobre y oscuro. Ojo, no me refiero al autor en sí mismo, a su biografía, su aspecto físico, su personalidad, el contexto, nada de eso... sino a la voz, la lectura en voz alta que nos comunica o intenta comunicarnos esa belleza entrevista y atrapada en la titubeante estructura de la obra, con elementos tan huidizos y cambiantes como las palabras (sustancia que fue así desde el principio y a la que nada puede achacarse al respecto). Entonces, predisponiéndose de modo especial, uno se dice: este es el tono, la cadencia original... pero por más empeño que pongamos y cerremos los ojos, aspirando profundo con el alma, de pronto nos sentimos incómodos, lo refulgente que queda en la red de nuestra atención es mínimo, se queda corto ante nuestra expectativa, alguien nos cambió el disco, nos bajó pícaramente el volumen o lo puso demasiado alto, hay cierto chirrido que nos obliga a salir de nuestra placentera postura para ir en busca de lo que ya sentíamos como próximo, propio, acabado, para encarar una labor de reconstrucción y reconocimiento que la mayoría deja a medias, incapaz de adherir la decepción y el esfuerzo al sentimiento pleno de gozo estético, quedándose con la versión interpretativa con la que se siente más a gusto, incluso la propia, hasta entonces subestimada por nuestra admiración por el autor.

Debo reconocerlo: me pasó desde temprano con Neruda, apenas llegó a mis manos una antología que agregaba unos casettes (¡que viejo estoy!) con lectura de poemas por parte del mismo Pablo; me pasó con Borges, apenas adquirí una enciclopedia digital con archivos sonoros (¡qué joven!) que recogían la voz de aquel hombre ciego que se abrió paso hacia el infinito guiado por la literatura. No me gustaron las lecturas de sus propias obras, procure que me gustaran (era Neruda, ese gordito un poco calvo, de ojos profundos y poseedor de todas las palabras, ése ante el cual yo me sentía con el mismo asombro de quien observa el mar)... no hubo caso. Me quedé con sus libros y olvidé rápido aquellas interpretaciones, protegiendo paradójicamente lo que tan hondo me llegaba de la voz, la tonalidad, del mismo artífice. Me quedé con el mismo mar, pero con su murmullo desde otra costa, por decirlo de algún modo.

¿Y si por cada poema, novela, pedazo de literatura, manual de instrucciones, artículo periodístico, graffiti callejero... por cualquier tipo de texto, grupo de palabras presentes en el mundo, existiera un intérprete excepcional, elegido (¿por quién? ¿por qué? ¿para qué?), un guardador de la clave justa, poseedor de la llave que abre la cerradura a la vestidura perfecta, al envoltorio musical preciso, de lo escrito, y que la mayoría de las veces no coincide con el autor? ¿Y si esta persona fuera anónimamente, en secreto, incluso para sí misma, la encargada de recrear esa correspondencia de signicantes y significados, de mantenerla en el tiempo, de encender cada tanto la llama que el conjunto conserva, y congregar los sutiles elementos que componen el milagro ante el cual el pensar y el sentir, y hasta la misma naturaleza, se muestran irresistiblemente expectantes, cautivos y contactados; desplegando poco o mucho de su poderosa influencia, reflejo, cometido?

Esto me lleva a pensar en las últimas páginas de aquella novela de Ray Bradbury (Fahrenheit 451), cuando el protagonista se topa en su huida de la fuerzas represoras de un Estado autoritario que ha decretado la abolición de los libros, entre otras expresiones y modos de ser relacionados con la libertad y capacidad de pensar por sí mismo, con esa especie de hombres-libros, que viven marginados del mundo, ocultos en las sombras y la selva, antiguos estudiosos, profesores de renombradas universidades, escritores, cuyo acto de rebeldía consistía en memorizar obras completas de autores de todos los tiempos para evitar que se pierdan para siempre en la constante quema de bibliotecas y las persecuciones a los lectores. "¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República de Platón?", le pregunta durante el encuentro un viejo al nuevo transgresor: "¡Claro!", contesta éste sin dudarlo, entusiasmado. "Yo soy La República de Platón", es la respuesta.

Más adelante explican los personajes de Bradbury: "constituímos una extravagante minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra haya terminado, tal vez podamos ser de alguna utilidad al mundo. (...) Somos miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo.(...) No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros, sin valor intrínseco".

Esta ficción (¿anticipatoria?) nos lleva a un extremo y nos muestra otro paisaje. Acaso más humildemente, al comenzar estas líneas, pensaba en ése muchacho que una noche acompaña por primera vez a su casa a la chica de la que ha comenzado a enamorarse. Y a mitad de camino, entre otras cosas en el inventario que suele hacerse cuando dos personas comienzan a conocerse (y que casi siempre se suspende demasiado pronto, con amargas consecuencias casi siempre), él habla de sus lecturas, su pasión por la poesía, y entonces la chica le pide que recite algo, y claro, él tiene en su mente el poema que leyó una vez más esa misma tarde y la noche anterior pensando en ella, y en un arrebato deja que el valor brote desde el pecho entre la timidez y la melancolía, como una mano invisible, estirándose en voz hacia la muchacha que camina a su lado, mirándolo de reojo.

Y entonces el poema se desgrana palabra a palabra, verso a verso, sobre ella, que no puede ocultar su conmoción por lo que el poema dice y por cómo lo dice su compañero. Las palabras son directas, las imágenes y adjetivos parecen describirla, y cada verbo sale de él para recaer en ella. Mientras, el recitador siente que no está recitando, sino que esta hablándole por fin límpida y desnudamente a través de esas palabras, y que ojalá ella lo entienda. Siente también que han desaparecido los demás transeúntes, y que el mundo, la noche, se inclinan sobre ellos para observarlos y contenerlos, enlazados por la maravilla. Él terminará el poema justo con el último aliento, dejando escapar las sílabas finales como un motor que se detiene, un arma que acaba de disparar, la paloma que de nuevo levanta vuelo, corte de la ráfaga de viento impetuoso, labios cuya brasa se enfría, lengua de fuego que se enrolla de vuelta hacia el Espíritu. Ella lo mirará con los ojos grandes del encanto y reconocerá con una sonrisa que "sus piernas se aflojaron y la piel se le erizó, quedándose pegada a sus palabras". Él balbuceará cualquier cosa, sin saber muy bien que pasó. Más tarde, años, caminando tal vez ya sin ella, recitará una vez más a la noche el poema. Y la noche se seguirá deteniendo para escucharlo, negando que haya quedado atrás la primera vez que aquel muchacho y aquella chica hicieron el amor.



Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Hago un manojo con toda mi historia, con cada uno de sus instantes, sus viajes siderales, sus tremendos pozos; lágrimas convertidas en espinas profundas, sonrisas convertidas en remansos en el viaje; ato todas mis pérdidas y mis aprendizajes, la soledad y su túnel infinito,y la mano sobre el hombro, el abrazo ante el mundo todo; pliego banderas de sueños, ideales, y recojo las numerosas derrotas y mezquindades adheridas al suelo; doblo las ternuras que me fueron prodigadas, junto los golpes que recibí y no devolví de ningún modo; hago un nudo con el brillo de ciertas noches, la infancia surcada de juegos y ausencia, y el asombro ante los paisajes que ví y que aún no ví y que tal vez nunca veré; ciño mis huídas y mis besos hasta que no escapen, mi angustia apunto de derramarse, mi satisfacción por cualquier cosa; mezclo los diversos rostros en los que madura el miedo, el estar sano, enfermo, las múltiples caras de mis razones y verdades, la seguridad con la que desperté esta mañana, las respuestas recibidas en sueños, el dolor con el que cerré los ojos; pongo uno al lado de otro a cada uno de los que me quisieron, sostengo a los quise y quiero; aquí están los motivos por los que me hice grande, aquí los otros por los que dejé de ser niño, aquí los gestos que revelan la existencia, aquí las nadas, el suspenso; enredo alambres y espiraciones, las flores que compré y las que nunca me vendieron, mi nacimiento, las hendiduras por las que renací, mis renuncias y declives, las señales que guían a la muerte definitiva que me acecha. Repaso cada color hasta asegurarme que mantengan en sí sus nombres propios, que no haya espacios vacíos, sólo rótulos, y sí, ahí están, en mí permanecen y los convoco; con todo esto, aluvión reducido a puñado, formó la voz que desde la otra orilla llega y te dice, grito, susurro, temblor, firmeza, incandescencia y crespúsculo: Yo. Y luego... Te amo. ¿Comprendes la respuesta, repetida una y otra vez, frente a las ráfagas de tu éxtasis, tu incertidumbre, tu esperanza, tu costumbre, tu dulzura, tu rechazo? Yo, te amo.


Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

A veces, como tantos otros, reniego de mi trabajo. Haber devenido admnistrativo tras el apasionante equilibrio entre las palabras y el tiempo, la incierta y electrizante tormenta de la comunicación de noticias -aún en medio de esta pequeña provincia donde apenas se forman algunas nubes de vez en cuando- no deja de ser un cachetazo que en algunas ocasiones se transforma en una verdadera patada. De pronto, mi ansiedad pasa por contar los días para que llegue el pago y que se cumpla así, una vez más, el rito de ganarse el pan y la banda ancha. Tras abandonar aturdido el recinto de papeles, voces acuciantes, llamadas, desencuentros, archivos, órdenes y contraórdenes, competencia, formales ires y venires, engranajes, callejones sin salida, precipicios, vericuetos, todo dentro de un gran embudo que va a parar al bendito, infalible, amenazante, sistema monitoreado desde las alturas, es inevitable... me ganan grandes dosis de desgano, de autocompasión, autoflagelación, sólida amargura a la que llevo de la mano y dejó en la puerta sólo para convertirme en un consumidor más, espantar las sombras un rato bajo las enceguecedoras luces de un local comercial, regresar a casa con un paquete que abrir y algo más que guardar. Mi alma, compacta, se encierra y dispara tras el cristal de una ventana contra el asedio de la tristeza. Dispara como sabe, con palabras, con libros, con ideas... Ser-hacer-tener, autoestima-capitalismo, necesidad-libertad, y Rilke susurrando sus consejos desde una "carta a un joven poeta" que cada más es él y no yo: "la soledad también es trabajo, jerarquía, profesión. ¿Por qué empeñarse en cambiar por defensa y desprecio la sabia incomprensión de un niño?... Su profesión es dura, lo sé, y se contradice plenamente con usted mismo; preveía sus quejas y sabía que vendrían... Las condiciones en que ahora tiene usted que vivir no se encuentra más pesadamente cargada de convencionalismos, prejuicios y errores que las otras condiciones... Ninguna hay lo suficientemente amplia como para relacionarse con las grandes cosas en la cuales consiste la vida verdadera". La vida verdadera...

Entonces, en medio del tiroteo entre el mundo y mi pobre yo acorralado, un toque en el hombro a tiempo basta.

Para estos momentos tan especiales nada como el viaje urbano y sus pantallazos, observar a los obreros cavar pozos y levantar paredes a las cuatro de la tarde, con el sol impiadoso en plena yerra, una botella ya caliente y el sandwich de jamón y queso a medias en un costado. O encontrarse fugazmente en una vereda con el recolector de residuos corriendo junto al camión, el rostro flaco jadeante, los ojos grandes y perdidos, la gorra hundida hasta las dudas y vergüenzas del comienzo, que quedaron atrás entre el entumecimiento y el vértigo. Verlo levantar una bolsa tras otra, sin mirar a nada y a nadie más que a lo que otros dejaron en la sombra y la boca grande del camión que se come su sudor entre los desperdicios. No digo tiempo, no digo sueños, no digo vida, porque esos no se entregan tan fácil, en muchos casos es en esos detalles, esos trastos, que se esconde "la chispa" que impulsa o se contrapone, y que de salvarse, salva, ya lo dijo el poeta.

Verlo y remontarse a la oficina, al cómodo sillón frente a la computadora, al bar y el aire acondicionado funcionando a pleno.

"Es cuando estás en la mala que te das cuenta que todo tiene dueño y de que hay cerraduras en todas las cosas", dice en ese preciso momento socarronamente Bukowski desde un costado, tirado en el suelo, entre un cesto con basura y la calle, y con una botella de vino al lado.

Ver al recolector intentando pasar por la cerradura y lográndolo apenas, a ese costo, todas las noches.

Sin más, la realidad levanta con una sola mano a "la vida verdadera" y la arroja al camión en marcha. Mi escenario de cowboy cae a pedazos con un soplo de humo del caño de escape. La dramática frustración es ahora sólo una pistolita de juguete desechable. Digo que no puede ser que aún existan empleos como ésos, pero ni yo me lo creo, y que deberían ser los mejores pagos, pero todos sabemos que no lo son. Y mis argumentos y quejas se van silbando bajito por la vereda, porque aunque tuvieran algo que decir, comprenden que los mandaría a la mismísima mierda apenas abrieran la boca.


Dibujo: autor desconocido / Fuente: Internet



Mi abuelo murió en su cama, mientras dormía junto a su esposa, como todas las noches de los muchos años compartidos. Se fue repentinamente, poco tiempo después de que le anunciaran la enfermedad y sin que los dolores, ni los tratamientos, llegaran a invadirlo por completo. Me contaron que su rostro reflejaba paz y que hasta se le adivinaba una sonrisa, ésa con la que me acarició tantas veces de niño dándome la bienvenida a su casa, punto de encuentro para tantos, mundo de la calidez y la fantasía, el hogar que había levantado con sus manos bajo la mirada soñadora de mi abuela. Supe entonces que ese hombre alto y flaco, silencioso, rugoso como la madera, había muerto de la mejor manera posible, que si hubiera podido elegir una partida no habría dudado: junto a ella, el amor de su vida, con la que tuvo siete hijos y se rodeó de nietos y amigos.

Siempre miré su relación como un romance eterno, mientras el mundo giraba a los tumbos y tironeos, entre los divorcios de unos, las amargas uniones de otros, el amor reducido a negocio, distancias y recelos, en esa casa de pájaros, plantas y brasero, mis abuelos permanecían recreando cada día los ritos con los que entretejieron un vínculo ejemplar. Fueron compañeros en todo, se cuidaban mutuamente, se entendían con la mirada, sabían hacerse reír uno al otro. Hasta cuando el silencio y la soledad vinieron a ampliar los espacios de la casa construída a lo largo, bastaba observarlos cada uno en sus quehaceres cotidianos para descubrir el brillante haz de luz que los unía, la presencia constante del otro en ese mundo elegido para ser en conjunto, el secreto regocijo de compartir la vida, sin teorías, sin interferencias de terceros, sin rebusques de ningún tipo. En definitiva, sin entenderla de otro modo que siendo a la par, que caminando sobre fundamentos de vida fusionados con el latir mismo del corazón.

Cuando no hubo más latidos para mi abuelo, mi abuela, la mujer de su vida, que ya sufría ciertos trastornos en su memoria y en sus huesos, se internó sin retorno en el túnel de la confusión y fue apagándose de a poco. En realidad, esperó un tiempo y después salió en su búsqueda, agotada su luz en el aislamiento incomprensible de su otra parte. Y es que en un principio, como si ella no lo supiera, hubo que mentirle que su esposo había viajado a otra provincia para curarse, pero los días se hicieron meses, y a la deriva entre la realidad, el recuerdo y el desconcierto, la angustia asentó su peso y no volvió a levantarse. "Después de tanto años, venir a hacerme esto...", se lamentaba últimamente, cuando le daban por enésima vez la falsa explicación del traslado, quién sabe, acaso siguiendo el juego de aquellos que, desesperados, sólo querían verla bien.

Finalmente, decidió viajar ella también y lo hizo en el mismo lecho sobre el que había partido su esposo. Pienso que es muy probable que despertaran otra vez juntos, que de nuevo hicieran coincidir sus espacios y tiempos en un mismo latido, un mismo amanecer, acaso más jóvenes, o tal vez no, (ellos siempre pudieron descubrirse igual, fueron cambiando juntos, que es una forma de permanecer mejor que cualquier receta de eternidad), pero ya sin los achaques de la vejez. Igual, como siempre, mi abuelo se levantaría primero, le prepararía el desayuno a ella y, de ser necesario, la ayudaría a bañarse.

Dejé de frecuentar a mis abuelos mucho antes de que fallecieran. Las noticias me las comunicaba mi madre, que atravesó la pérdida con valentía, pero sin poder evitar el tremendo desgarro. En mi última mudanza, el retorno a la vapuleada soledad, él, con su enérgica ternura; ella, con su entrega enamorada, volvieron a mí literalmente para cobijarme. Es que mi madre extendió sobre la cama ahora grande y sola un regalo inesperado: uno de los cobertores que mi abuela guardaba en un armario y que en algún momento recubrió su amoroso descanso juntos, sus sueños, sus pasiones, el lecho sobre el abolieron la separación y la ausencia, su vuelo eterno. Cuando quedé nuevamente solo, me senté en la cama, puse una mano sobre esa especie de escudo y de alfombra mágica. Pensé en mis abuelos.

Nada está perdido a la luz de los amores perdurables.


Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet

Un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.

Desde pequeño me fascinaron las espadas. En los juegos infantiles, donde las espadas se construían con el pedazo de madera justo, me tocó ser líder, escucharme llamar "jefe" por varios que compartían el mismo ensueño de la batalla permanente bajo el calor de la siesta y el refunfuñante permiso de las madres. Venían hacía mí solos o acompañados por sus hermanitos menores, establecíamos un campamento, formábamos un círculo, y allí mi voz se escuchaba entre todas las voces, con confianza, con gestos sinceros, con la imagen de respeto que cada uno a su modo había logrado construir en los pocos años. Se esperaba mi instrucción, mi consejo. Y no era el más fuerte, ni el más audaz, ni siquiera el más rebelde a los preceptos paternos. Pero les hablaba de códigos, establecía reglas, claveteaba no sólo mi espada, sino también un ideal que hacia posible la imaginación, una bandera, el espacio donde todo tuviera lugar y donde todos estuvieran contenidos. Mis palabras servían de razón y aliento suficientes; y porque yo era leal a mis palabras con actos, ellos eran leales conmigo como ejemplo.

En algún otro escrito recordaré como se debe a aquel compañero de aventuras, un muchachito escuálido, siempre mocoso y agitado por el asma, de gran inventiva y habilidad manual, hijo de un duro oficial del Regimiento. Una tarde no lo vimos y sólo escuchábamos a través de la tapia de su departamento el fragoroso golpe del martillo contra el acero, la áspera risa del ir y venir del serrucho sobre la madera. Estuvo trabajando toda la tarde y cuando por la noche, antes de cenar, me asomé a mi balcón, aún pude ver luz en el pequeño rincón que usaba como taller para sus manos, tan vivaces y seguras que contradecían la languidez del asma. Por la mañana -la mayoría íbamos a la escuela por la tarde- tocaron a la puerta. Yo quedaba a cargo de mis hermanos más pequeños mientras los adultos trabajaban, así que abrí con cautela, a medias, porque no se acostumbraban visitas. Del otro lado, estaba él, la sonrisa también cauta, a medias, pero con los ojos radiantes, el rostro diferente: traía algo que yo no podía ver desde donde estaba. "¿"Que haces?" -dije aún sin abrir del todo. Entonces, en un rápido movimiento, se acercó a la puerta entornada, extendió las manos y me presentó una especie de rifle, fusión de acero y madera, de medidas precisas y de formas entre reales y quiméricas, primitivas y modernas, como las armas de aquella película (no sé cuántos recordarán) Mad Max. Era un espectáculo al lado de nuestros palos y maderas simulando espadas y escopetas, incluso al lado de las anheladas armas plásticas que se vendían en las jugueterías. En su tremenda timidez, se animó a mirarme a los ojos: "Para usted, general", así dijo, dijo "usted" y "general", sin reírse, y apenas alcance a tomar el rifle abriendo más la puerta, aún sin entender nada, desapareció por el pasillo y lo escuché bajar corriendo las escaleras. Cuando entré, descalzos, con el pelo revuelto, y con el sueño todavía sin largarlos del todo, mis hermanos más chicos me miraban asombrados, miraban a otro niño como ellos sosteniendo una formidable arma imaginaria, y que sin peinar sus rulos ni lavarse la cara, aquella mañana se había graduado de general.

Pasaron rápidos los años, "ladrando como zorros locos" al decir de Neruda, que también reconoce: "mi corazón ha caminado / con intransferibles zapatos / y he digerido las espinas". No podría haberse expresado de mejor modo. Irrumpió la adolescencia, y con ella cayeron una a una mis medallas en un pozo de melancolía, se dispersaron intereses y lealtades, quedó arrumbado aquel refugio, los departamentos no los habitan ya familias numerosas, sino fugaces estudiantes sin generales, sin herramientas, sin tiempo para montar un pequeño taller en una esquina. Le salió a mi mundo una solitaria cornisa. Otros son los tiempos, otros los juegos, otras las armas.

Y sin embargo... un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.

Tengo sólo estos restos de infancia en mi memoria. Aquella firma puesta al pie de cuentos y poemas que vinieron con el temprano trasplante de mi vida a una casa, una habitación solitaria, un barrio sin amigos, sin aquellos que sostuvieron el despliegue de mi infancia, y el cambio de mi estrafalario armamento por una máquina de escribir, regalo de cumpleaños. Entonces, con doce años, los escritos de ocasión para ablandar el corazón de los familiares dieron paso a ésos donde mis delgados dedos imprimieron: "Javier Martínez - Escritor", y tambien a los innumerables caminos hechos, a medio hacer y todavía pendientes en el montón de libros que comenzaron a llenar la habitación, y continuaron haciéndolo año tras año, hasta hoy, hasta conformar este espacio donde apenas queda lugar para algo más que literatura. Conquisté o fui conquistado por una nueva pasión. Me fue dada. Acaso sólo eché mano en el naufragio. (Que lo analice un psicólogo). Reconstruí con poesía el refugio. Rearme el círculo con rostros, vidas y caracteres a través de las páginas. Les fui leal. Quiero decir, también tengo estos poemas, esto que escribo, estos libros.

No tengo tu amor.

Y me he puesto a pensar que un soldado leal pelea siempre bajo un mismo líder, una única gran batalla. Después sólo sobrevive.

Será que lo demás no perdona su elección, transformada en única. Será que su lealtad es abandono de otras, que se hacen pasado o quedan en lo posible, y eso no admite expiación. Será que cuando una lealtad firme es barrida por completo o queda subsumida en una lealtad superior, se torna irrecuperable como lealtad. Será que nunca basta, nunca es consuelo suficiente para algo que más que sobrevivir el que los "únicos paraísos sean los paraísos perdidos".

Será una forma más de decir que la vida vale lo que vale y nos transfigura conforme a esa lealtad que seamos capaces de experimentar por algo o por alguien. Y yo fui leal.

Desde pequeño me fascinaron las espadas. Y los amigos en torno a ellas.

Desde joven la literatura me transportó. Y presentí su itinerario inacabable.

Desde ayer no tengo tu amor.

No tengo tu amor.

No tengo tu amor.



Foto: D. Chapala - Fuente: Internet

Concuerdo con Borges: no hay diferencias sustanciales entre el cuento y el verso. Sólo que en el verso se es más conciso; se resume mucho en una sola frase. El cuento, en ese sentido, otorga al autor mayores libertades. Hablar de ventajas entre uno y otro "género" es tan indeterminado como establacer márgenes para la fruición.

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Yo no sé que recóndito consuelo encuentro al leer a Borges -


Adenda para otros "inquisidores": el poeta Antonio Requeni transmitía en una amplia nota publicada en Revista La Nación allá por el 2002 el siguiente pensamiento del creador de tantos cuentos y poemas admirables: "El único género es el verso. Desde el momento en que el escritor cuida el ritmo de la frase, ya está versificando, y es indiferente que lo haga en páginas de versos aislados o de maciza prosa".

Dibujo: Malena Peralta - Título: desconocido - Fuente: Internet



Heme aquí convertido
en un espía avergonzado
de la vida que pasa...


Pintura: Raúl Villalba - Título: El Observador - Fuente - Internet

En realidad, algunas definiciones escritas en una vieja libreta borroneada en las arduas horas de dispersión en el Profesorado (algún día les contaré del Profesorado). A decir verdad, no de tanta desatención, ya que una compañera había preguntado al docente cómo podía darse cuenta si lo que ella escribía se podía considerar "arte" o "poesía", si "servía". Recuerdo que un tiempo después le regalé algunos libros (Nietzsche y Arlt) con una dedicatoria con algo parecido a lo que aquí transcribo. De la respuesta del docente, ni me acuerdo, pero en esa época unos pocos estábamos convencidos de que también se aprendía por oposición.

El arte no se produce, el arte sucede.
Se producen diferentes tipos de texto.
La poesía sucede.
Como suceden la vida y sus aconteceres.
La poesía es un acontecer más,
uno inevitable en la vida de un poeta.
La poesía es un destino.
Podrás preguntarte una y mil veces si lo que haces
sirve para algo, si es "productivo".
No obtendrás respuesta segura.
Y si por casualidad la obtienes,
analiza en qué te estás equivocando,
tal vez diste vuelta en una calle errada.
La poesía, si así tiene que ser,
te seguirá sucediendo más allá de todo,
te seguirá exigiendo internamente
que siempre rectifiques el rumbo.
Acaso el único propósito de la poesía
sea reconocerte en lo que escribes
y que otros hombres puedan reconocerse.
Cuando esto no basta, mala cosa para un poeta.
Buena, tal vez, para el productor de textos,
que ahora sirve eficientemente a un propósito distinto.
Producir, producirás textos.
La poesía sucede.


Post nota:
“El arte sucede” dijo el pintor estadounidense James Whistler para concluir una discusión sobre el origen del arte.
"La rosa es sin porqué, florece porque florece..." recuerda Borges que sostuvo el poeta Angelus Silesius. Borges mismo definía al arte como un "misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la rétórica".



Fotografía: autor desconocido - Fuente: Internet

Curiosos demonios son los que se espantan hoy de las casas.
Demonios que no aprendieron este tiempo sino a cuidar de otros;
a sostener y acompañar a otros; a velar el sueño, la alegría, el dolor de otros;
a compartir el pan y lo poco de más que hubiere con otros;
a dedicar el tiempo a otros; a encontrar ganancia en la sonrisa de otros;
a abrir la puerta del propio hogar a los otros con sus miedos, emergencias y riesgos;
a suavizar el pasado y ser pequeño surco hacia un presente posible.
Demonios dedicados a hacer emerger un día auténtico con un beso verdadero;
a no declinar la ternura frente a la crueldad y el prejuicio;
a mostrar las torpezas desnudas para poder ser junto al otro completos;
a confesarse débiles bajo la caricia, a mostrarse resueltos sin tener más que certezas mudas;
a jugarse por un sueño, una lágrima, una palabra, un gesto de otro.
Debería haber un lugar donde plegar y preservar estos demonios, sin necesidad de negarlos,
sin asfixiarlos, sin rematarlos desvirtuándolos y espantándolos con sahumerios.
Si no atan... y si la soledad de siempre les es devuelta de sopetón entre las manos coloridas...
¿A qué agrandar su dolor sin una palabra que les haga entender que nada fue en vano?
Al menos eso.

A los desconcertados...
A los prejuiciosos...
A los soberbios...
A los miopes de alma y de años...
A los desencantados...
A los calculadores de su propio interés...
A los que salió un juez en la frente y un niño se les tapó en el alma...
A los que afirman desconocer lo que jamás intentaron conocer...
A los expertos en su sola experiencia...
A los que rodeados de su propio halo son incapaces de ver a los demás...
A los que ya no tienen o jamás tuvieron ni tendrán su gran historia de amor...

A los 30 años me enamoré en un parque de una mujer maravillosa, y pude ver más allá de lo aparente, y toda su historia se me hizo presente, su ser niña, su ser joven, su ser madre, su ser mujer. Mi amor la recorrió completa, la aceptó completa, la asumió por entero, y se hizo uno con su resplandor triste y sus magullones de fe inexpugnable.

A los 30 años y después varios años más, desafié junto a ella el miedo y el aislamiento de comenzar una nueva vida, cuando todo entorno dudaba, tomaba distancia, juzgaba. Nos elegimos, sin más vueltas. Y la vida nos abrió las manos para darnos su resto de cosas bellas, esas que empecinados aún soñábamos.

A los 30 años, mi corazón y mi conciencia hicieron una elección madura sólo como ésta puede darse: sin la certidumbre de un final feliz, sólo un proceso donde el alma, pasara lo que pasara, siempre habría de amanecer primero y dormirse la última. Se trata de crecer y de experimentar como el mundo se transforma si el amor es real, no garantizado.

A los 30 años, señor que me juzga por mi cara sin arrugas suficientes, por mis pocas canas, por mi postura dubitativa, por mi voz ausente o casi adolescente, o porque prefiero los libros y se me queman un poco los asados, o no soy de agarrar demasiado la pala, ni se nada de autos, y hablo mucho de ideas y sueños; o señora que me imagina jugando un juego sin saberlo; o que mira escandalizada a los chicos mientras abrazan y ríen, y cuestiona vaya a saber qué; o que ya hizo la radiografía de mi salario y detectó que apenas alcanza para una famillia de tantos, para una mujer así; o que se empecina en la diferencia de años como si tuvieramos culpa de que usted se encuentre en este estado, y la rodeen los como usted, y nosotros podamos vernos como sólo el amor nos deja festejarnos en ternura, alegría y gozo. Esto sin contar, señora, señor, los ideales sobre los que este brillo se asentó. Se les torcerían las bocas aún más y se les caerían los alfileres del pobre afiche del catecismo y la politiquería.

A los 30 años me puse junto a esa mujer y no me separé más. Trabajé duro por un proyecto juntos, o quien sabe... tal vez sólo porque me gustaba como sonreía, convencido de que el mundo no podía perderse algo así. Y porque era plenamente conciente de lo que ella provoca en el mundo una vez que la confianza vence a la tristeza. Y que en ese mundo había otros seres que de ella dependían para alcanzar la alegría y sobreponerse a todo mal que los circundara. En mi interior me prometí que no la dejaría caer, hasta donde mis fuerzas pudieran. La amé intensamente, como hasta entonces no amé a nadie más. Y ella lo sabe. La amé limpiamente, con pureza y hombría. Dado a los libros y el intelecto, aprendí a quemar menos el asado, me aventuré por calles con una moto.

Pasó. Mis torpezas terminaron por irritarla, las limitaciones por desgastarla, el trabajo por absorbernos, la magia por perder el chispazo. Ella se cansó de mí. Yo me aferré a las esencias, que cuando no son de a dos equivalen a hilachas de romanticismo fatuo. Terminé por serle insoportable. Pero esa es otra historia...

Hoy tengo 34 años. La he perdido. Señora, señor, pensarán que tuvieron razón. Nada más equivocado. Para empezar, ni usted, ni usted, hubieran podido jamás pasar por lo que nosotros pasamos, y detenerse a amarnos como nos amamos; obtener al menos el porcentaje de IVA de lo que nosotros, en definitiva, por atrevernos ganamos. Pero ni siquiera se trató de eso, de una prologada y animosa aventura... No, señor, no, señora, con nuestras revoluciones y caídas, obviamente, fuimos UNA FAMILIA, o lo intentamos. Acá como me ve... me paré donde usted jamás se hubiera parado y donde más de una vez hubiera querido, con envidia, haber estado después del chubasco. Saque pecho a lo macho, haga resplandecer las canas, ejercite el rictus amargo en el rostro, revoleé los ojos, vaya y venga con el auto, traiga a Cucca coiffeur, conforme un comité de marchitas, abra todo un plan para una vida nueva... Lo que ella y yo tuvimos nadie más puede tenerlo. Y se puso a pensar usted, al que la vida de ella, la mía, la nuestra, vaya a saber, no le son indiferentes, se puso a pensar que ¿por algo será? Y es que lo más jodido, es que ella me eligió a mi. ¿Inentendible, no?

Señor, señora, lo digo después de no pasar su examen: durante cuatro años compartí momentos maravillosos, de lucha, de pequeños logros, de avance, de dicha cotidiana y entrega; casi una épica que desdeño ante sus ojos cubiertos por un mechón de pelo al despertar; compartí lo que soy y la mayor parte del tiempo procuré dar lo mejor de mí mismo. Con trabajo duro, ayudé a solventar una familia y si tuve que sacrificar aspiraciones personales, sin dudar lo haría de nuevo porque ahí está mi verdad y mi alegría. O sea, por ganas de ser aún más yo mismo y no sólo por mero altruismo. Con mi amor, construí una pareja que se puso más allá del tiempo y el espacio, que se abrió a la vida, que lo enfrentó todo, y que escaló cimas hasta estar muy cerquita de Dios, del Dios apasionadamente humano. Fuimos cuerpo y alma en un mismo vuelo. Nos buscamos con el corazón, la piel, los sueños, la sangre y los días. Creamos una y otra vez al niño que nos fue negado y que por inexistente se extendió en la vida misma, el renacimiento, la esperanza. Con mi ternura, quise ser antes que nada, amigo.

Extraños demonios se espantan hoy de las casas.
Incomprensibles para muchos y, por eso, fantasmas.
Señora,
señor,
tú misma...
¿Con que metafísica taparse ahora la cara?



Foto: Gárgola - Autor: desconocido - Fuente: Internet


¡Dormido no! ¡Dormido!
¡Despierta!
Despierta y mira el mar embravecido...
Y cálmalo,
si puedes.
¡Pero despierta!


Pintura: Eugene Delacroix - Fuente: Internet

Y qué duda cabe. Cerré los ojos sobre tu última frase, fui puño llevándola hacia dentro, fui palma reteniéndola hacia fuera un instante. Tu voz estaba ahí, tu mensaje distante, y primero fue muro, más después caricia tenue, clave. Primero, negativa contra la cual estrellarme, luego advertencia ante la cual inclinarme.

Ya no estás. Nada más importa. Nada más puede decirme ni explicarme nada. Nada tengo que buscar en el malentendido disfrazado de encuentro de una desconocida frente a un desconocido de rostro borroso y obstáculo. Ni el sobresalto, ni la amargura, tampoco el desprecio, nos pertenecen. Rehúso la hoja afilada del odio, y creo que también la dejarías a un lado.

Una sola cosa: que esta sombra cobarde, antes agazapada o lejos, que avanza ahora sobre nuestro mundo, que ocupará nuestras cosas y lugares, que se asentará sobre el espacio y el tiempo compartido absorbiendo cálidos vestigios; esta mentira piadosa que finalmente no nos absorberá, no nos ocupará, sepa también que ya no estás, que te fuiste, que no puede rastrearte, ni dominarnos.

Para que se haga el vacío sobre el sinsentido de la ausencia, yo no iré, ahogaré en un puño el deseo de llamarte por el nombre capaz de recrearte entre el día y la noche. En silencio, seré además palma que en la brisa deje tu mirada diáfana, el país de tu espalda, la esperanza cifrada en tu sonrisa definitiva, tu cicatriz, tus lágrimas, tu voz pronunciando muy quedo mi nombre para que despierte y venga desde la oscuridad y el olvido a reencontrarte.


Foto: Javier Martínez - Valle Hermoso (Córdoba)

Pasaron 20 años para extraer de mi la entera forma de aquellos versos de Neruda: "desde el fondo de ti, y arrodillado, / un niño triste, como yo, nos mira". Farewell. Fue verla, reconocerla como un retazo de mi mismo y volver a cubrirla, a enterrarla muy dentro, como quien tapa con la mano y cierra los ojos ante un borbotón de sangre, un salto repentino en la respiración. ¿No lo dijo el poeta ya?: un sollozo, una herida. El paso del tiempo y su ingenuidad con colmillos, caducidad armada tras lo inverosímil. Toda revelación latiente acaba en misterio punzante. No en mí, sino rodeada de ti, estaba la exacta forma en nuestra despedida.



La violenta desorientación de asumir que la ternura no alcanza.

El extravío ante la mirada de los demás, y entre las cosas.

La compleja tarea de dar una forma razonable al desamor.

La fuerza necesaria para distanciarse y conservar un punto de apoyo.

Naúfrago entre trozos de un pasado al que duele asirse.

Sin la suficiente falta de fe para hundirse definitivamente.

Locura del amor que toca, y desaparece.

La palma que transmite calor, vida, se transmuta en muro, soledad sin mesura.

Rastros sin rostro.

Voces, viento, silencio.

Andanada de respuestas a una pregunta que nunca nos hicimos, indiferentes.

Línea recta del horizonte equiparable a la nada posterior a la caída de tus sueños.

Por fin, no hay realidades, sino verdades.

Y en ellas creces, te internas, te haces deseo, voluntad, carne.

Comprendes.

Te recreas, te inventas.

Comprendes.

Tras el reflejo enceguecedor del caos que mereces,

el dolor se revela.



Yo sé que la tristeza se posa a veces en una de tus ramas.

Que alguna parte del mundo ladra, y ladra justo en medio de tu mirada.

Que hay días en que la colorida cinta de tu alegría no encuentra una brisa.

Y te encarás con el dedo que señala tus sueños traspasando tus ojos de vida.

Yo sé que a veces, que en alguna parte, que hay días... Pero ojalá comprendas que no estás sola.

Que hoy, al ponerte de pie, sucedieron algunas cosas:

Dios en su inmensidad se sintió acompañado y frondoso:

el mundo tuvo una oportunidad de fe;

mi amor y yo extendímos los brazos.

Jodido... muy jodido... La apariencia es un fruto variado, profuso, extrovertido, pero sin un gajo de realidad, resulta seco, desabrido, es decir, acaba en la cáscara. Has de comer del Árbol de la Vida y... y (si no queda otra) picotear del Árbol del Saber, que -en definitiva- no es otro que el Árbol de las Apariencias, acaso en su versión más apetitosa. Pero, por sobre todo, has de prestar mucha atención y ser muy selectivo con aquellos que eriges como tus Dioses, la mirada bajo la cual decides vivir. No sea que un enano con zancos y varillas oculto bajo una inmensa túnica se pasee de continuo por tu jardín obligándote desde el imperio de su bigote a actuar de una forma u otra. Y acabe por echarte del Paraíso, demasiado tarde descubierta la trampa. Has de comer del Árbol de la Vida, pasarte con tu Dios su fruto pletórico de realidades como una Coca Cola en el desierto. Y reír con él sin engaños entre lágrimas y sudores, en el centro mismo del Edén, y acaso sin saberlo.


Foto: autor desconocido - Fuente: Internet

Sin sistema. El naranjo enano del patio después de mucho tiempo muestra brotes por todos lados, cuando nos sentíamos estafados. La rubia sonríe mientras me señala el todopoderoso milagro que viene a sumarse a los prodigios de la casa nueva, a la que le va saliendo el verde como extensión de su propia mirada.

Entre la aridez y las carencias, el cerco endeble ante la hostilidad circundante, la rubia se las arregla para arrastrarme de los libros y la computadora sin tiempo a los atardeceres de riego y barro, búsqueda de brotes y promesas en las manos.

Atardecer en el arduo milagro, agreste, sin magias, frágil y manchado en el que hemos quedado atrapados como en un renacimiento permanente. Entre el celeste y el verde, el verde. Tu verde, el que existe porque existes, porque no me faltas.

La soledad aerodinámica en conjunto, los álbumes del autoconvencimiento y la reafirmación, el ágil sopor y la fiebre del uso -rutilantes spots- no tienen la fuerza, el peso y el conjuro de los brazos abiertos a la vida. Y la vida aparece, si te apareces. Y el milagro se muestra si vamos juntos de la mano.

Sin sistema.

Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet

En la parte Norte de la ciudad, donde el asfalto de pronto se termina y grises casitas se apiñan entorno a las fábricas, este invierno de viento y polvo, sin nada de agua, decenas de barriletes se levantan a diario desde el amplio patio desolado de la pobreza.

Los sostienen changuitos de canillas sucias y delgadas, zapatillas gastadas, sonrisa inacabada, casi clandestina, todavía inmune. Los remontan desde la tierra reseca y pedregosa de los sitios baldíos; desde el silencio y las palabras amontonadas que se igualan al silencio; desde calles surgidas de miradas cansinas y sueños sin memoria; desde el rejunte inútil de olvidos, desamparos y broncas; desde el techo de las casas, como antenas en contacto directo con la fantasía y la calma, lejos de las torpezas del dolor.

Aquí la mayoría de las barriletes son negros, pero desafían el diario luto, el desgaste imparable de la ilusión, matices y caídas. Aquí, las bolsas plásticas que deberían contener la basura extienden alas para distanciarse de la basura que se acumula en cualquier parte, y se transforman en cometas. Y son los niños los ásperos magos de siestas, atardeceres y noches. Con bobinas gigantes y mixtas, porque el hilo se encuentra y se añade sin problemas hasta hacer una fraterna mixtura, pasan las horas inventándose un vuelo silencioso e intocable, como en oración. Una oración de inocencia despierta.

Hay que aprovechar el viento, soltarle hilo poco a poco, sin detenerse, hasta dejarlo "serenito" en el cielo, como explica el Gordo a los que observamos atentos sus manitas sucias y rápidas tironeando firme, esquivando el golpe en la región golpeada. Sus amigos ríen y cuentan: "el Gordo se hizo un barrilete tan grande, con una bobina inmensa, y lo remontó tan alto, que decía que iba a tapar el sol". Acaso no el sol, pero la escasez y la tristeza quedan eclipsadas por un rato en la parte descolorida de la ciudad. A tironcitos, los niños escamotean trozos de su propia infancia a la postergación. Y porque sí, porque así debe ser, despabilada y de negro, guerrera, la echan a volar.


Foto: J. M.

Me han robado tanto... que he terminado por comprender que fue esta una forma de pagar para que se quitaran de mi camino; para conservar el brillo de una ilusión, una fe, un símbolo; despojarme para hacerme valer ante los ocultos ojos de un sueño. Mi historia, como todas las historias, es un trayecto de humillaciones y orgullos, de dignidades y afrentas, más todavía no de derrota.

Me han robado tanto, para que no perdiera.

Mi gran apuesta ha sido por lo invisible, y más: por lo improbable. He dejado florecer los hechos hasta convertirse en luz y extinguirse. Mis medallas son las desgastadas cursilerías que entre las manos aprietan los locos. Me he quedado sin palabras y convertido en fisura teniendo los argumentos más irrefutables y sólidos. Mi dolor podría ahogarme en cualquier cama o calle, más le está prohibido aplastarme. Casi siempre arrojo a tiempo hacia la orilla mi mirada, y tras ella alma y cuerpo emergen sin saber cómo. Sé bien que la muerte me sigue los pasos, pero acaso ¿no le rehuimos todos? Sé algo más: del amor que susurra más alto que la muerte; la pasión y sus Lázaros innúmeros; la recóndita cifra que una vez establecido el cese hecha andar huesos y relojes, puebla el mundo.

Me han robado tanto, para dejarme todo.

Si me preguntaran, no sé qué he defendido. Detrás de la barricada, lo que fue nunca es lo mismo, permanentemente se transforma, te acaricia y te devora. Pero me toca quedar herido, ser sobreviviente, regenerarme desde fragmentos alados o hundidos, en éxtasis o sacrificio; respirar, héroe o cobarde, antes de convertirme en sombra. O tal vez no, tal vez no soy más que el fantasma que vaga en un recinto en realidad desvastado, levantado trozos de imaginación y memoria. No siento ya el coraje y el miedo como en el pasado. Protegía, intacto, antes. Ahora, vivo.

Me han robado tanto, para darme cuenta de que no podían robarme. Para saber quién soy, quién fui, quién seré en el próximo instante.


Pintura: Vincent Van Gogh - Titulo: Noche estrellada - Fuente: Internet


Sin exagerar, agregó al canasto del supermercado un Lysoform, por las dudas; cambió el jabón de tocador de glicerina, con su color naranja, con su placentero aroma a cítricos, por el beige circunspecto de un jabón antibacterial con apenas una emanación indefinida; y también sin exagerar se dio una vuelta por el sector donde debería estar el alcohol en gel, como quien no quiere la cosa, sólo para comprobar que desde ya hace más de una semana permanecía agotado a causa de todos ésos a los que corresponde la palabreja que repiten periodistas, niños, locos y borrachos de cualquier parte del escalafón: "psicosis". En nuestro días, el primer reflejo, el más incipiente temblor en la geografía de la realidad, pasa antes por el consumo. Parece que todo cambio social es cambio en el consumo y, en definitiva, no pocas veces puede reducirse tan sólo a eso. En fin...

En los días siguientes, y sólo por las dudas, no pudo evitar acordarse, sin notorias diferencias, de Dios, la suerte, el destino, y la nunca bien ponderada madre que lo parió del compañero de trabajo que entre una lluvia de gotitas esparcidas desde su boca conectada a lo más profundo de su pecho silbante anunciaba compungido que parecía que no le bajaba la fiebre. Como amuletos, pronto la empresa proveyó barbijos y un gran pote de alcohol en gel. Fue efectivo: se sintió cuidado por los jefes, medianamente pertrechado, más seguro y afortunado que los transitaban expuestos más allá del mostrador, aunque todo esto tendió a relativizarlo. No fue necesario que su compañero faltara al trabajo, la fiebre desapareció, no era nada grave. Disminuyó la concurrencia con las vacaciones alargadas y los feriados sanitarios. No obstante, ambos optaron por pasar alcohol al mouse y al teclado al compartir el uso de la única computadora. Y, de recordarlo, siguieron aplicándoselo luego de dar la mano. La explicación resultaba obvia: "no lo hago por mí, sino por los de casa, los inocentes chicos, la frágil madre, la tía soltera, el perro inmunodeprimido. Ellos, pobrecitos, que culpa tienen..."

Transcurrió poco más de un mes. La ciudad zafó entre los escasos centros urbanos en lo que no se pudieron comprobar muertes por la peste y en los que los casos positivos y sospechosos no superaron la centena. El clima seco y cálido, el "solcito" al que nunca fue más oportuno llamar "el poncho de los pobres", sin duda habrá hecho lo suyo para que no pocos análgesicos y antivirus permanecieran en las farmacias, y pilas de envases de alcohol en gel rápidamente producido y repuesto por todas partes quedaran inmóviles a pesar del menor precio, y para que de una vez por todas se dejara en paz a los cerdos y se tomaran un respiro quienes reenvían mails conteniendo las últimas revelaciones sobre la conspiración tras el estornudo.

La inquietud se aplacó. Ya no se oye tanto "cuando aprenderemos, hacia dónde vamos, qué será del ser humano". Lamentaciones a un metro de distancia. Ya nadie se disculpa por dar un beso o lo convierte en un acto de supremo arrojo. De nuevo se disipa la niebla y el ángel exterminador nos deja para después sin dar explicaciones. "Todo aviso sirve", reflexionan incansables, pero sin poder evitar verse un poco decepcionados, los extremistas que luego de una rápida Revisión Técnica Obligatoria se encontraron aptos para encarar Juicio Final y viaje al más allá, en atractivo combo al que se suma la destrucción o envidia (o la envidia seguida de destrucción en el plan premiun) de incontables enemigos y no arrepentidos al alcance. También el representante de alguna incipiente tribu urbana guarda en el armario su esplendente mameluco plateado para una mejor ocasión, y vuelve a tomar mate con su frágil madre, la tía soltera y su perro inmunodeprimido.

Todo vuelve. El arrebato del tumulto, las obligaciones, de la velocidad y la compra-venta duró un instante y apenas si alteró las facciones de esta realidad imparable. El gesto humano de la fraternidad y el miedo vuelve a mezclarse y desaparecer bajo la máscara cotidiana. Vuelve a fragmentarse y debilitarse. Salimos, una vez más, de casa. El espectáculo del mundo nos recibe con los brazos abiertos y nuevamente domina las miradas. Despegamos por un rato, es cierto, entre geles y barbijos, religión y filosofía, encuentro y desamparo, coraje y valentía, razón y delirio, muros y caricias, higiene y barro. Vida y muerte definitivos. De vuelta nos adherimos, ahora sin nada que separe, tampoco sin que una nada. Infinitos. Interminables. Somos parte del show, que debe continuar. La cinta transportadora sin principio, ni final.

Comprobó todo esto. Terminó de pasarse el peine y se acomodó el nudo de la corbata. Despidió a su mujer en la puerta hasta diez horas más tarde. Mientras comenzaba a andar la vereda hacia la que muchas otras puertas como la suya daban y arrojaban en ese mismo momento hombres como él, que iban al trabajo, mujeres que hacían lo mismo o iniciaban desde la calle el aseo rutinario de la casa, niños con cara de sueño caminando presurosos al colegio, coches que saludaban con humo y ruido a la mañana, lamentó esta vez por última vez no haber encontrado el libro donde leyó lo revelador que sería someter en la sociedad moderna a una persona a un aislamiento tal que le impidiera tomar contacto con los artefactos de comunicaciones (teléfono, televisor, computadora, radio) por unos cuantos días, ni asistir a su trabajo, eventos o reuniones sociales. Creyó recordar que el autor de aquella reflexión concluía que posiblemente esa persona terminaría sufriendo una crisis o una alteración nerviosa, porque el hombre de hoy al perder contacto con su ser interior, y depender tanto de lo externo, no sabía ya estar solo.

En su mente, reconstruyó parte de sus propios razonamientos con el objeto de hacer presente para olvidar por fin después lo indispensable de aquella soledad para poder ir hacia los otros y poder ser con los otros. Y se dijo que el resultado de esa experiencia no variaría mucho si el aislamiento no comprendiera a una sola persona, sino a una familia, un barrio, una comunidad completa. Incapaz de seguir reteniendo las ideas en su mente y mucho menos de arribar a un desenlace convincente, terminó por trazar una línea imaginaria entre todo esto y los avatares de los últimos días. Como si se tratara del borrador de la nota que nunca escribiría sobre la Gripe A.


Foto: Oscar Monzón Moreno - Título: Soledad saturada - Fuente: Internet

Cierre a las pequeñas colecciones de fotos sobre obras de Klimt y Botticelli, con sus respectivos comentarios, que pueden ser leídos en las dos notas anteriores. Aclaro esto porque no faltan los que me acusan de que ahora me dedico a pegar fotos de mujeres desnudas como deporte o por pertubación de ánimo. Reitero: lean las notas que acompañan los álbumes y después sí, denme con un caño. Vamos a ver a que viene todo esto:

Borges, gran lector a su vez de incontables obras y citador de múltiples autores, se quedaba maravillado con un verso que aparece en un poema de William Blake (Inglaterra, 1757 - 1827), que para más datos, además de ser escritor y poeta, era pintor. Blake dice: "Y para ti atraparé muchachas de suave plata o de furioso oro". En realidad, el poeta hace prometer eso a una diosa mitológica al dirigirse a su amado.

Para el escritor argentino este era uno los versos más bellos y de metáforas más extrañas y logradas que se hayan escrito en la historia de la literatura. Lo interesante aquí es que Borges lo utiliza en un cuento para designar además de esos dos aparentes tipos de mujeres, uno más, que vendría a ser la síntesis. "Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla", describe, en quizás el único cuento de amor que había escrito hasta entonces, como lo reconoce en el epílogo de "El libro de arena" (1975).

Bueno, el tema es que, es cierto, hay mujeres de oro y de plata. Y más precisamente todavía de suave plata y de furioso oro. Sin que ninguna de estas categorías (limitadas como toda esquematización) implique el poner a unas por encima de otras. Sólo que son distintas, llegan a nosotros de forma distinta, se apoderan de nosotros y dejan su huella en nosotros de forma distinta.Van por este mundo, de manera distinta.

Pero aquella, la mujer de oro y de plata, la perfecta combinación, la preciosa y rara aleación, aunque soñadores y no tanto estén por igual tentados a negarlo, existe, también anda por este mundo, no pertenece únicamente a los cuentos. Y esta certeza acaso nunca podamos sacarla de nuestra pasión y nuestra lógica, aunque Ella nunca se atraviese en nuestro camino. Estará siempre presente, aún como fantasma, como pieza que falta al rompecabezas o acertijo, como recóndito eco de una promesa de los dioses incumplida, que juraron atrapar para nosotros en redes la plata y el oro femeninos. Existe, desde algún rincón susurra, aparece y desaparece. Y desde entonces, nunca, pero nunca, estaremos tranquilos. El hombre más dichoso es el que al menos un instante despierta para darse cuenta de que tiene a la mujer de suave plata y de furioso oro increíblemente consigo.

Pintura: Alejandro Boeris - Título: "Línea" - Fuente: Indexarte.com.ar

Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, alias Sandro Botticeli, pintó, al igual que Kilmt, algunas de las mujeres más hermosas del arte. Sólo que, a mi modo, de ver, desde un extremo diferente.

Lógico que la carga de erotismo está en los dos, la delicadeza con que Boticelli debe haber repasado la nariz en un perfil, o una fina y tenue boca apenas entreabierta, debe haber estado impulsada por algo muy parecido a la fruición con la que Klimt trazó la curva marítima de una cadera o el fulgor de una mirada bajo el remolino de cabello, flores y reflejos dorados.

Pero, al menos en mí (personalizo el efecto) las damas y doncellas de Boticelli, tan juveniles y maduras simultáneamente, representan un lado del universo femenino distinto de aquel donde me llevan los cuadros de Klimt. Están lejanas de todo, sí, pero aún más, no son palpables, más que lejanas, son inalcanzables. Cautivan, sí, pero desde el ideal, desde la firmeza difusa o la suavidad extrema. Melancólicas y sensibles, pero no débiles ni indefensas. Pálidas, exquisitas, límpidas, y acaso frías, emparentadas más con la inteligencia que con el desorden apasionado y la sensualidad, pero felinas, punzantes, eternas, implacables.

La desnudez de la mujeres de Boticelli, su intimidad, está en el rostro y la mirada, se la descubre ahí, aunque sugieran su delgadez curvosa o muestren sus cuerpos sin ropas. Leí una vez que una artista describía así a las protagonistas de estos cuadros: “¿Quién no podría querer a un ser tan sensible y recatado? Se las hace atractivas con esta personalidad sosegada, dócil y amorosa. ¡Y no les grites porque están a punto de llorar!". Es cierto, pero yo no confiaría tanto en eso, aunque suelen decir que "las mujeres inteligentes se enamoran siempre de una única manera: como tontas", tal vez después de llorar un rato, se marchen para no volver a mirarte nunca más. Y condenarte de este modo a una nada inimaginable, a una pérdida absoluta. Porque sólo entonces advertirás entre los amplios vestidos y el húmedo pañuelo, el filo de la espada a su costado. Y ya será demasiado tarde. El filo te abrirá una herida incurable.

Otro dato que anoto aquí: por sobre las diferencias en el efecto que causan las mujeres de Klimt y Boticelli, creo notar algunas coincidencias en las formas, que resaltan: por ejemplo, los cabellos, abundantes y con ondas, castaños claros o rojizos; la mirada huidiza, demasiado intensa al dejar de serlo; esa distancia de todo; y las flores que las rodean y que se ubican en sus ropas y cabezas, como es evidente en las Serpientes Acuáticas de Klimt y en la Flora, del cuadro La Primavera, de Botticelli. Llamativos parecidos entre un pintor del Renacimiento italiano y uno austríaco de fines del siglo XIX.



Pintura: Sandro Botticeli - Título: "El nacimiento de Venus" y "Virgen" - Fuente: Internet

He aquí uno de mis pintores favoritos. Famoso por las hermosísimas mujeres de sus cuadros, plenas de erotismo y de misterio. De miradas directas e incitantes y de cuerpos ligeros y ondulantes. Desinhibidas y muy lejos de todo al mismo tiempo, y quizás por eso más provocativas.

Klimt fallleció en 1918, dato que sorprende a quien observa hoy sus obras. Son tan actuales.

Si bien gozó de reconocimiento en su época, debió afrontar la censura y, luego, que muchos de sus cuadros fueran rotulados dentro del "Arte Degenerado", confiscados y destruídos por los nazis. En su retirada de Viena, estos "genios" incendiaron el Castillo Immendorf donde acumulaban cientos de obras de diversos artistas. Y todo para que no se hicieran con ellas los soviéticos o por hacer lo único que dominaban: destruir. Así, se perdieron algunas pinturas fantásticas de Klimt que en la actualidad sólo se conocen por fotografías.

Acá van algunas de las mujeres más bellas del arte, compuestas de oro, flores y sedas, poderosas, imperturbables y fecundas. Eróticas y relampagueantes ninfas de las que es bueno rodearse en las noches, sobre todo, como adictivo antídoto contra la melancolía.

Una curiosidad relacionada que puede ser una buena idea o un desastre puede encontrarse en: www.behance.net/Gallery/La-Esencia-de-Klimt/50709



Pintura: Gustav Klimt - Título: "Serpientes Marinas" - Fuente: Internet

"Los que más bolsones entregaron, sacaron menos votos”
(Luis Beder Herrera, gobernador de La Rioja, presidente del PJ, sobre los candidatos de su mismo partido)


"Hubo menos dinero para bolsones y más para afiches. La plata de los bolsones salió recién los últimos días"(Opinión de un productor publicitario)



Cuando el hartazgo se endurece muchas veces aplasta en resignación o estalla en esperanza. Esto último creo que pasó en las últimas elecciones en La Rioja, donde después de muchos, muchos años, la oposición obtuvo representación en los cuerpos legislativos nacional, provincial y municipal -todo junto-, con cifras de votos considerables con relación a varios de los candidatos del oficialismo, hasta ahora ganador absoluto.

La población expresó su disconformismo: ¿Contra la dádiva de los bolsones? ¿Contra los muchos afiches y los pocos bolsones? ¿Contra el Gobierno nacional o el provincial? ¿Contra los políticos de siempre? ¿Contra la abundancia de candidatos y la escasez de propuestas? ¿Contra el adelantamiento de los comicios con fines poco claros? Hartazgo y esperanza. La anemia de aciertos al momento de interpretar y de dar con intereses y necesidades reales de la gente naufragó fácil en la profusión de contras. Es decir, sobraron razones para decir no. Y ahí destelló la presencia de esos tradicionales "convidados de piedra" que supieron colocar un "no" preciso en sus banderas: "El gobierno NO necesita más poder, sino más control", fue el slogan.

Incluso, días antes del domingo, en una desafortunada intervención a través de un spot televisivo que más que marcar rumbo sólo sirvió para reforzar la impresión de desesperación, el líder del oficialismo se ocupó de poner en relieve que "lo que hace la oposición, es votar contra" y retóricamente se preguntaba: ¿Para que queremos alguien que esté en contra? Los resultados se encargaron de demostrar que el electorado, por múltiples motivos y aún con una vaga idea, requería justamente que alguien se pusiera en contra.

Sin entrar en demasiados detalles, lo importante es que como nunca ese NO surgido del hartazgo parece no haberse decantado -como podría suponerse- en la bahía inmóvil, aletargada de la resignación, una de sus posibilidades. Sino que como un extravagante fruto de invierno aparece depositado en la concavidad humilde de la esperanza. Según algunos datos, votó más del 78 por ciento del electorado de un padrón de más de 200 mil, los sufragios en blanco fueron cerca de 10 mil, ciertas encuestas a boca de urna indicaron que la oposición recibió un gran caudal de votos en los barrios más populares y humildes de la Capital (a pesar de la entrega de bolsones antes y durante la veda electoral), y no faltaron los militantes del justicialismo que "pidieron permiso a Perón" para apoyar en esta ocasión al radicalismo(que logró en el estamento de diputado nacional unos 52 mil votos). La atribución de lo sucedido a un rechazo por tal o cual figura política o a una Reforma Constitucional cuestionada por los mismos aparentes "beneficiados" resulta insuficiente para abarcar un cambio escurridizo a los fórmulas acostumbradas, y más: roza la subestimación de los electores, algo que este comicio vino precisamente también a echar por tierra.

Singular, sorpresivo NO ubicado junto a la esperanza. Por encima de la propaganda, los discursos vacíos, la asistencia desvirtuada por quien intenta transformarla en canje, el abuso, la imposición, el oportunismo. ¿Será que cada vez es más díficil disfrazar de gesto "magnánimo" en busca de provecho personal lo que en realidad es un derecho del que recibe, una ínfima parte de lo que le pertenece? ¿Será que en el cuarto oscuro se enciende cada vez más la conciencia o de última la decisión personal, por el motivo personal que sea, arrinconando el automatismo y la indiferencia? Ese NO tiene un único dueño: el pueblo que se manifiesta. Y tiene al menos un significado palmario: el hartazgo.

Hartos de una forma de hacer política que confía más en el marketing que en la solidaridad llana, hartos de los constrastes entre lo que se dice y lo que se hace, hartos de que se intente inspirar sentimientos desde un fanatismo frío y barato, hartos de traiciones y carencias que desbordan índices y silencios, hartos del bombardeo del sin sentido que se para sobre los sueños de cualquiera sólo para ver crecido el egoísmo, hartos de que la honestidad sea reemplazada por una pantomima, de que se mienta sin pestañear siquiera, de que siempre haya un principio a mano para desodorizar la conciencia, una justificación para lo injustificable, una explicación que le saca olímpicamente la lengua al más común de los sentidos, de que aquel al que se le pide el voto de pronto ni siquiera sea digno de un trato de persona a persona, es decir, de que se considere su historia, se valore y actúe en base a su circunstancia y su presente, y se acompañe su proyecto de vida. Persona, NO cosa. Es bueno recordarlo cuando se discute si el fracaso electoral de unos y el éxito de otros dependió en mayor o menor medida los muchos o pocos bolsones de alimentos que se repartieron para influir en el voto.

Y es importante entender que sea como sea que este NO vino a depositarse en la esperanza, lejos de la resignación y de ser un premio es un desafío para quienes estén dispuestos a hacerse cargo. No es un fruto dulce y tal vez no podría ser de otra manera, he ahí el recodo, el desplazamiento fuera de los límites. Sus raíces no son dulces: recogieron demasiadas angustias, decepciones, cansancios, dolores. Una corteza dura lo recubre. Su peso es enorme, igual que las tensiones que lo recorren. Exige el mayor de los cuidados. Y sin embargo, tiene la simpleza del pan que florece en un SÍ ante los ojos humildes que lo presentan a la vida. A esa altura, nada menos, están llamados a ponerse los que deseen honrar a la política, sean del partido que sean. Al pan de la dignidad no lo tapan los bolsones.

Foto: Radio Fénix La Rioja - Fuente: Internet


El concejal capitalino Enrique Escudero impulsará dos proyectos de ordenanza municipal en el Concejo Deliberante. Y los dos están de algún modo relacionados, aunque a primera vista nada tengan que ver el Dengue y el Porno.

Cierto que no se puede descartar que la pornografía no derive en alguna afección, si no porque para muchos incentiva la promiscuidad o resulta insano para la psiquis, al menos por los riesgos que acechan a los protagonistas de las maratónicas sesiones sexuales del género triple X: desde el simple resfrío por permanecer "al aire" demasiado tiempo hasta algo mucho más serio.

Sin embargo, siempre es posible encontrar alguna relación, como se dice: todo está vinculado con todo. Y en las banderas levantadas por el representante de los vecinos en el honorable Concejo surge un elemento de cohesión: las gomas. Sí, señor. Los proyectos de Escudero apuntan uno a reforzar "la prohibición que rige sobre la exhibición de revistas pronográficas en la vía pública, y el otro a que las gomerías no tengan a la intemperie las llantas". Aquí puede leerse el comunicado de prensa.

En síntesis: gomas a la intemperie, a la vista de todos, al viento, no. Ni de las que pueden encontrarse renovadas cada semana en los kioscos, capaces hasta de marear y hacer caer del renglón la mirada de aquellos que van a comprar Le Monde Diplomatique, la National Geography o la Ñ de Clarín; ni tampoco esas que se asoman a la calle, apiladas, abandonadas a su suerte o en muchos casos remozadas para la venta. ¿Pero alcanza esto para distinguirlas lo suficiente? Quiero decir las que sirven para los vehículos, las llantas o neumáticos.

Las primeras escandalizan a algunos y fatigan a los vendedores de las revisterías que deben volver a los niños hacia los cómic; soportar la reprimenda de las señoras que en un ágil movimiento extraen con dos dedos del fango de la perdición hecho escaparate la revista de Susana o el último fascículo de manualidades en goma eva (epa!); no caer en la trampa de la culpa al ver como dos se separan para siempre: la mujer saliendo furiosa del local, el hombre soprendido, sin poder reaccionar, con el poster de la vedette en las manos; o controlar la masiva concurrencia masculina y solitaria de los que no compran y están casi una hora picoteando a zarpazo limpio.

Al ojo avizor del edil seguramente no se les escapó este circuito que envuelve a las denominadas "revistas para hombres". Y algo irrefutable hay: las publicaciones porno-porno hace tiempo que deben envolverse en discretas bolsitas oscuras; pasa que ahora abundan otras que explotan un lado más erótico, pero cuyas producciones fotográficas desde la tapa son cada vez más osadas en busca de ávidos lectores: tremendas mujeres de la farándula dejan la sugerencia junto con las ropas íntimas y van derecho a lo explícito. Sobre todo, en lo que parece culturalmente aceptado y viene de a pares.

Las segundas gomas, las de lugares especializados en parches y pinchaduras, pero sin quirófano, no escandalizan tanto, a menos tal vez que se les sume como extra cierto exhibicionismo de la parte de atrás que desarrollan con naturalidad los encargados junto con la pancita; me refiero a la rayita identificatoria por arriba de los pantalones (pero esto acaso más que enardecer, resulte deprimente, de una melancolía sorda). No, la razón de que el concejal las tenga "en la mira" es estrictamente sanitaria: por lo general, estas gomas "acumulan agua, lo cual luego traería aparejado el mosquito que transmite el dengue". Las otras, los portentos de carne y silicona, acumulan ojeadas e inspecciones, y traen aparejados a desprevenidos y babosos vocacionales. Verdaderas plagas por su número, en ambos casos.

Como sea, Escudero ha salido en cruzada contra las gomas y recibirán el ambate sus fieles y sacerdotes en uno y otro continente: mosquitos y mirones; gomeros y revisteros. Nada fácil. En el revuelo no faltan rebeldes que proponen extrañas transmigraciones dignas de los encantamientos del sabio Frestón que tenían a maltraer al mismo Don Quijote: "quien pudiera ser mosquito para crearse un habitat en gomas de la Farro, o ser su gomero y atender urgencias como esas, o cambiar de gomas a la intemperie por una hora..." y otras ensoñaciones por estilo que por aquí se comentan.

A varios kilómetros, desde la módica altura del mirador de la loma del Calvario, la ciudad se extiende sobre la paz de la tarde, la palma abierta del sol y los secretos del viento. Herencia y estreno. Aún es posible abarcarla con la mirada casi en su totalidad, por eso mismo acaso si no deslumbra por su magnitud o su belleza, apunta justo a los afectos, se hace querible sin argumentos, gana desde la ternura, convence en el abrazo.

Aquí el alma se despeja y refleja. La mirada se hace aguda, reconoce y se amplía. Aquí cesa la presión sobre el asfalto, la gravitación alrededor de la necesidad y lo ajeno. Aquí el espíritu se arremolina en sí mismo para multiplicarse hacia lo demás, para internarse en varios lugares al mismo tiempo, por mil senderos, lapachos y palos borrachos, calles, barrios, realidades, a vuelo de pájaro. Sin la urgencia por comprender, sin orientación predeterminada, sin llamado ni espera, sólo por pasear con las ventanas abiertas.

Y de a ratos, la memoria se cuelga de la leyenda, y en el vaivén, retorna convertida en promesa. Por sobre el hombro, se intuye el señorial alcance del vigía primigenio. Al encuentro salen los afanes y mixturas de quienes sostienen hoy a la ciudad como destino y elección. Es éste, lugar de encuentro. Lo fue y lo será. De unos con otros. Y de uno consigo mismo.

Alejarse, para acercarse. Apartarse, para ser parte. La ciudad se extiende, al tiempo que puedes cubrirla casi entera con el pecho; se ubica en la mirada y en el oxígeno que te renueva. Reúne en el silencio de la tarde de domingo el inconmovible gesto del edificio de una decena de pisos en contrucción con el aroma que lentamente se desprende de la precaria parrilla del vendedor de tortillas (el sol se repite entre las débiles brasas). Desciende, apacible y buena, en una curva de dulzura. Trepa expectante y liviana en el vértigo tornasolado de lo que nace y muere en trayecto de la calidez a la sombra helada. Se confunde en la argamasa y el telar transparente de los sueños. Te transmuta, sin más, en gorrión y en águila. Te hace uno y todos, en un único vuelo. Vuelo de pájaro. Corazón en tierra. Ciudad.


Pintura: "Hand catching a bird" - Autor: Joan Miró - Fuente: Internet

Tu partida, poeta -no voy a mentir-, me encontró alejado de tus libros. Físicamente alejado, como vos ahora de este mundo con el que dialogaste de alma a alma y de lado a lado. "Físicamente" para dejar claro que hay personas y cosas que pasan a completarnos, que se vuelven parte de nuestro ser, que van donde vamos y permanecen más allá de todo, incluso del amplio e inaplazable manto que extiende poco a poco, o súbitamente, sobre nosotros la muerte. La distancia entonces no existe. El tiempo de algún modo se anula. Ni siquiera podemos hablar de recuerdos, reliquias o paréntesis. Mucho menos de partidas. Se trata de algo más... una continuidad aferrada a la vida, una disolución en la sangre misma, un leve temblor al borde de lo eterno. Un hálito que circula y se transmite de forma lenta de un ser a otro y que aún dará vueltas en la soledad más absoluta, como la intensidad y cifra de este adagio que escucho mientras te escribo. Así quedas para nosotros y para los que con dicha te descubran luego, Mario Benedetti. Así viven en mí tus libros, tus palabras, poeta. La belleza y la conciencia con la que me asombraste, conmoviste, encendiste, consolaste, en todo caso me despertaste, y me hiciste tu prójimo.

Fue un encuentro a mitad de camino. Entre tu labor creadora y mi contemplación, entre tu hacer y mi conocer. Y visceversa. Por eso lo contemplado me parecía al mismo tiempo tan vivido, lo tuyo tan mío, porque nunca cerraste las ventanas, y supiste acercarte, conocerte y conocernos para escribirte y escribirnos. "Biografía para encontrarme", sostienen que se titulaba el libro que hacías cuando la enfermedad detuvo tu bolígrafo con punto final o puntos suspensivos, vaya a saber. Decías: "muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie".

"Poeta militante de lo cotidiano", "Poeta del compromiso y la alegría", "Poeta cordial, urbano y popular", "Poeta del amor y las utopías", creo que te definieron por ahí. Mi poeta. Esa fue la oportunidad que me diste, en estos tiempos que corren por carriles a veces tan distantes de la poesía. Como a muchos otros, me diste la oportunidad desde temprano de tener mi poeta.

En mi adolescencia iba de Neruda a Benedetti sin escalas ni dudas, siempre a mano. Uno me deslumbraba, el otro me acompañaba. Ambos son los autores con mayor número de títulos, incluso repetidos, en mi biblioteca. Gasté "El amor, las mujeres y la vida" en noches de éxtasis o insomnio, en traslados adonde fuera que me hiciera falta la poesía, en amaneceres filosóficos de asesoramiento sentimental y cartas por encargo para los compañeros foráneos de la facu, en crueles cantos de guitarra desafinada en la habitación a la que volvía luego de largas caminatas solitarias. Incluso, de allí tomé los primeros poemas que envíe por mail, varios años después, ya con el furor de los nuevas tecnologías. De Colombia a Mar del Plata iban los versos que decían: "Ahora que empecé el día / volviendo a tu mirada". Por otro lado, "Gracias por el fuego" es una de las novelas que tengo con más líneas subrayadas. Y en cuanto a la escritura (mis esmirriados poemas) algunos puntos y comas se me hicieron innecesarios, reafirmé que podía hablarse casi de cualquier cosa, de manera directa y apenas jugando con los rodeos, que la ternura era preferible a lo grandilocuente,que el compromiso tiene formas honestas y no puras, que la sencillez no es una moda e implica también jugarse, y que por pausas y espacios se abría la grieta para pasar a la confesión del coloquio.

Transcurrieron los años. Mario Benedetti, poeta, es cierto, últimamente ya no te leo como antes. No traje tus libros a esta casa que ahora comparto, se quedaron hace varias mudanzas.(Pensar que llevaba tus cuentos en mi mochila, en lugar de los libros de Derecho, el día que estos ojos verdes que amo me encontraron en una plaza). Pero creo que vos me entenderías. Entenderías este abandono de la biblioteca para salir a la vida, este escribir a la luz y en el aire, este someter a las palabras al desafío de cruzar la calle y mezclarse. Seguro entenderías.

Por mi parte, sigo sin tener dudas de que tu obra pervivirá entre nosotros y se extenderá siempre que sea necesario decir desde el calor y la unión, la solidaridad, el corazón. Casi como un reflejo, unos días antes de tu muerte física -el 17 de mayo- pensé en tus poemas al momento de intentar acercar por encima del TV, el MP3 y el Messenger, un poco de poesía a los intrincados sentimientos de los adolescentes de casa. Y ya sentía la falta de las páginas por las que hablabas. Después los diarios se encargaron de traerme la noticia de tu partida a los 88 años mientras cumplía la rutina de mi trabajo. Nunca te imagine enfermo ni con esa edad. Cómo hacerlo.

Poeta, mi poeta, uno de mis grandes elegidos. En medio de la tristeza y de la fuerza incolora de la oficina, que tan bien describiste un día, al enterarme de inmediato tomé uno de los atajos que también tomaste e inventaste: abrí tus versos a pesar de las imposiciones y el horario y los fui encendiendo con mi mirada, contra la soledad. De a uno echaron para atrás a la pena. De a uno dieron con la muerte y la invitaron a cantar. De a uno te diseminaron contagiosamente por la vida, de la que nunca te fuiste, ni te irás.

El fuego responde a otro fuego. Un poeta retorna siempre de la vida a la vida.


DESDE LOS AFECTOS (Mario Benedetti)

Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad malsana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...

Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?


Foto: autor desconocido - Fuente: Internet

Día de pago en el Parque Industrial de la ciudad. Lo sé porque de pronto al supermercado ubicado en esa zona, al que yo acudo sólo de paso (sólo de paso se está volviendo una modalidad cada vez más extendida entre los pobladores por estos días, ciertas costumbres se pierden inexorablemente con la crisis), le surgieron largas filas de personas en los pasillos por lo general sin demasiada concurrencia. Los rostros morenos, cuarteados por el tiempo, el sol, los vientos, el dolor y la carencia se siguen unos a otros despejados y sonrientes, como una enredadera que entre espinas y hojas rugosas desde el tallo reseco ofrece la luminosidad invencible y peregrina del florecimiento.

El florecimiento silvestre de la pobreza, a kilómetros de los manuales de economía con su equiparación a la prosperidad financiera. Si tuviera que tener un color sería el blanco. Un aroma, el de la lluvia. Una voz, el moroso silencio entre la expectación y la ceniza. Florecimiento en el sacrificio y el cansancio del trabajador.

Afuera hace frío. Adentro hace frío también. Con sus luces artificiales; con sus torres de latas y sus muros de botellas; con sus mostradores cascada de lácteos, carnes, confituras y verduras; con sus agregados de perfumes, prendas y loza; y sus aburridos empleados de parsimonia repetida en uniforme, quizás el supermercado se parezca esta noche aún más a una caja de zapatos de un número mucho más grande. Y es que la hilera sonriente de cuerpos delgados y ropas húmedas por el invierno se apretuja entre los canastos de exiguos productos consciente de no poder recorrerlo ni abarcarlo todo.

Apenas hay un carrito o dos no muy llenos y los clientes pasan rápido por las cajas, haciéndose bromas entre ellos, apelando a la tarjeta de crédito, al ticket, a la tarjeta social en la que este mes desde el gobierno se anuncian 107 pesos para las familias de cuatro miembros, 135 para las de cinco (¿Algo así como 27 pesos por mes por cada uno? ¿Casi un peso por día para salvaguardar el derecho a alimentarse del niño, el adulto, el anciano? No sé, acaso estoy equivocado, y ojalá así sea y el ministro - candidato orgulloso del anuncio con razón pueda decir que esto es una conclusión absurda, una estupidez ofensiva e indignante que demuestra un desconocimiento absoluto de la realidad. Ojalá). Mientras, los menos desdoblan el billete que ganaron en las largas jornadas en los talleres de las fábricas, donde ya desaparecieron varios compañeros. Los despidos, suspensiones y cierres empujaron a muchos a la intemperie de salir a buscar changas, conformarse con el subsidio o permanecer en casa. Estos que hoy hacen fila en el supermercado tienen suerte. Son hombres y mujeres abrigados por la dignidad de un salario.

Así florece la pobreza. Para dentro, en el frío y la sonrisa. En la humedad interna que enfrenta a la sequía externa, que hace flexible al carente frente a la dureza aplastante. No en el sentido del cálculo o el prónostico, cualquiera sea. Sino en la negación del vacío, de la desesperanza, del desamparo. Una y otra vez. Límpida, silenciosa, imposible de cortar, urgente. Así florece la pobreza, así transita. Más que como flor, como destello de una raíz añeja que busca su destino en la profundidad.


Pinturas: Raíces - Autor desconocido - Fuente: Internet

El animal lleva varios días abandonado. Los vecinos lo echan de sus portales, pero siempre regresa, cada vez más indiferente, como dispuesto a todo. Ya no le importa que le arrojen agua, que le griten, que lo azoten, o le tiren piedras. Se levanta para dirigirse a otra puerta y así va cumpliendo un círculo alrededor de la plaza. Flaquea. Desde mi pequeño departamento, escucho; los vecinos se quejan desde temprano: el animal tiene sarna, garrapatas, el animal apesta. Es un peligro para los niños que juegan en las hamacas. Ya tienen sindicado un responsable, a falta de aquel que lo echó primero. Los perros del vecindario ladran. El animal se acerca. Los vecinos no exageran; en mi entrada yo también he encontrado al animal sarnoso, con garrapatas, al animal hediondo. Lo corrí como todos. Tiré insecticida. Ahora está de vuelta. Empiezo a sentirme con bronca y extrañamente culpable. La murmuración indignada de la cuadra. La insistencia desesperada y mañosa del animal. Los niños incapaces de apartarlo y negarle la esperanza. Desayunarse con esto, después de una mala noche, el estómago vacío. Como si uno no tuviera bastante con tratar de acomodarse, acabar de una vez la prolongada mudanza, sacar algo productivo, imprimir un gesto. Mejor encender la radio, poner agua a calentarse, empezar a tantearse la perplejidad y el tedio; la soledad. Acallar lo demás con el propio funcionamiento. Empezar a funcionar. Desde mi departamento alquilado, pequeño, escucho; ya ladran de nuevo los perros. El animal se acerca. El animal afuera, enfermo e inmundo, seguramente se arrincona otra vez en mi puerta. La furia del vecino y sus guardianes se renueva. Maldita la hora en que llamé al animal y le di mis galletas.


*Cuentito premiado hace ya varios años en el concurso "Ricardo Mercado Luna", organizado por la entonces Agencia de Cultura. Una especie de fábula.

Pintura: Antonio Berjillos - Ojo

Y cuando fue que tu tremenda lucidez, tus infinitas opciones, tus placeres repartidos te convirtieron en el hámster que hace girar y girar la rueda sin parar, atemorizado de verse en silencio y sin barrotes? Miedo, miedo, MIEDO... que es lo que menos quieres aceptar. Les pasa precisamente a los más duros, a los que enfrentaron tormentas sin refugio, a los que aprendieron a no esperar. Un día te dijiste que abrirías los ojos para no soñar, de pronto, te asombraste de tu capacidad de obtener de todo su radiografía, y rompiste del mundo su papel de celofan. Te declaraste libre y con visión clara, lejos del engaño. Negro sobre blanco. Filos por todos lados. Cúspide. Rayo. Rasante vuelo por sobre los demás. Los interminables juegos de la razón y la estética... ¿Cuánto? ¿Cuánto más soportarás? Antes de venir nuevamente por tus sueños, antes de arrojar tus muebles y banderas fuera de la casa, antes de volver a recibir la tormenta los brazos abiertos y a la cara, antes de deshacerte del engaño invisible en el que te has envuelto -vos que te creías inmerso en la vida- para ya libre de tus propias interposiciones, recuperarte. Y a la esperanza. Recuperarte. Y al escalofrío. Recuperarte. Y a lo incierto. Recuperarte. Y al miedo. Sí, al miedo. Pero ahora seguro de que te pertenece tanto como la caricia que te lanza de nuevo sobre la cuerda floja de la vida y su red, su inmesa red, de papel de celofan. No hay más límite que el de tu propio aprendizaje. No hay más garantía que lo que hayas venido a buscar. No hay más refugio que el del amor. Ahora sí. Ahora puedes llorar.

- Papá, no voy a ir a ese cumpleaños. No tengo regalo - lágrimas que se suman a la casa más triste, a la casa sin mamá y con papá desesperado.

- ¡Cómo no vas ir! Es tu mejor amigo, es el primer cumpleaños al que te invitan... Me dijeron que te están esperando. No importa el regalo.

- Sí importa, todos van a llevar algo.

Las manos de papá buscan en sus bolsillos. No encuentran nada. Papeles que aparentan ser billetes y se guardan rápido. Decide:

- Vamos, vamos al almacén, dale que no llegas.

En el almacén sólo tienen una inmensa pelota inflable de todos colores. No hay más que elegir. Esa.

Breve charla entre papá y el almacenero. Promesas, explicaciones. Por fin, hay acuerdo. La mano del hombre más bueno del mundo se relaja apretando la mía.

Pero hay un problema. No hay papel de regalo. Hay galletas de todo tipo y tamaño en cajas de metal, todas las variedades de detergentes, caramelos de todos los colores y fiambres de tres o cuatro marcas. Hasta hay forros para cuadernos tipo araña y papeles afiches blanco y celeste, de esos que llevamos a la escuela siempre. Pero no hay papel de regalo.

- No importa el papel - intenta el almacenero con una mueca. Pero papá ya ha decidido:

- Sí importa.

Y busca, busca con la mirada, hasta que lo encuentra.

- Ese papel de ahí...

- ¿El de celofan? Es amarillo...

Yo también pienso que es amarillo y se va a ver todo y que no tendría demasiado sentido llegar con un regalo, que debería ser sorpresa, y que no debería ser un pelota comprada en el barrio, envuelta en un papel casi transparente. Inocultable, tan grande como es. Imposible llamarlo a un rincón a Juancito, darle la pelota, o dejarla simplemente a un lado, sin que nadie lo advierta.

Pero ya es tarde. Y no tengo fuerzas para oponerme. He llorado todo lo que tenía que llorar. Es un desastre y deberé dejarme caer lentamente por el desastre. Mi padre, con empeño, en un segundo para no acabar con la paciencia del almacenero, ha envuelto la pelota lo mejor que pudo. Y queda comprobado que el hinchazón de colores se ve por completo. Y parece una broma revestido de brillante amarillo.

Papá sonríe mientras me presenta el regalo. Debe haber dicho esa muletilla que tanto uso yo cuando resuelvo algo: - Ahí ta. Y nos vamos, cruzamos la avenida de la mano, yo con mi desastre a cuestas. Al pasar por casa, mi hermana mayor lo aumenta: busca un enorme moño de cinta blanca y lo pone, ante la alegría de papá y mi silencio de condenado sin remedio. - Mejor no voy... - pienso, pero ya no hay vuelta atrás. De ahí a tocar la puerta del vecino, con el sudor pegado a mis espaldas, a mi frente, a las manos que sostienen ese globo terráqueo del rídiculo, mi consagración de payaso. La timidez me aplasta y estoy solo, es la primera vez que asisto a un cumpleaños solo.

De pronto la puerta se abre y ahí nomás está la mesa larga con todos los chicos del barrio. Doña Matilde me anuncia como un gran número, no puedo hacer nada para detenerla:

- Miren quien está aquí...

Mudo, entro. Intento sonreír, no sé si me sale. Antes de que pueda explicar el porqué tengo una pelota gigante de todos colores envuelta en papel celofan amarillo que me cubre los hombros y la cabeza, Doña Matilde me saca ese peso de encima y la hace llegar a su hijo, del otro lado de la mesa, haciéndola pasar de mano en mano por los chicos que ríen divertidos, pero sin descuidar su chocolate.

- Qué bonito regalo que te han traído Juan... ¿Cómo se dice? Gracias, así es. Sentate, hijo. Te voy a servir chocolate antes de que se enfríe, te tardaste, ya te íbamos a ir a buscar...

Yo tengo una explicación, en mi cabeza hay una disculpa suficiente, acaso como la que papá dio al almacenero, pero nadie quiere oirla. No importa. Eso sí que no importa. No hay tiempo, pronto estoy riendo, tomo un sandwinch, una masita, el chocolate está riquísimo y están las hermanitas Barrera sentadas justo enfrente mío. Jugaré toda la tarde, haré rebotar una y otra vez entre risas la pelota.

Más tarde, llegaré junto al hombre inolvidable, que suele sentarse al anochecer en la verjita de la puerta a fumar su cigarrillo, y tocaré su mano larga, áspera y nudosa, y me reclinaré en su regazo, en sus pantolones desgastados, con quemaduras de pucho y olor a imprenta.

Más tarde tendré la mano cálida del imbatible mago del papel de celofan sobre mi hombro, seré parte de la sabiduría de quien sabe reconocer lo realmente importante, habré compartido la alegre gesta del que convierte el llanto en una suave pelota de colores.

Veré sonreír al hombre más triste del mundo.

Foto: Roixa RRG - Fuente: ArteLista.com

Domingo por la noche en la ciudad pacífica. La gente, saliendo lentamente de misa sin encontrar la brisa que le amortigüe el agobio, comienza a desparramarse en distintas direcciones. El calor aplasta, el calor estampa una sensación salobre y rígida que se agudiza entre el asfalto y las paredes. Cuesta respirar. El encajonamiento se adhiere a la piel igual que las ropas; inútilmente el cuerpo lo rechaza, inútilmente espera una fuerza extraña que lo libere de la rigidez pegajosa. Se mira al cielo como a un falso cielo, como a una mezquina tapa, con nubes también mentirosas. Alguien o algo nos roba el agua y los vientos, y convierte esto en un caldero de día y de noche. La atenuada oscuridad se muestra inerme frente al ímpetu enemigo, la luna -obsoleta heroína- se esconde humillada bajo una nube de gasa. Nada nos trae alivio y todo no cesa transmitir la quemazón y el sopor resultado del dilatado asedio del sol, que ahora sólo descansa.

A las pocas cuadras la rebeldía contra el clima se evapora, o se pierde en algún húmedo bolsillo. En la ciudad pacífica no hay lugar para ésta, ni para ninguna otra muestra de rebeldía, fuera de las programadas. (- Pero si yo me quejaba por el calor que hace... - No importa, dónde dice eso, en qué pasacalle, en qué discurso, en qué formulario de recolección de firmas...) En la ciudad pacífica no hay lugar para ésta, ni para ninguna otra muestra de rebeldía, fuera de las programadas. Lo dijo el atildado locutor de un noticiero de la noche. Ése que no suda ni siquiera cuando miente.

Los bares y los locales de comida comienzan a llenarse. Otros conquistan un banco de plaza y de ahí no piensan moverse hasta que no refresque. Pocos caminan mirando las mismas vidrieras de siempre; pronto se agotan y desisten ante la fiebre que despiden cristales y baldosas. La mayoría son jóvenes y sonríen, alejados de toda noción sobre Quiroga, Varela o el Chacho Peñaloza; aunque algunos ya se estrenaron en el beso al caudillo. Alguien está pensando en ellos en este preciso momento, mientras se relame el bigote en bermudas de domingo. (- Es necesario que comprendan rápido que esta es tierra de tradiciones... Después de todo hasta el más indócil tarde o temprano...) Los jóvenes sonríen aparentemente distantes, distantes y distintos; luego -o a más tardar el lunes- serán el orgullo de esta concordia de caracteres apacibles y conformes, en lucha contra el puerto. (- No lo dije yo, lo dijo el último pasacalle).

Territorio pacífico. Aldeita de aceptación. Apacible, fraternal, aplacada. Donde nadie molesta a nadie. Salvo el más pobre al pobre, y el calor. Donde las rebeldías se evaporan o se guardan en un húmedo bolsillo, lejos de la mirada condenatoria del vecino o del irresistible carisma del "decididor". Y el calor, el calor lleva a todos a las confiterías o directo a la cama y permanece en las sábanas dificultando la escapatoria del sueño. La sana y popular escapatoria este día incandescente no se hace nada fácil, aun cuando "el ambiente" esté "tranquilo" y los cánidos se preparen para otra semana ocupada y provechosa. Queda por repartir la somnolencia general, preferible a la vigilia. Que nadie, oyeron bien, nadie moleste a nadie. Un viejo se para en medio de la calle y grita, seguramente trastornado por la quemazón y el vino: (- Esta noche sólo dormirán los muy extenuados, los rotos de dolor, los trabajados por una angustia infinita...) Un poco más allá, en una misma cuadra tres niños duermen arrebatados por el abandono y el cansancio (- Acaso un golpe de calor -comenta una señora) en la soledad indubitable de los portales de los locales comerciales en la noche de domingo. No hay sueño más confuso y pavoroso que este. Nada más perturbador, demencial. Y, sin embargo, en la ciudad pacífica, tres niños duermen arrebatados por el abandono y el cansancio (- Acaso un golpe...) en la soledad indubitable de los portales de los locales comerciales en la noche de domingo. Nadie, absolutamente nadie, los molesta, ni molesta a nadie.

Texto y foto: Javier Martínez
La fotografía que ilustra este artículo fue tomada en la entrada del Obispado de La Rioja. El texto, en cambio, surgió hace unos años y constituía el inicio de un libro con la temática y el estilo que ahí puede notarse. Sin embargo, la realidad que le dio origen y que de algún modo intenta describir, acaso lo más valioso de todo, continua vigente, se mantiene, aunque la ciudad haya experimentado notables transformaciones en aspectos como el edilicio y el demográfico. Por eso quisimos incluirlo aquí, por lo que queda aún en las palabras más allá de la rápida erosión del tiempo; por esa realidad amasada con dolor e indiferencia, más dura que la piedra.

Tras varios intentos a lo largo de muchos años, ya en papel, ya vía Internet, que acabaron en su mayoría en el número 1, les presentamos esta nueva alternativa: DEOTROPOZO.BLOGSPOT.COM; esperemos que algo más que una "estrella errante", como calificó Juan Carlos Onetti a las "efímeras publicaciones" que se agotaban en el primer paso, sus palabras precisas fueron: "siguen apareciendo y apagándose como estrellas errantes, casi sin dar tiempo para que sus padres y parientes puedan expresar uno o tres deseos".

El ejercicio fundacional de este tipo de empredimientos nos sirvió para ir perdiendo el lastre de cierta vanidad que siempre arrastran quienes escriben y, al mismo tiempo, si no resolver, al menos madurar ciertas dudas y despejar un trayecto que nos lleve a identificarnos con la expresión de aquello que ofrecemos como lectura a los demás, o las palabras que sencillamente sentimos necesidad de echar a andar sin destinatarios fijos.

Ninguno pondría la firma para reconocer que la juventud poco a poco nos va abandonando, aunque nos brotaron algunas canas y nos duelen más fácil los huesos, y aunque -como dice el poeta- "ahora que de todo ya casi veinte años", pero lógicamente no somos los mismos de tantos números 1 atrás. No obstante, nos sigue acompañando la fe, el entusiasmo y ese infaltable toque de "pasajera excitación" que hace posible todo surgimiento, que libera y lanza hacia la experiencia, y que tan mal cae tras los cerrojos del solemne claustro de los que se las saben todas, o en el escondrijo de los que no detentan otra autoridad hacia los demás, y valor para sí mismos, que los de no atraverse a errar.

De modo que aquí va DEOTROPOZO, que no es otro que el de la mirada personal, a la luz de los propios impulsos, obsesiones, búsquedas y vivencias. Después de tantos años seguimos sintiendo a la palabra como algo que nos pertenece y al mismo tiempo que se nos resiste, se nos escapa, y con ello nos promete secretamente algo más, una revelación, una complitud acaso inalcanzables, pero que sólo ella puede darnos. De allí que nuestro destino venga siempre a parar, con más o menos suerte, en su trato.

Esta publicación, además de la facilitar la expresión de la mirada personal a través de entradas que contienen prosa y poemas, acompañados de ilustraciones de otros autores, pretende ser un medio de difusión de información y opiniones sobre diversos temas y una forma de compartir gustos y descubrimientos relacionados con el arte en sus diversas manifestaciones. También está abierta al debate y busca generar la participación continua de quienes se acercan. Su cariz es preponderantemente "cultural" por llamarlo de algún modo, sin embargo, ello no comporta una limitación, como también el ir de lo particular a lo general según como se den las cosas. Porque es así, ahora ya podemos sumarnos a quienes aseguran que uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede.

Damos por presentado entonces este nuevo blog: DEOTROPOZO, después de haber quemado tiempo y manifiestos. A una sola aspiración nos atrevemos: que esta vez el paso de la estrella errante nos alcance para dejar sentados uno o tres deseos, que de su realización o no sólo cada uno sabe.

"El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito - ¡y el supremo Sabio!-. ¡Porque alcanza lo desconocido! ¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro! Alcanza lo desconocido y, aunque enloquecido, acabara perdiendo la inteligencia de sus visiones, ¡no dejaría de haberlas visto! Que reviente saltando hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores; empezarán en los horizontes en que el otro se haya desplomado." Arthur Rimbaud - Carta a P. Demeny, 1871 (fragmento).

Módico desarreglo de todos los sentidos por estos días: pizza y Coca Cola en la cama, escritura a altas horas de la noche y tambaleos en el horario del trabajo, poesía y ronquidos en el colectivo, dos analgésicos -uno por la mañana, otro por la tarde-, desparramo de libros y lecturas salteadas e imparables, caminatas y compras compulsivas, insomnio y silencios prolongados, excesos de escritura arrinconados, pérdida del apetito y la voz durante el día, sed de un encuentro que nunca se produce, o se produce mal, o gotea sombra y silencio por todos lados. ¡Rimbaud, te hubieras cagado de risa!

De pronto el mundo se hace amplio, distractivo y ajeno, de pronto se acorta, se concentra y se vuelve íntimo. La soledad es un centro y a su alrededor giran el deseo y la fatiga. La búsqueda y el vacío. El cuerpo que no se pierde. La llama que no se apaga. Y el extravío del sentido que deriva en un sin sentido de todos los sentidos, propensos a desarreglarse.

Pero hasta el vicio mira con recelo y la locura se hace la distraída. La tentación pasa de largo, en el fondo nos reconoce, pero nos desprecia, o decide vestirse de blanco y no perturbarnos. Aunque le abramos los brazos y le pidamos con la mirada que nos lleve puestos. Simplemente, hará un paso al costado y pasando los brazos alrededor de nuestra cintura sin tocarnos, nos eludirá sin más explicaciones.

Sin embargo, quién mide las profundidades de un hombre. Quién mete realmente el dedo en la llaga. Quién adivina sus trazos. Quién arde en su fuego. Si hasta el gesto más pequeño se vuelve insondable en el puño del dolor, en la onda esplendente de la alegría, en el grito a la cara del odio o en la roja cabellera del amor. Si al final de todo hay un interrogante y todo siempre es un principio. Si en el sólo hecho de llevarse las manos a los bolsillos o elegir traspasar ESA puerta ESTA noche hay tanto, puede haber tanto, como en un viaje abordo de un cohete o del desvarío, como en una batalla terrible o un cinturón lleno de oro. Sueño sin retorno. Al final, sólo estará Rimbaud postrado en su cama para susurrar: "¡Ya no sé hablar!".

No me fueron dados ni el cigarro, ni el johnny walker, ni los burdeles, ni los contactos, ni las pastillas, ni la inercia de la costumbre, la vaporización masiva, o la contundencia aislada del delirio. Ni una meticulosa y terrenal manía, ni la ascensión espiritual. Me fueron dadas las palabras. Quebradizos puentes hacia el otro.

No tengo en mis bolsillos los grandes actos, el heroísmo, ni un paracaídas, ni un contrataque sorpresivo. Tampoco la suficiente resignación, ni la dosis justa de olvido. En cambio, me fue dada la mirada afilada en dirección al encuentro. El ardor incipiente. La amplitud en un giro completo del ideal inserto en el necesario entendimiento y compromiso.

Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet

La verdad es que si Dios anda disfrazado de mendigo revolviendo con hambre los tachos de basura, o se esconde tras los ojos desesperados de una madre con el niño enfermo en los brazos, o cabe en la manita sucia que se estira sobre las mesas de un restaurante, o se sienta con el desocupado en el parque a pensar cómo volver a casa, o hace guiños desde la juvenil circunspección de un espíritu ya antiguo y quebrado... La verdad es que pasa desapercibido y la mayoría se cansó del juego. La señora se acercó, puso dos monedas y se quedó esperando, no que se abrieran los cielos, pero al menos algo especial, una señal. Recibió las gracias musitadas como un siga participando. Y ayer ni siquiera eso. Y anteayer sólo la muestra de un inconformismo indignante. Almita ingenua a pesar de los años. O demasiado asustada. El tele-bingo ofrece por un peso doble chance. Al final, Dios con sus juegos, cansa.

De ese cansancio, más o menos disimulado, surge la lucidez pasmosa y blanca, y se revela nuestra aptitud para la sociología. Entendemos lo que el profesor quería decir cuando hablaba de un conocimiento objetivo, lejos de emociones y deformadoras utopías. (- Su planteo, señor alumno, francamente no me interesa. Aquí tiene el listado con lo que necesita la persona actual para escapar del muladar del desuso. Las cosas no son así porque yo quiera...) Haberlo comprendido antes y no abandonar tan rápido clases tan provechosas. Lo comprobamos ahora. Ahora que podemos ver al mendigo, a la madre y su hijo, la manita, al desempleado y al "nuevo", realmente como son. Sin Dios que se esconda en ellos. Sin Dios ante el cual tener que disimular o cuidarse. Sin Dios escalofrío, sin Dios lastimoso, al volverles la espalda. Con Dios, pero fuera de juego.

Señores, hay que escapar, a cómo dé lugar, del muladar del desuso; y ellos no lo hicieron. ( - Y el niño... – Y dónde están sus padres. – Ay, qué mundo.) Menos mal que, en proporción limitada, y porque no podemos dejar de ser sensibles, cada tantos peatones, comensales, trepadores y parejas enamoradas, unos cuantos quebrantan, más o menos decididos, en nombre de la lástima y la humanidad, la asepsia del objetivismo. El gesto se aplaude desde diversas alturas, orgullo y calma de la sociedad. El paso siguiente, para la dama o el caballero ilustrado, es buscar en las librerías algunas máximas maquiavelistas adaptadas al mundo contemporáneo, o, mejor, al holgado universo de la oficina. Y no olvidar ponerlas junto a la Biblia.

Desde la cumbre misma de los escalones, un Dios lujoso e imponente, serio y sin juegos, alejado de deformadoras emociones y utopías, mira esto y aquello, mira al mendigo, a la madre y su hijo, la manita, al desempleado y al nuevo, los mira realmente como son, seres que no cumplieron el listado de condiciones. Lo dicen a coro millares de voces, sin intencionalidad particular, en la misma escalera con ese Dios, que no puede ser otra que la firme escalera de la pura verdad. Alguien pregunta por el niño, el que enfermo succiona los pechos secos, y el de las manitas sucias que ahora sacan a empujones del restaurante; y le responden "y dónde están los padres". Alguien entonces pregunta no sólo por los padres, sino también por el mendigo, por la madre, por el desocupado, por el nuevo, por... Y todo se cierra con un "ay, qué mundo", compungido y general. Una voz sobre todas las otras dice: " Las cosas no son así porque yo quiera..." Alguien comenta que esto quiere decir que el Dios del pináculo está satisfecho.

La verdad es que si Dios anda disfrazado, no puede culparnos. Al final, Dios con sus juegos, cansa. O será que al final nosotros nos cansamos de los juegos que le inventamos a Dios. Y entonces nos hacemos con una singular lucidez y sabiduría. Que acaso puede no ser la misma que la hasta aquí defectuosamente descripta. Resulta que a un costado, sin escaleras a la vista, Juan, Mariela, su hijo Pablo y Oscarcito, también Jorge y Federico, y otros más, se juntaron y en silencio, mientras todo iba pasando, como entre los seres humanos suelen pasar las cosas (- un gesto, una mirada, una mano que se apoya en el hombro, unas palabras...), invocaron al Dios que llora y sonríe enteramente en cada uno de ellos, y con ellos. Ni por encima, ni más allá. Despojados se revelaron, y Dios con ellos. Sin pruebas, sin juegos. Y acaso ni lo advirtieron, pero eso qué importa. Mientras en el vasto y macizo estrado del rango se intercambiaban documentos urgentes, con las palabras "seres humanos", y a veces hasta "Dios", en afligido tono paternalista; esto sucedía en el templo invisible de la solidaridad.

Foto: J. Heredia

Tiempo atrás un grupo de mujeres se encerró en los baños de la Casa de Gobierno riojana para reclamar una vivienda digna. Lo hicieron junto a sus pequeños hijos, que ajenos a la dramática situación se las arreglaron para continuar con sus juegos o dormir sobre el piso. No fue la primera ni la última vez que sucedió, dado el tremendo déficit habitacional por el que atraviesa la provincia.

"Dile a la sabiduría: "se mi hermana", y a la inteligencia: "se mi amiga". Entonces sabrás protegerte de la mujer de otro, de LA HERMOSA DESCONOCIDA DE SUAVES PALABRAS". (Proverbios 7,4)

Como muchas cosas de la religión, parece un contrasentido. Con esa descripción y salvo por la débil acotación de que se trata de "la mujer de otro"... ¿Cómo resistirse? ¿Qué necesidad de presentarla así? ¿Y a que andar con la sabiduría como hermana y a la inteligencia como amiga pudiendo perderse con la hermosa desconocida en la cama? Madre, hermanas y amigas son lo primero que uno aparta cuando se encuentra a la que nos arrebata. Y en cuanto a la presunta pertenencia a otro, hay un 50 y 50 entre los que consideran esto un obstáculo y los que no. Y un porcentaje mucho mayor de mujeres que no se consideran propiedad de nadie.

En fin, hay que reconocerlo, la frase tiene su base de realidad, es decir, no es totalmente una descabellada mentira. Por estas cosas la vida se complica. Pero dudo de su efectividad. "Sabiduría", "inteligencia" y hasta "de otro" se caen de los ojos cuando éstos se fijan en la curvosa frase que se relaciona con lo prohibido, la tentación: se trata, nada más y nada menos, de "la hermosa desconocida de suaves palabras" (nótese la cantidad de sinuosas, serpenteantes eses en la oración). Como si el hecho de ser fea y grosera o muda consistiera en una especie de garantía de virtud. Ahí sí no importaría que sean de otro o no, al parecer fealdad y aspereza protegen de por sí a sus poseedoras y preservan a unos hombres de los celos y a otros del pecado y el quilombo de desearlas.

Ahora, ¿Será que esta sugerencia nace más que nada de la necesidad de resguardar "la propiedad" de los que disfrutan de una mujer hermosa y capaz de suaves palabras? Como un "ojo, muchachos, sean sabios e inteligentes... no me la miren". Mmm... El camino de los celos declarados no es bueno ni promete óptimos resultados, sino más bien lo contrario. Quien anda celando a su mujer porque es muy hermosa, no hace más que poner en sobreaviso a los ladrones.

Y acá va una advertencia del tristísimo Pavese para celosos: "hay que andarse con cuidado al comunicar los descubrimientos psicológicos de poderosas perversidades a quien ignoraba ser así; porque la primera víctima será el descubridor verídico. La vieja historia del toro de Perilo. Quien revela a una mujer el ser potencial de ella, será el primer cornudo. Es matemático".

Perilo, un escultor de la vieja Atenas, inventó una forma atroz de tortura para congraciarse con un rey sanguinario: un toro de bronce donde se metía a los condenados a muerte y se los quemaba vivos. Pero no sólo eso, los gritos y gemidos del que se asaba adentro debían producir un efecto especial: imitar los mugidos del animal verdadero. No se sabe si al rey le agradó o no la idea, acaso porque dudó, o porque era más retorcido de lo podían imaginarse, o porque hasta para él lo del escultor era demasiado, se le ocurrió realizar una prueba y, sí, la primera víctima quemada en el interior del toro de bronce fue su mismo constructor, Perilo.

Consuelo final, y como siempre poco eficaz, para celosos: "no se puede perder lo que nunca se ha tenido". Ayuda. A veces.

Pintura: autor desconocido - Fuente: Internet

Siempre dije la palabra justa, en el momento oportuno, a la mujer equivocada". Certeras declaraciones de un cantante de tangos. Pero hay sin dudas una situación más trágica, la de aquel que puede afirmar: Siempre dije la palabra equivocada, en el momento inoportuno, a la mujer correcta. Auch! A esta me adhiero, como buen perdedor consetudinario.Y sólo por jugar con las posibilidades... ¿Cómo será la situación de aquel que admite: Siempre dije la palabra correcta, en el momento justo, a la mujer inoportuna? Pobre tipo, qué mala leche! Eso pasa por hablar y expresar deseos en voz alta, viene un angelito malo y te toma la palabra, enseñaba mi abuela ante mis ojos asombrados y mis ganas de ser un poco más gordito o de tener mucha barba como mi abuelo para que se fijara en mí una pálida mujer de cabellos castaños y ojos verdes como las clásicas de Hollywood. Lo recuerdo ahora, palpando muy adentro el ostracismo de mis abdominales o pasándome la máquina con retraso, un rato antes del horario de trabajo un día en el que viene el jefe. Angelito malo, ¿y la mujer de mirada verde enamorada? "Siempre dicen la palabra justa, en el momento oportuno, al angelito equivocado", responde el desgraciado. No hay caso, de decir, pueden decirse muchas cosas, pero cada uno escucha lo que le conviene. Ahí comienza el malentendido.

Pintura: "Hombre y mujer" de Fernando Botero

Ah, las mudanzas. No me acostumbro, a pesar de batir récords en ellas. Desde niño todos los cambios de residencia fueron tristes. Dicen que hay mudanzas alegres, esperanzadas, plenas de expectativas y ligereza. No sé, no las conozco, aún cuando en ocasiones motivos de fondo no faltaron. Y ya de grande casi todas las hice solo, con el fletero mirando mi quilombo mal embalado, mi vieja compu cada vez más amarilla, los libros por todos lados. Y esa caja? Por la inscripción un televisor 29' pulgadas... No, son libros. Y éstas otras tan pesadas... dos estufas eléctricas, un microondas, un aire acondicionado... No, son libros también. Y estas cajones de... Libros, libros, libros. Algo anda mal, piensa el fletero, acaso arrepintiéndose de haber fijado un precio excesivo a su servicio. Y de que lo hayan aceptado sin discutirlo. Más mi silencio o mis murmullos (la soledad y la angustia terminan por apagarme casi por completo la voz), mi cara seguro demasiada seria, la falta absoluta de amigos o familiares colaboradores, las cosas de otro apiladas a un lado o ausentes o perfectamente acomodadas en otros sectores de la casa, mi sudor atravesado por la incertidumbre, la timidez, la torpeza, como pesa una excesiva obligación a un niño demasiado solo... todo eso junto vuelve acaso más buenos a los hombres de las Chevrolets destartaladas, acaso convencidos por la experiencia de haber venido a parar a la puerta de algún pequeño drama o a la angostura de su salida. Entonces, mejor dispuestos, se acercan a las cosas y las levantan, se ponen del otro lado del peso más grande e inventan un broma. Comparten con mirada sincera el sudor del joven señor de los libros. Le sacan a uno la voz y la mudanza adelante.

Ah, mis mudanzas. Todas improvisadas. Sin cajas ni bolsas suficientes. A la vista de los vecinos y de raje. Y después, esa maldita costumbre de recorrer por última vez la casa. Mirar cada espacio desierto y habitarlo de recuerdos y significados. Detenerse bajo el marco de una puerta y encontrar polvo, vacío y silencio donde antes existía el encuentro, la espera de seres y cosas. Eso a la larga pasa. Peores son las otras. Esas partidas donde es otro el que mira desde la puerta como das la espalda y te subís a la camioneta y es como si te quedaras, como si el viaje fuera solo una apariencia porque, mientras, vos volvés a entrar en la casa y observas al otro mirar la ausencia intentando acomodar su existencia como se corrige en la pared la torcedura de un cuadro. Sólo que no es tan fácil y más temprano que tarde te quedás sin gestos, sentado en la silla o la cama, abrazado de lo sombrío. Será que únicamente quien se ha ido solo comprende a aquel que se ha quedado solo, porque en definitiva es lo mismo. Hay cosas que aunque no expresen con exactitud mis razones y ese salto olímpico, gallardo y saludable sobre la culpa, hay cosas que deben ser dichas con valentía a una parte del múltiple mundo que tocamos y que nos toca... Hay cosas que nunca voy a perdonarme.

Las mudanzas. Con tantas idas y vueltas y no me salen callos. Me siguen pareciendo más tristes que la mierda. Esfuerzo físico circunspecto, distanciador y distante. Sudor contaminado de pena y desarraigo. Adiós en bolsos y paquetes. Vida arrojada a los rincones en forma de pelusa y desperdicio. Aquí estuve, aquí estuvimos, acá estabas y el abrazo era el sentido, lo necesario. Lo habitaste, lo usaste, tejiste una infinita red hecha de miradas, roces y palabras. Lo dejaste. Lo vaciaste. Lo apagaste. Y comprobaste que es imposible la distancia. Que siempre queda una isla de vida entre recuerdos, un vértice palpitante en el que gira la memoria y se produce el vértigo en pleno vuelo.

No sé si exagero. Pero con cada mudanza vuelven cada vez más a desperdirse. Todos los que se despideron. Mi padre, mis tíos, mi perro, mis amores... Y vuelvo a ser el niño al que una mañana le pusieron la manija de un ataúd lustroso en la mano y con un gesto hacia lo gris y desierto le dijeron: Adelante.

Foto: autor desconocido - Fuente: Internet

Es duro aceptarlo. Pero la hija mayor de mi novia tiene por lo general mejor olfato que yo para las pelis, cuando decide no seguir su gusto adolescente por las festines de asesinos en serie, sangre, apariciones fantasmales, y más sangre. El otro día, volvió a sacarme ventaja y a poner en mis manos -y luego ante mis ojos- una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos. Al final, no tuve más que aceptar dignamente mi nueva derrota en el plano fílmico (que viene a sumarse a las relacionadas con la música, los video juegos, esta cosa de los blogs, flogs y booker,programas de TV, etc, etc.) y reconocer sus méritos. Es decir, apenas empezaron a aparecer los títulos de The End, exclamé con satisfacción a las mujeres de mi vida: "ahora voy a recomendar a otros esta peli que hoy escogí para ustedes y tanto los gustó". Se indignan, me dan con un caño... pero ya me conocen. "Un hombre puede ser derrotado, pero jamás vencido" creo que decía el viejo Hemingway.

Polémicas e injurias domésticas aparte, digamos que el bendito film que impulsa estas líneas se llama The Life Before Her Eyes (La vida frente a sus ojos) y está protagonizada por Uma Thurman (la bella rubia de los dedos más largos) y Evan Rachel Wood (otra rubia, más joven, también muy hermosa). Está dirigida por Vadim Perelman y producida por Magnolia Pictures. El argumento que podemos encontrar en algunas páginas de la Red o en la sinopsis de las cajita no resulta muy esclarecedor ni tampoco tiene demasiado gancho: "Uma Thurman es una esposa y madre de los suburbios que comienza a cuestionarse su -aparentemente feliz- vida con ocasión del 15 aniversario de un trágico tiroteo, sucedido en el instituto donde ella estudiaba, y que le costó la vida a su mejor amiga", nos cuentan. Pero han dicho muy poco; casi nada de las múltiples tramas y enfoques que van por debajo de la superficie, hasta que la resquebrajan y terminan por imponerse.

Creo que el tema gira entorno a una pregunta que nos hacemos de continuo al hacer un balance sobre las decisiones que más pesan en nuestra existencia: ¿Qué hubiera sido si...? ¿Cómo hubiera sido mi vida si...? Dicho así suena acaso muy trivial. El logro de la película está en presentar la cuestión sin revelarlo de una, en plantearlo con la correspondiente incertidumbre, el remezón, no desde la lógica, sino -principalmente- desde el punto de vista emocional, conciencia y corazón anudados.

Un cambio importante en lo que rodea ese cuestionamiento es que no parte (como uno se da cuenta en el desarrollo del film) de una situación reflexiva tranqui. Es que aquí la protagonista enfrenta una circunstancia límite: ¿y si alguien te diera a elegir entre tu vida y la de otro, acaso tu mejor amigo, apuntandote a la cabeza con un arma? ¿Cuál sería tu elección, en que te basarías, podría más tu instinto de sobrevivencia, tus cálculos, o tu corazón? Elección, esa es la palabra clave, llevada a un extremo.

La película cuenta, además, con imágenes muy bellas y con detalles contundentes en medio de un ritmo pausado, acompañadas de muy buena música a tono. La actuación de Truman es convincente, elogiable.

Hay que verla. Mucha gente queda confudida al final... Eso, en lugar de restarle algo, es positivo. Porque la película supo mantener la expectativa hasta el final, lo suficientemente despiertas nuestras emociones y nuestra mente durante esos 90 minutos como para todavía preguntar y analizar el sugerente juego entre el flashback (analepsis) y flashforward (prolepsis) que sostiene la historia, tan parecido a la forma como suelen darse las cosas en nuestro sentir y pensar, y hasta en nuestros sueños, tan parecido al juego de espejos, esos intensos reflejos entre dos nadas, el fulgor precipitado en el vacío que bien puede definir a la vida misma.

Un suspenso muy bien logrado, un drama agudo engarzado con momentos de una placidez y hermosura absolutas. Una historia compleja, porque complejo es el tema que se propone, con giros oportunos y un desenlance que ofrece respuestas, pero también plantea interrogantes. Para seguir pensando.